PERFILES / CINEASTAS / EN PRIMERA PERSONA
El Toto y el Rafa:
“No nos une el amor…
…sino el espanto”, escribió famosamente Jorge Luis Borges sobre su
relación con Buenos Aires. En el caso de los personajes retratados a
continuación, lo que los unía era mucho menos poético: oficinas en la misma
cuadra de Lavalle al 2000 y una serie de films tendientes, en igual medida, a
la berretada, al puterío y a la escatología. Al espanto, en fin.
Uno –cuyo estado ignoro, por lo que lo trataré como si viviera– adoptó el pseudónimo Toto Rey pero su nombre real es Francisco José Serpi (Buenos Aires, 31.1.1937) e inició actividades hacia mediados de los 60 en la distribuidora Real Films SRL, cuyo dueño era el veterano Francisco Gómez, especie de héroe al tomar a su cargo el lanzamiento comercial de Crónica de un niño solo (Favio, 1964) cuando todos sus colegas huían espantados, aunque entiendo que Toto nada tuvo que ver en el asunto, excepto que tal vez adoptó su apellido artístico (Rey) derivándolo del de esa empresa (Real). Luego aparece en dos largometrajes en calidad de “coordinador artístico”, rubro que suele ser utilizado cuando no se puede precisar qué hizo alguien de concreto en un equipo.
Pero su verdadero despegue lo concretó desde mediados de 1967 y de la mano de Marco Petrucci, mala palabra en la historia menuda del cine aborigen. Juntos estuvieron involucrados en la preproducción de Mannequin alta tensión y juntos fueron eyectados tras los dos primeros días de rodaje en el teatro El Nacional, situación de la que fui testigo porque era el “che pibe” del director Alviani [véase este blog: 8.12.2025]. Al mismo tiempo participaban en El bulín, única producción de Razeni SA, empresa dedicada a la distribución de telas plásticas cuyo dueño era el italiano Arrigo E. A. Razeni (fallecido el 7.10.1992), quien fue tentado a invertir en cine por ambos cazafortunas: con Petrucci –por supuesto– terminó litigando judicialmente, conflicto que provocó la postergación del estreno por casi un año y medio, con el consiguiente perjuicio. Toto y Petrucci concluyeron su raid con Mi hijo Ceferino Namuncurá, un fracaso comercial de los espectaculares, con una semana en cartel e inmediata desaparición de todo cine porteño y suburbano.
Y entonces Toto decidió producir en solitario. Ignoro con que financiación montó la SRL Rey Films Cinematográfica, pero conservó la modesta oficina de Gómez en el 2º piso de Lavalle 2016, contrató una secretaria joven y bonita (Amelia Díaz, una tipa macanuda que más adelante fue administradora de producción de varios largometrajes) y tuvo como mano derecha a su esposa, Marta Haydée Folguera, administradora y vestuarista según la ocasión. Produjo apenas seis títulos en igual cantidad de años, cinco de los cuales son intercambiables: comedias picarescas de rutina con cómicos zafados, minas ligeras de vestuario, homofobia y el consabido machismo. Con la segunda, La guerra de los sostenes, se produjo poco antes del lanzamiento una demanda civil con su guionista y director Gerardo Sofovich: Toto quería estrenar a toda costa, aunque fuera en la versión con diversos cortes solicitados por la censura, y Sofovich se lo impidió amparándose en la propiedad intelectual, zanjándose la cuestión cuando Toto le aportó a Gerardo lo que más le gustaba en la vida: unos pesos extra en su cuenta bancaria. Fin de la discusión, plin, caja. En la quinta, Hotel de señoritas, el argumento firmado por Baldomero González Etchegoyen y el actor Coco Fossati ofrece singulares coincidencias, al borde mismo del plagio, con el de la pieza teatral On demande un ménage, de Jean de Létraz, a su vez producida en Francia 1945 con el mismo título, dirección de Maurice Cam y actuación de Gilbert Gil y Robert Dhéry en personajes-símil a los de Juan Carlos Dual y Jorge Martínez, aunque nadie advirtió ese detalle.
Toto cambió de subgénero con
su última producción, Tiro al aire,
que en cierto modo redime su pasado vergonzante y que supuso el retorno de
Héctor Alterio al cine de su patria luego de haber estado impedido de trabajar
por la dictadura militar, obligándolo a continuar su carrera en España. Se
trata de una comedia menor pero simpática, muy apropiada para el temperamento
del actor: su argumento, firmado por Mario Sabato, narra las peripecias de un
actor del montón que enviuda, asume la crianza de su hijo infanto-adolescente
incurriendo en constantes torpezas propias del “inspector Clouseau” que
terminan invirtiendo la situación, con el hijo tomando el timón de la casa y
hasta de la carrera y la vida sentimental de su padre. Ocurre, no obstante, que
ese argumento “original” es sospechosamente parecido (un famoso actor decae
tras la muerte de su esposa, quedando a cargo de su pequeño hijo) al del germanofederal
Mein vater, der schauspieler (Robert Siodmak, 1956), con O. W. Fischer y Oliver
Grimm, que fue estrenado en
Buenos Aires (Mi padre el actor, 24.4.1958, cines Ideal y Astor) aunque es
poco probable que Marito pudiera haberlo visto ya que en 1958 tenía apenas 13
años; más atinado es pensar ¿otra vez? en una coincidencia.
El logro máximo de Toto fue mantener siempre impecable el color zanahoria shocking con que teñía sus cabellos en los últimos tiempos, porque en años previos lo teñía de un negro renegrido. Nunca fuimos amigos ni amigotes: apenas nos cruzábamos en los bares del barrio del cine, hasta que un día me llamó Amelia a la redacción para decirme que Toto tenía que hablarme. Cuando lo hizo fue para ofrecerme dinero cash para escribir una crónica favorable a uno de sus engendros: fue el segundo (y último) después de los responsables de otro engendro aunque un tanto más digno, El fantástico mundo de la María Montiel (Zuhair Jury, 1977). En aquellos años yo escribía en La Opinión ya tomado por los militares y el diario todo estaba por completo devaluado, lo que me induce a pensar cuánto hubiera cotizado si hubiera estado en algún medio de venta masiva…
Su hijo, Marcelo Serpi,
apareció siendo un niño haciendo de hijo de Toco Gómez y Olga Zubarry en La Nueva Cigarra. Algunas de las
localizaciones utilizadas para Tiro al
aire fueron rodadas en la casa de Toto en la calle Ernesto A. Bavio en
Núñez y en sus oficinas. Entre sus proyectos no concretados figuran una remake del argumento de Wilfredo Jiménez
para Marihuana, anunciado a comienzos
de 1967 con el título “Camino del Infierno” según producción conjunta con Francisco
Gómez y dirección de Ralph Pappier; una biografía del boxeador Gatica prevista
para 1974 con libro de Abel Santa Cruz; una derivación 1975 del popular ciclo
televisivo de Hugo Moser Matrimonios y
algo más al que habría de titular, por supuesto, “Matrimonios al desnudo”;
y su fallida participación como probable coproductor del español Me olvidé
de vivir (Todos los días, un día, Orlando Jiménez Leal, 1979). La
quiebra de Rey Films Cinematográfica SRL fue decretada en mayo 1994.
“Cuando la vanidad vive en el
fondo, el silencio es uncarozo atravesado en la
garganta; hay que arrojarlo”.Eugenio Cambaceres, Música
sentimental (1884).
Sí, en cambio, fui amigo de Rafael Cohen (Buenos Aires, 8.3.1948) desde que en el Festival de Mar del Plata 1970 alguien nos presentó y allí mismo me propuso ocuparme de la Prensa de una comedia con Alberto Olmedo que estaba por estrenar, contrato al que siguieron otros, siempre de palabra, en los años inmediatos. Descendiente de una familia de comerciantes dedicados al ramo textil, criado en Palermo, Rafael era el equivalente, joven y aggiornado, del típico tío solterón que Enrique Serrano animaba en los 40 en Lumiton: protector de su vasta familia (adoraba a sus hermanos, cuñados y sobrinos), renuente a la horrible palabra “casamiento”, seductor de pulposas señoritas que lo cercaban mientras su histórica secretaria (Marita, otra gran persona) le cubría los flancos cuando se superponían en su diminuta oficina del 7º piso de Lavalle 2072.
Entonces, fue tentado a invertir unos pesos en un film de por sí barato, experiencia que, en sus propias palabras, lo “fascinó”. Tras esa aventura estableció su propia compañía unipersonal: inventó un logo que copiaba al de la MGM, con un perro “salchicha” ladrando dentro de un círculo, y se lanzó a producir. Un drama erótico-policial con Libertad Leblanc; una comedia cómica que fracasó a pesar de que la protagonizaba Olmedo, súper-estrella de la TV; una comedia picaresca en episodios; una comedia-de-cantantes con los populares Hugo del Carril y Donald adscripta con astucia a la primavera peronista de los 70 desde el título mismo (Siempre fuimos compañeros) hasta la contratación de Carril e Irma Roy; y otra picaresca, todos ellos significativos éxitos de boletería.
Luego hizo su experiencia como
director, con resultados tan anodinos como los que le
dirigieron sus realizadores contratados. Se despidió de la producción con nada
menos que La pulga en la oreja, en la
que todos los involucrados destrozaron impiadosamente el clásico, eterno
juguete escénico de Feydeau. Destacó por cierto atrevimiento al convocar para
el cine a dos estrellas del café concert
(Gasalla y Perciavalle, que mariconeaban hasta el asco), a un estadounidense
que hacía spaghetti westerns y espías
serie B en Italia (Richard Harrison), a la hija de Tyrone Power y Linda
Christian y heroína del “tanque” colombiano María
(Taryn Power) y a una argentina memorable por razones parapolíticas (Fanne
Foxe, la del escándalo de 1974, cuando saltó al lago Potomac desde el auto de
su amante, un congresista estadounidense). Si Cohen detentara un estilo, éste
podría ser definido como patchwork.
Entre los proyectos que quedaron a un costado del camino figuran “Sombrerito de fiesta”, guion de Gius sobre idea de Rafael; “Hasta el 10º no paro”, guion picaresco y original escrito por nadie menos que Miguel Bejo y Juan Carlos Frugone; “Pálida rosa de otoño”, otro argumento de Bejo, éste escrito con Jorge Hayes; y una adaptación por Edgardo Cozarinsky y Alberto Tabbia del cuento de Beatriz Guido Una hermosa familia. Aunque no llegaron a ser convertidos en imágenes, siento un cierto y secreto orgullo por haberlo presionado para intentar un cambio de rumbo presentándoles a mis amigos periodistas y cineastas “de otro palo”. En los 70 y los 80 se dedicó a la distribución de material extranjero y en tiempos de censura muy dura se atrevió a librar una batalla contra el Ente de Calificación Cinematográfica, que ganó. Durante la gestión de Julio Márbiz al frente del INCAA integró el Comité de Créditos, y hacia finales de 2007 fue designado vicepresidente del Festival marplatense, aunque renunció en diciembre precisamente debido a la claridad con la que encara sus actividades.
Toda su trayectoria, así como
su persona, está atravesada por una honestidad y una transparencia por completo
infrecuentes en el medio, virtudes apenas opacadas por un enorme ego que en
algún momento le hizo creer que sus films tienen algún valor artístico más allá
del comercial. Rafa fue un excelente amigo, aparte haber trabajado con él: conocí dos
de sus departamentos, y dos de sus relaciones duraderas (Thelma Stefani y
Marcela López Rey) cocinaron cosas ricas para recibirme; más allá de nuestra
relación laboral seguíamos encontrándonos para almorzar o para tomar un café;
en un período en que temporalmente me faltó una máquina de escribir me permitía pasar las
tardes en Lavalle utilizando la suya, para escribir mis fichas técnicas;
me ayudó en algún momento de dificultades financieras. En fin, lo dicho: un
amigo. Por lo que, claro está, le regalé un ejemplar de un libro que me publicaron en 2009: su reacción me desarmó cuando me dijo “no incluiste ninguna película de Carreras”, lo cual era cierto
pero, dado el tono con que me lo reclamó, traduje como “no pusiste ninguna
película mía”. Me recordó una anécdota: tras una pelea furibunda entre ambos
durante el rodaje de Las locuras del
extraterrestre, el jefe de producción Ricardo Feliú le dijo a Carlitos
Galettini: “¿Qué, pensás mostrar esta chatarra en el Festival de Cannes?”. Nunca más supe
del Rafa, y lo digo con dolor.
FILMOGRAFÍAS
Toto Rey
COOR artístico de La industria
del matrimonio (Enrique Carreras – Luis Saslavsky – Fernando Ayala,
1964-1965) y Ritmo, amor y juventud
(Enrique de Rosas hijo, 1966) / PA NA de Mannequin
alta tensión (Massimo G. Alviani, 1967-1968) / PE NA de El bulín (Angel Acciaresi, 1967-1968: +
AANA como “un automovilista en Villa Cariño”) / DP de Mi hijo Ceferino Namuncurá (Jorge Mobaied, 1971) / P de Seguro de castidad (Mobaied, 1974: +
AANA bailando en la fiesta final), La
guerra de los sostenes (Gerardo Sofovich, 1976), La Nueva Cigarra (Fernando Siro, A/VEN, 1977: + AANA como “un
curioso”) y Con mi mujer no puedo
(Enrique Dawi, 1978) / DP y G de Hotel de
señoritas (Dawi, 1979) / DP de Tiro
al aire (Mario Sabato, 1980: + AANA como “director del film de los superagentes”).
Rafael Cohen
01. Un viaje de locos (1974) 35mm, C, 95’. CP: Rafael Cohen Producciones Cinematográficas SCA. P: RC. G: Gius, con la colaboración de Alejandro Faccio [Guido Merico],
sobre idea de RC. F: José Antonio
Pizzi. I: Donald, Taryn Power,
Richard Harrison, Claudia de Colombia, Carlos Perciavalle, Antonio Gasalla. LC: 1.8.1974.
02. El profesor erótico (1975) 35mm, C, 87’. CP: Rafael Cohen Producciones Cinematográficas SCA. P, G:
RC. F: Pedro Marzialetti. I: Osvaldo Pacheco, Thelma Stefani,
Susy Kent, Atilio Marinelli, Beatriz Bonnet. LC: 1.7.1976.
03. Hay que parar a la delantera (1977) 35mm, C, 87’. CP: Rafael Cohen Producciones Cinematográficas SCA. P: RC. G: RC, sobre idea de Mario Mactas y Carlos Ulanovsky. F: Rinaldo A. Pica. I: Fanne Foxe, Marcela López Rey,
Susana Kamini, Jorgelina Aranda, Lynn Allison. LC: 7.7.1977.
Otras actividades en cine: PA de Una
ventana al éxito (Enrique de Rosas hijo, 1966) / P de La culpa (Kurt Land, 1967), El
hombre del año (Land, 1970), Disputas
en la cama –Los divorciados– (Mario David, 1971), Siempre fuimos compañeros (Fernando Siro, 1972), Clínica con música (Francisco Guerrero,
1973) y La pulga en la oreja
(Guerrero, 1981).
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