ESPECIAL DIA DEL AMIGO / EN PRIMERA PERSONA
Mis
amigos del cine
“Con el paso del
tiempo fuimos viendo cada vez menos a Teddy y a Vern,hasta que se convirtieron en dos caras más en las fotos. A
veces ocurre.Los amigos entran y salen de tu vida como los camareros
de un restaurante”.Stand by me (Carl Reiner, 1985).
Suena como el nombre de un
antiguo cineclub, pero el título va por otro lado. Fue uno mucho más joven
quien me lo hizo notar: le contaba el festejo de cumpleaños de alguien y de
pronto me dijo: “¿Te das cuenta de que
todos tus amigos son mayores que vos?”. En aquel momento sólo me quedaban
dos o tres en esa categoría etaria, pero el comentario me quedó zumbando hasta
que decidí convertirlo en un texto confesional. El único que continúa vivito y coleando
no encaja en este artículo: Miguel Angel Marengo me lleva apenas quince días
pero tiene el mérito de ser mi amigo más antiguo, tanto como del secundario en
el Nacional Reconquista de Villa Urquiza. Sin embargo, ni Miguel ni Cristina,
su esposa, son gente de cine: son mis amigos de la vida, lo mismo que Néstor
desde hace unos cuarenta años y su mujer, Valeria, desde hace menos tiempo pero
con la intensidad de una familia.
La mayor parte de ellos me los regaló la frecuentación del Cine Club Núcleo, primero como socio apenas cumplí los 18, luego como empleado de su oficina en Lavalle al 2000 y al mismo tiempo como miembro de su Consejo Directivo. Allí, durante varios años, conviví film-a-film, función-a-función con Ernesto Pérez, el más rebelde de todos, a quien Tito Vena apodó “Humito” porque defendía a Cottafavi adjudicándole ocultos significados al humo amarillo que emanaba en uno de sus peplums. Luego, decidió irse a vivir a Europa, pero el día previo al viaje (febrero 1969) tuvo el gesto de visitarme en mi cama del hospital Fernández (neumotórax espontáneo, cirugía, un mes internado, varios meses de recuperación) para despedirse, dejándome de regalo los dos tomos de Alice in Wonderland. No conocí su primera casa en Roma pero sí la segunda en la Via del Boschetto, que siempre estuvo disponible para mis visitas, estuviera él o no presente. A poco de llegar entró a la agencia ANSA, para la que cubría todos los festivales posibles, y no sólo de cine. Ernesto es de una generosidad infrecuente y sus domicilios han servido no sólo para albergar amigos de paso sino también para refugio temporario de algunos otros: en septiembre 1973, al terminar Pesaro, fue Raymundo Gleyzer, y en julio 1979 Miguel Bejo, su mujer Silvia y “la niñita Berenice, que correteaba desnuda por mi departamento”; cabe aclarar que Ernesto ni siquiera conocía a esos cineastas, lo que agrega solidaridad a su generosidad. Continúa siendo mi amigo, así como ambos Lewis Carroll permanecen en mi biblioteca.
La muerte me separó temprano de Alberto Ojam (1941-2005), a quien todos llamábamos “Chuqui”, o el Gordo Ojam. Fuimos inseparables en esos años de Núcleo, y hasta compinches escribiendo materiales concernientes al lanzamiento de algún film distribuido por Walter Achúgar y Cacho Pallero así como de una Semana de Cine Español. Trabajaba en la redacción de Antena y me consiguió un puesto en TV Guía, truncado por aquella internación [pienso, hoy, que si hubiera ingresado a la editorial Korn tal vez me habría convertido en un periodista cholulo dedicado a los chismes y por lo tanto hoy sería socio de APTRA, ¡quel horreur!]. Gustaba regalarme, para mis cumpleaños, LPs de música clásica con dedicatorias que revelaban nuestros gustos comunes: para mis 23 fue la 7ª de Dvořák y escribió: “Belle de Jour: que el espiritual recogimiento que este disco te depare, compense de alguna manera las pantagruélicas, sensuales veladas de Bachín y del Toboso. Sé que hubieras preferido a Aretha Franklin o a The Jefferson Airplane, en lugar de este asquete de música. La Bête Noir, 7/7/68”. Fuimos compañeros en el Heraldo y en cada diario en el que escribí traté, casi siempre con éxito, de contarlo en el equipo: recuerdo, ahora con una sonrisa, cómo lograba ponerme los nervios de punta cada jueves, cuando llegaba a la redacción con los minutos contados para escribir su crónica de algún estreno. Chuqui tuvo una activa militancia gremial, se casó dos veces, con Dora y con Liliana, y fue padre de dos mujeres y un varón, éste despuntando al periodismo.
A Coco y Rosita también los conocí en aquellos días, primero a él, que frecuentaba Núcleo, y luego a Rosa, que poco a poco se convirtió en la mejor amiga que supe tener. Ellos y Berta Esión –cuando todavía utilizaba el apellido de casada, Eichelbaum– me invitaron a sumarme al equipo de Prensa del 9º Festival de Mar del Plata de 1968 y luego al del 10º de 1970, trabajos ocasionales que expandieron mis conocimientos. Coco Acevedo (1927-2001) a quien nadie llamaba por sus nombres (Juan Ignacio), era entrerriano pero vivió desde jovencito en Bahía Blanca, desde donde llegó a la Capital con la intención de convertirse en actor. No lo logró más allá de algunas pequeñas partes (con destaque para el “Ramirito Gancedo” de Pajarito Gómez, de su amigo Rodolfo Kuhn): era muy amanerado y acusaba demasiados “tics” como para serlo de manera profesional, pero a cambio ejerció el periodismo y, sobre todo, se dedicó con gran éxito a ser un excelente agente de Prensa, y mucho hizo por la difusión de los cineastas de la Generación del 60. También fue manager de al menos dos actores, Adrián Ghío y Jorge Sassi, con el resultado de que terminaba enamorándose de manera unilateral, situación que Jorge y su esposa, “Cruella” Allende, aprovecharon esquilmándolo hasta el punto de tener que vender el departamento que con tanto esfuerzo había logrado comprar. Coco sufría mucho su soledad, y la paliaba de manera original, al menos los fines de semana, instalándose, se diría “de facto”, desde el viernes por la noche hasta el lunes por la mañana en casa de sus amigos. En sus últimos años, alejado del medio, empobrecido y enfermo, fue cariñosamente asistido por su amiga Teresa Costantini, quien tuvo la gentileza de avisarnos de su muerte y así poder despedirlo.
“La gente se cree amiga porque coincide algunashoras por semana en un sofá, una película, a vecesuna cama, o porque le toca hacer el mismo trabajo en la
oficina”.Cortázar, Rayuela (1963).
Con
Rosa Brascó (1927-1986) cultivamos
una amistad que duró hasta su fallecimiento, amistad pautada por visitas a la
vieja casona de la calle Venezuela en la que ella y sus hijas Amalia y Eugenia convivían
en la que era como una pensión de las de Manuel Romero pero con huéspedes intelectuales,
y luego a sus subsiguientes domicilios y a largos fines de semana en La
Grelita, la casa que alquilaba en el Delta del Tigre. La quise como a una
hermana mayor, sabia y comprensiva, y a ella, a su recomendación ante Kive
Staiff, le debo mi ingreso a La Opinión.
Santafesina al igual que Miguel, su famoso hermano, se vinculó al cine a través
de Beatriz Guido, a quien le mecanografiaba sus manuscritos, inicio de una relación
de por vida. De Rosita, a quien todavía extraño un montón, adopté dos de sus
frases recurrentes, “Me importa tres belines” (jamás supe qué cosa sería un
belín, acaso algo santafesino) y tal Fulano “me postra…”, así como heredé la
amistad de su mejor amiga, Chela Murúa, que seguimos cultivando a sus
declarados 90 y pico.
Gracias a Núcleo también conocí a Alberto y a Edgardo, imposible separarlos. Sobre Edgardo Cozarinsky (1937-2024) escribí extensamente en este blog (13.1.2026), por lo que no repetiré conceptos. En cuanto a Alberto Tabbia (1929-1997), debo decir que no era mayor que yo, sino mucho mayor, tanto como 16 años y la consiguiente sabiduría. De los encuentros casuales en cines diversos pasamos a encontrarnos en casa de amigos comunes, hasta que con Ernesto Schóó lo convencimos (“se dejó convencer”, escribió Edgardo, como rebajando el gesto) de sumarse al equipo de cine de La Opinión, en el que ya colaboraba para el suplemento cultural. Era un freelancer absoluto, no sólo porque publicaba de cuando en cuando sino porque su timidez le impedía las relaciones públicas: si viviera, este presente le significaría un Infierno cotidiano. Tenía amigos prestigiosos a los que se refería si no le quedaba más remedio, así de respetuoso era. Sus temas casi excluyentes eran la literatura y el cine, y los escribía de maravillas: leyéndolo aprendí mucho de sintaxis. Los años que compartimos en la redacción fueron en verdad entrañables: a veces llegaba con el ejemplar recién recibido por correo de Sight and Sound o de los Cahiers y los traía sólo para que los ojeara; cuando le preguntaba si iría a tal privada a veces contestaba: “¡A mí no me invitaron!”, y entonces le decía: “Alberto, déjate de joder, venís conmigo” …e iba. Así como sin proponérselo fue para mí una especie de maestro intelectual en algunos aspectos fui su maestro “de calle”, un mundo que le resultaba por completo ajeno y hasta inhóspito. Vivía solo en un departamento en Recoleta y, como tantos otros solitarios que en el mundo somos, allí murió, descubierto un par de días más tarde por el encargado del edificio: lo despedimos apenas cinco amigos y un primo, esperando a Edgardo que estaba en París. Fue un tristísimo sábado, aquel.
Ernesto Schóó (1925-2013) siempre lucía como un dandy de fines del XIX: calva reluciente, bien trajeado, moñito, sonrisa cordial, elegancia natural. Muy divertido, además. Si mal no recuerdo lo traté por primera vez en una comida pos función privada en el desaparecido El Toboso de Corrientes al 1800 (cuyas milanesas a la napolitana estaban coronadas por aceitunas verdes picaditas: un manjar) en mesa compartida con Alberto, Edgardo, Mario Ceretti y… hasta allí alcanza mi memoria. Ernesto escribía como los dioses, haciendo gala de un conocimiento muy amplio (artes plásticas, teatro, cine, música) pero con base sólida, nunca ostentándolo, como su colega César Magrini, ese pelmazo petulante. De nuestros años (¿o fueron meses?) en la redacción de Barracas recuerdo las escapadas casi diarias a un bar de viejo en el que devorábamos unos deliciosos sándwiches de jamón serrano. Enfermo de cuidado en los tiempos finales, su último correo electrónico que respondía a uno mío terminaba diciendo: “Venite algún día a tomar el té a casa; ya casi ni salgo, tengo problemas de baja presión arterial (tiendo a marearme y caerme) y de movilidad, de modo que tan sólo salgo para ir a los médicos, o por el barrio, y siempre acompañado. Un gran abrazo y todo el cariño de Ernesto”. Mientras viva no dejaré de lamentar el no haber tomado ese último té con él, que falleció no mucho después.
También me resulta imposible mencionar por separado a Guillermo Fernández Jurado (1923-2013) y a Paulina Fernández Jurado (1926-2004), el “Pupi” y la “Beba” para la intimidad. Paulina tenía, por supuesto, su propio apellido (Levovich), pero tomó –o le asignaron de prepo– el de su marido. Capos de la Cinemateca Argentina y cortometrajistas, sólo Guillermo logró acceder, con escasa fortuna, al largometraje. Estuvieron en mi vida desde siempre y desde siempre en directa relación con Rosita Brascó, también ellos de la pequeña familia finisemanera de La Grelita. Paulina era brava, más aún, temida, al menos por los empleados de la Cinemateca: pero era una máscara que sabía deponer cuando era menester. Guillermo era una Gran Torpeza Andante, y para muestra basta una anécdota: cuando Coco Acevedo inauguró su departamento (el segundo), nos invitó a comer; el café lo sirvió en el living, mientras el Pupi jugueteaba con un racimo de uvas de vidrio que decoraba la mesa ratona: tanto jugueteó que, por supuesto, las uvas terminaron rodando por el piso; la reacción de Coco fue memorable y provocó nuestra risa imparable que concluyó bruscamente cuando Coco (que no reía y estaba rojo furioso) nos echó, a todos, sin compasión…
“La amistad no es
menos misteriosa que el amor o quecualquiera de las otras faces de esta confusión que es la
vida”.Borges, El indigno (1970).
A Oscar Barney Finn lo conocí en 1973 a través de Julia von Grolman,
que fue su mejor amiga. Estaban concluyendo La
balada del regreso y desde aquellos días nuestra relación se afianzó a
medida que descubríamos miradas comunes sobre el cine y sus hacedores.
Excelente anfitrión, nunca dejó de invitarme a sus cumpleaños, que celebraba a
lo grande incluso en épocas en que sus ingresos hacían agua. Platense de
Berisso, una vez cumplida su beca en el IDHEC parisino decidió instalarse en
Buenos Aires: al principio vivió con Rodolfo Mórtola, otro de sus más cercanos
amigos, hasta que logró comprar un primer departamento en Libertador y Libertad
y años más tarde, especiales televisivos mediante, otro, el actual, en Callao y
Alvear, cálidos testigos de sus reuniones. He sido el primer periodista
invitado a la primera privada de sus films, menos por mi profesión que por
nuestra amistad; hemos coincidido en algún viaje y durante años nos hablábamos
por teléfono cada domingo cerca del mediodía hasta que los fucking celulares y “redes sociales” alteraron esa costumbre. Como
sea, no lograron alterar nuestro inamovible estadio amistoso. Es un trabajador
obsesivo y parecería que nunca descansa: si no tiene una o dos piezas teatrales
en cartel está pensando en otras por venir, y a pesar de ello siempre encuentra
el tiempo para sus actividades sociales y para estar cerca de la gente que
quiere, sea por un festejo o por una desgracia. Sobre nuestro amigo Rodolfo Mórtola (1943-2011) publiqué un
perfil en este blog el 7.6.2026.
A través de Oscar conocí a Ricardo Fasán (1936-2018), que era actor pero tenía una segunda profesión, de la que vivía espléndidamente: peluquero o peinador o estilista que por fortuna no vivió para verse transformado en un barber shop. Al igual que a Oscar, le encantaba recibirnos y agasajarnos con exquisiteces gourmet, y durante un tiempo, hacia fines de los 70, hasta tuvo un cocinero, el Gordo José. Los equipos de rodaje lo conocían muy bien, pues fue el peinador en muchos largometrajes. Compartíamos el gusto por la música brasileña y luego de nuestros viajes individuales a Río o San Pablo intercambiábamos figuritas: “¿Trajiste el nuevo de Gismonti, compraste el último de Caetano?”. Tuvo un casal de perros “salchicha”, Gastón y Lucrecia, que un día de 1980 parieron cinco salchichitas: me ofreció uno, volé a su departamento de Paraná, elegí un machito marrón (el Billy, mi Billy) y mientras vivió no dejaba de preguntarme por él. Adorable Ricardo, de cuyos menesteres fúnebres se ocupó Oscar, por supuesto: también para eso están los amigos. De otros queridos amigos del cine publiqué en este espacio un recuerdo especial a manera de perfiles: Juan Carlos Fisner (1934-2023) el 22.3.2025; Claudio España (1942-2008) el 29.10.2025; Armando Bo (1915-1981) el 18.1.2026; e Isabel Sarli (1929-2019) el 9.5.2025.
Y Jorge, claro. Lo he dejado para el final a pesar de que nos conocemos desde los 60. Jorge Andrés, quien solía firmar sus artículos periodísticos como Jorge H. Andrés, era de la misma barra que Ernesto Pérez, Alberto y Edgardo, gente a la que yo admiraba en tanto lector: cuando apoyaba la ñata contra el vidrio ellos ya estaban dentro del cafetín. Jorge integraba la Comisión Directiva de la Cinemateca con Roland, Couselo, los Fernández Jurado, Fisner y Alejo, y desde aquellos días hemos sido amigotes (amigote: estadio intermedio y afectivo entre un simple conocido y un amigo del alma), nos hemos encontrado en sesiones de cineclubes, en reuniones sociales, en privadas; nunca dejó de atender algún pedido de asesoramiento acerca de datos precisos referentes a la música de algún film que investigaba; hemos coincidido una muy lejana tarde en el cine Arte de la Diagonal Norte tras ver un Hitchcock y, más cómplicemente, en la primera matinée de la peatonal Lavalle en el estreno de alguna star que, luego lo supimos, nos entusiasmaba por igual. Tuvo que ocurrir una pérdida para que nos convirtiéramos en amigos cercanos. Desde entonces nos comunicamos casi a diario, tecnología mediante, y de vez en cuando para almuerzos prolongados, en los que me sigue deslumbrando su sabiduría en música, en cine y en teatro, y sobre todo su fenomenal sentido del humor. Es en verdad lamentable que dejara de publicar: extraño sus notas para La Nación.
De todos ellos, sólo sobrevivimos Ernesto, Oscar, Jorge y yo. Muy lejos de St. Elmo’s fire, más cerca de The big chill.