domingo, 4 de octubre de 2026

FILMS / GREATEST HITS

1. A modo de introducción

Decidido a establecer cuáles fueron los más grandes éxitos comerciales del cine nacional producido y estrenado durante el siglo XX, el investigador más o menos responsable se enfrenta a un dilema y luego a una respuesta: no hay manera científica de saberlo, como se intentará esclarecer a continuación.

   En las tres primeras décadas, cuando era mudo, la explotación del cinematógrafo –en su abrumadora mayoría extranjero– no tenía reglas muy precisas. Los films solían ser lanzados en una o dos salas principales, en las que permanecían entre dos y seis días, y luego recorrían el espinel de cines de barrio, a razón de uno o dos días en cada uno. No existe ningún tipo de estadística sobre los grandes éxitos argentinos de esos años, aunque un título es siempre mencionado por historiadores e investigadores: Nobleza gaucha (Humberto Cairo, 1915). En los hechos, éste fue el único que continuó siendo exhibido de manera constante a través de los siguientes veinte años, al menos tres o cuatro veces al año en salas de todo el país.

Sandrini, Un bebé de contrabando

   Ese sistema persistió en los años 30 y en parte de los 40. Luego, desde mediados de los 40, la programación abrió el abanico permitiendo a los títulos más exitosos una cierta continuidad, aunque era tal la cantidad de lanzamientos de todo origen que los cines no daban abasto y así debían cruzar a otra sala para permitir el siguiente estreno. Además, en esos años había una gran cantidad de salas y todas ofrecían al menos dos largometrajes (incluyendo el Opera y el Gran Rex) cuando no tres y cuatro (los de cruce y los barriales). Desde mediados de los 50 se implementó el sistema llamado “estreno simultáneo”, que consistía en lanzar un film el mismo día en la sala céntrica principal y en una determinada cantidad de cines de barrio, inicialmente los de la Capital Federal, luego los del Gran Buenos Aires y al fin los del resto del país. Ese sistema se fue perfeccionando y así se pasó a estrenar el mismo día en todos los frentes.

   La programación de los largometrajes argentinos continuó de ese modo hasta la década de los 90, cuando las salas que quedaban en pie comenzaron a ser fraccionadas. En esa década y más plenamente a partir del siglo XXI fueron construidos en todo el país enormes centros de compras que, a la manera estadounidense –como todo en este negocio– incluían diminutas salas de cine. Sin embargo, hasta mediados de los 70 era difícil determinar cuáles eran los más taquilleros: el Heraldo del Cinematografista, el semanario gremial más serio en relación a todos sus rivales anteriores y posteriores, sólo deslizaba un éxito de taquilla de manera ocasional, y sólo a partir de su edición del 16.11.1960 incluyó una columna titulada “Recaudaciones”, que en relación a la Argentina necesitó aclarar con la frase “Aunque en Buenos Aires no se proporcionan cifras de las recaudaciones obtenidas, las seis más taquilleras fueron, en este orden:”, y menciona, sin números, títulos extranjeros.


   Años más tarde, cuando los exhibidores y distribuidores se animaron a blanquear sus cifras, éstas se limitaban al radio céntrico, la llamada “primera línea”, por lo que sólo era posible medir de algún modo el impacto en las taquillas por su permanencia en esa zona limitada. Lo cual resultaba engañoso, pues hay determinados films que funcionan mucho mejor en los suburbanos y en el interior, los de los cantantes populares y los de Isabel Sarli, por ejemplo, o el caso muy concreto de Alto Paraná, que en el Centro permaneció cinco semanas pero hizo verdaderas fortunas en los barrios porteños, los suburbanos y sobre todo en el interior del país. Por eso, no hay mejor estadística que la cantidad de entradas vendidas: los estadounidenses prefieren medir sus grandes éxitos comerciales por la cantidad de dólares que van sumando, pero eso es posible en países con una moneda más o menos constante: imagine el lector cómo podría ser determinado uno argentino con ese parámetro, cuando hubo pesos, pesos moneda nacional, pesos ley, australes, patacones...

   En 1972, el Instituto Nacional de Cinematografía (INC) implementó el llamado Boleto Oficial Cinematográfico (BOC), que posibilitaba llevar un control preciso acerca de las entradas vendidas en las salas de todo el país. Poco después, sus poderosas computadoras comenzaron a procesar esos datos, y así fue posible conocer la cantidad de tickets vendidos por cada estreno. Antes, una estimación aproximada resulta de la cantidad de semanas que permanecía en su sala de estreno y en sus salas de cruce, denominación ésta que se daba al cine en el que uno muy exitoso “cruzaba” a otro porque aquel en el que había sido lanzado debía cumplir con compromisos previos. Héctor Olivera admite, en su libro de memorias, no saber la cantidad global de espectadores de Hotel Alojamiento: “Lamentablemente, en esos tiempos no se llevaban estadísticas de espectadores, pero sin duda batimos un récord”.

   Aun sin saber cuántas semanas permanecieron en una misma sala, aun sin conocer cifras de entradas vendidas, hay ciertos y determinados films, en especial de los primeros años del sonoro, que –se sabe– han dado dinero a sus dueños a lo largo de muchísimos años: en la industria se los llamaba “vaca lechera”, porque rendían mucha “leche” cada vez que aparecían en cines de todo el país, a lo largo de los años y de las décadas, en programas populares, a veces por una sola jornada, en ocasiones como complemento de algún estreno. Eran títulos con estrellas populares (Sandrini, Lamarque, Marshall, Arias, Bozán, Carril, Merello, Legrand, Lolita, El Zorro, Los Cinco Grandes del Buen Humor) y versiones de exitosos sainetes teatrales, que desde 1960 fueron absorbidos por la flamante televisión.



   Esta nueva sección de mi blog no se propone comentar todos y cada uno de los grandes taquillazos históricos: con seguridad moriré (“pasaré a mejor plano”, “partiré”, “me iré de gira”, versiones piadosas siglo XXI del mismo asunto) antes de acabar con el asunto. Elegiré algunos, al azar, de acuerdo a mis ganas del momento, y los iré desmenuzando poco a poco. Un par de datos precisos, como para el lector se forme una idea: Un lugar en el mundo (Aristarain, estrenado en 1992) permaneció 57 semanas continuadas en cines céntricos, espaciosos al principio, casi microcines cerca del final, cantidad que, sin embargo, no alcanzó para superar el millón de tickets; Nazareno Cruz y el lobo (Favio, 1975) convocó a alrededor de 3.400.000 espectadores en su explotación inicial en todo el país, ostentando el récord del siglo pasado, sólo batido en el actual por Relatos salvajes (Szifrón, 2014) con 3.986.362.

sábado, 3 de octubre de 2026

FILMS

¡Kitsch, camp, trash!

–El cine de Enrique Carreras–

Sálvese quien pueda..! (1984) – Rodado a las apuradas para llegar a tiempo de estrenar en las vacaciones escolares de invierno y, de acuerdo a una gacetilla del departamento de Publicidad de Aries, destinado “al público de todos los colores” (¿?), Sálvese quien pueda..!, antes anunciado como “Dos caraduras con suerte”, sufrió algunos inconvenientes legales que por poco hacen naufragar su rendimiento en boleterías. En efecto, calificado “apto para todo público”, a poco de lanzado –y en apariencia debido a una denuncia anónima– fue recalificado “sólo apto para mayores de 13 años”, obviamente fatal para su explotación ante un público masivo de niños de todo el país. El asunto no fue tan grave, puesto que al momento del cambio ya había cubierto su costo.

Bonnet y Olmedo

   Un costo que debió ser ínfimo, dada la pobreza que destila. El guion elaborado por Mesa, Valverde Calvo y EC pegotea (éste sería el término más apropiado) elementos diversos: el asunto principal, en el que Olmedo pretende casarse con la viuda Bonnet ante la oposición de las tres hijas de ella, ya había sido primero un programa de TV (Una viuda y dos bodas) y luego uno de los cuadros de un espectáculo teatral (Para alquilar balcones), ambos firmados por Valverde y EC. Hay una subtrama (en más de un sentido) en la que Porcel y Garaicochea comparten un cuarto de pensión mientras intentan triunfar en la TV, Porcel ejecutando el bandoneón y Garaicochea como monologuista, lo cual da pie a un sketch en el que ambos intercambian roles femeninos, a un monólogo bastante divertido de Garaicochea, a un tango por Los Gromas, a una canción por Porcel, a un monólogo de Porcel y a otro monólogo, pésimo, de Garaicochea. Tan sólo a los 58 minutos de la acción Olmedo y Porcel coinciden en el hotel en el que Porcel oficia de detective y en el que Olmedo y Bonnet se casan: durante la fiesta están las imitaciones a cargo de Sapag (el periodista Neustadt, el Presidente Alfonsín y, como novedades, el gobernador de La Rioja Carlos Menem y el canciller Dante Caputo) y por último una secuencia inventada para que los actores principales hagan sus monerías. Partes de todo ese material fueron extraídas de otros espectáculos dirigidos por EC en el teatro: algo de la revista Los reyes de la risa, algo de Empecemos por el final.

Porcel y Garaycochea

   El resultado de la mélange es otro de esos descensos de EC a los infiernos de su propia obra, ese tipo de films en los que ni siquiera presta atención a la continuidad, a los encuadres, a las actuaciones, a los pequeños detalles. El apuro fue tal que, con excepción de una secuencia en la tradicional feria dominguera de San Telmo, la cámara sólo sale de los estudios Baires para algunos inserts realizados en el vecindario. Para sumar al diccionario privado del director, Sálvese quien pueda..! aporta el término “bueludo”, que –como lo explica Victoria Carreras con total naturalidad– es “una mezcla de bueno y volu... ble”. El material de prensa agrega un título en inglés para el hipotético caso de su exportación: Impatient lovers.

OBS     Ultimo largometraje de EC con el DF Antonio Merayo (1909-1999).

TAQ     Ocupó el quinto puesto, con 713.702 espectadores en todo el país, entre los argentinos más taquilleros de 1984. Hizo tres semanas en el Ambassador y dos en los cines Callao, Cuyo, El Plata, Gran Odeón, 25 de Mayo y varios suburbanos, sumando desde la 2ª (12.7) los cines Gran Lugano –por dos semanas–, Cabildo, Grand Prix y Bernasconi + 25; y desde la 3ª (19.7) el Los Andes y el Atalaya + 26. Luego, desde el 26.7, cruzó por una semana al Petit Premier. Es probable que haya rendido mucho más en suburbanos y en el interior.

 

Mirame la palomita (1984) – Luis Osvaldo Repetto recordaba, a propósito de la serie, que los únicos dolores de cabeza los proporcionaba el Ente de Calificación Cinematográfica (ECC), cortando escenas y diálogos y modificando guiones y títulos a su libre arbitrio. Hay dos casos emblemáticos al respecto: Mi novia el... se denominaba originariamente “Mi novia el travesti”, y El gordo de América en realidad llevaba por título “El macho de América”. Las razones del censor Miguel Tato para modificarlos pueden –con buena voluntad– entenderse en el primer caso, pero en el segundo la rara excusa fue que “el único macho de América fue Perón”.

Perry, Traverso, Olmedo, Di Carlo y Villarroel


   Mirame la palomita, que en su etapa de proyecto era mencionado como “Los maridos se divierten”, fue el primero de la serie realizado sin censura, ya que el ECC fue disuelto en 1984 siendo reemplazado por la Comisión Asesora de Exhibiciones Cinematográficas (CAEC), que depende aún hoy del INCAA. La calificación que recibió, “sólo apto para mayores de 18 años, con reservas”, era la más dura posible para material no pornográfico, lo cual resultó frustrante para espectadores morbosos. Las chicas semidesnudas, las situaciones risque, los chistes de doble sentido y las llamadas “malas palabras” son los mismos que campeaban a lo largo de la serie. Los términos más fuertes que pueden escucharse son “coño”, “tetas”, “mierda”, “pelotudo”, “me cagó”, “bolas tristes” y “calentura”, así como “aceitunas” y “nísperos” son nombres de frutos utilizados para reemplazar “testículos”, “huevos” o “bolas”. Incluso en 1985, todos esos términos conformaban el vocabulario corriente de los niños argentinos y españoles, por lo que la calificación aludida suena excesiva y ejemplifica con claridad la incertidumbre de los integrantes de la CAEC, quienes se debatían entre lo justo y lo apropiado tratando de no incurrir en los vicios del antiguo ECC ni tampoco pasarse de liberales.

   Remake de número 25, esto es, Punto y banca, EC reemplaza a Susana Canales por Traverso, a Carlos Estrada por Olmedo, a Julio Peña por Porcel, a Nelly Cobella por Gonzaga, a Ricardo Castro Ríos por Sapag, a Francisco Alvarez por Zabala y a Enrique San Miguel por Julio López. El famoso astro de cine ahora se llama “Federico Lupa”, lo cual significa un homenaje a Federico Luppi, notable actor argentino que trabajó muchísimo para la empresa Aries, en tanto otras modificaciones son de forma, con un final diverso que se estira más allá del original. Sapag hace, esta vez desganadamente, sus habituales imitaciones (Ibáñez Menta, Caputo, Alfonsín, Menem, Merello, Galán y, como única novedad, Mr. T, héroe de la serie televisiva Brigada A, de moda en aquel momento); hay dos chistes que destacan, uno porque, de tan antiguo, debería ser declarado histórico (Traverso: “En un año mi marido no me tocó un pelo”, Olmedo: “¡Qué puntería!”) y el otro por futurista (Lupa recuerda uno de sus films, “Dios se lo pague”, y agrega: “se lo dedicamos al Fondo Monetario Internacional”); y, en fin, debe destacarse una secuencia bien resuelta, aquella en la que, con una agilidad infrecuente para EC, el montaje alterna sendas escenas en las que Porcel consulta a un médico y Traverso a un abogado.

Traverso y Gonzaga

   Su título de exportación fue Take a look at my little bird, y la aludida palomita está tatuada en la nalga de una mujer que Olmedo trata de encontrar, no se entiende bien por qué ni para qué: otro modesto e inútil MacGuffin.

TAQ     Tres semanas en el Sarmiento y dos en la mayor parte de los simultáneos, sumando desde la 2ª (14.3) el Gran Lugano + 25 y desde la 3ª (21.3) los cines Los Andes, Cabildo, Parque, Atalaya y Grand Prix + 15. Desde el 28.3 cruzó al Plaza y el Loria + 15.

 

Sálvese quien pueda..!
Argentina, 1984
35mm / EastmanColor / 80’ / ATP, luego SAM13

EQ     CP, CD: Aries Cinematográfica Argentina SA. P: Luis Osvaldo Repetto. JP: Mario Faroni. AP: Raúl Ahumada y Haydée Portas. D: Enrique Carreras. AD: Ricardo Cuevas. AYD: Enrique Carreras (h). PZ: Juan Iribas. G: Juan Carlos Mesa, Salvador Valverde Calvo y Enrique Carreras. F: Antonio Merayo. CM: Mariano Molinari. FQ: Enrique Fellipelli [Filipelli]. ACM: Oscar Colombari. FF: Enrique Laviada. JR: Alcides Santa Ana [Alejandro Santa Ana]. [CR: Jorge Amengual]. [R: Daniel Bordenave, Martín Luján, Juan Pelichero y Carlos Rodríguez]. E: Alvaro Durañona y Vedia y Mario Figliosi [Figliozzi Aramburu]. DC: Francisco Mascareño. ADC: Ricardo Tonizza. [U: Ramón Cuadrado]. [CPT: Osvaldo Cerutti]. V: Horace Lannes. MOD: Cristina Martínez. MQ: Vicente Notari y Jorge Frutos. PN: Marta Roig. S: Jorge Castronuovo. AS: Modesto [Angel] Diminutto. C: Eduardo López y Miguel López. AC: Edmundo López y Antonio López Cavedo. [CNGT: Margarita Bróndolo]. M: Mike Rivas [Ribas]. [TM: fragmentos de la Danza del Fuego de El amor brujo, de Manuel de Falla]. [CN: un tango bailado por Los Gromas con solos de bandoneón por Oscar Mario Bassil, y El manisero, de Moisés Simons, por Jorge Porcel y ballet]. COR: Annemarie Hoth y Luis Gromas. PUB: Bucky Butkovic. [APUB: Cristina Rubano]. EF: Baires Films SA (Don Torcuato, BA). JEF: Jorge Paracca. LOC: BA (plaza Dorrego en San Telmo, hotel City en Bolívar 160) y GBA (Don Torcuato). [L: Citeco SAICAFIM]. LS: Syncroson [Studios]. FR: 7.5.1984 al 18.6.1984; © 1984. LC: 5.7.1984, cines Ambassador, Callao, Gran Norte, General Paz, Rivera Indarte, Cuyo, El Plata, Gran Odeón y 25 de Mayo + 30.


I&P     Alberto Olmedo (biólogo doctor Hermenegildo “Poroto” Bolotti Soconcho), Jorge Porcel (Renato) / María Carreras (Ana María Aguirre), Marisa Carreras (Mariana Aguirre), Victoria Carreras (Angélica Aguirre) / Beatriz Bonnet (Luisa, viuda de Aguirre), Mario Sapag (imitador), Mónica Gonzaga (Susana, la ladrona), Carlos Garaicochea (Carlos), Marita Ballesteros (empleada de la casa de antigüedades), Nancy Herrera (doctora Rosita) / Tatave Moulin (biólogo francés), Jacques Ardnt [Arndt] (ejecutivo del Canal de TV), Luis Corradi (gerente del hotel), Oscar Mario Bassil (bandoneonista), Dorys Perry (Kathy, una amiga de Carlos), Raúl Marra (mozo en la fiesta), Susana Gascón (locutora por TV), Judith Gabbani (mucama del hotel), Mario Ernesto Olivietti (conserje Rodríguez), Mónica Figueroa (Betty, otra amiga de Carlos), Carlos Fioritti [Fioriti] (dueño de la casa de antigüedades), Aurora del Mar (mujer en la feria de antigüedades), Estela Vidal (mucama Ramona), Carlos Trigo (asistente del programa de TV), Carlos La Terza (vendedor de choripanes), Osvaldo Caruso (director del programa de TV), Lily Carrizo (señora en la fiesta), María del Carmen Marchi (señorita en la fiesta), Héctor Armendáriz (ejecutivo del Canal), Marisa Herrero y Alberto Irízar (mucamos del hotel), Ricardo Jordán (señor de larga barba en la feria de antigüedades) / Ballet Los Gromas / na Elida Silva y Roberto Aita (transeúntes que miran a Hermenegildo en kilt), Sergio Arroyo (bailarín), Ricardo Barrios (camarógrafo del programa de TV), Julio Pelleri (empleado del hotel), Luis Cardillo (gordo) / aana Tato Bores (transeúnte que mira a Hermenegildo en kilt), Enrique Carreras (transeúnte que tropieza con Hermenegildo), Mercedes Carreras (señora con bebé en la feria de antigüedades), Romina Figliozzi Carreras (bebé con señora en la feria de antigüedades), Antonio Merayo (señor acariciando un gato en un negocio).

 

Mirame la palomita
Argentina, 1984
35mm / EastmanColor / 86’ / SAM18CR

EQ     CP, CD: Aries Cinematográfica Argentina SA. P: Luis Osvaldo Repetto. JP: Mario Faroni. AP: Gonzalo Astorga y Haydée Portas. D: Enrique Carreras. AD: Ricardo Cuevas. AYD: Enrique Carreras (h). PZ: Juan Iribas. G: Juan Carlos Mesa [sobre un guion previo de Emilio Villalba Welsh a partir de un argumento de Enrique Carreras]. F: Víctor [Hugo] Caula. CM: Marcelo Pais. FQ: Francisco Spósito [Espósito]. [ACM: Atilio Pascual]. [FF: Enrique Laviada]. [JR: Miguel Amengual]. [CR: Alejandro Santa Ana]. [R: Jorge Amengual, Juan José Fernández, Federico Fernández y Andrés Nielsen]. E: Alvaro Durañona y Vedia y Mario Figliosi [Figliozzi Aramburu]. DC: Francisco Mascareño. ADC: Ricardo Tonizza. [U: Atilio Maggi]. [CPT: Honorio Pascoli]. V: Horace Lannes. [MOD: Cristina Martínez]. MQ: Elvira I. de Ramos [Elvira Ramos]. PN: Marta Roig. S: Jorge Castronuovo. AS: Juan Carlos Bertola. C: Eduardo López y Miguel López. AC: Edmundo López. CNGT: Margarita Bróndolo. M: Mike Rivas [Ribas]. [CN: Las viudas, de Mike Ribas, por Silvia Peyrou, Cecilia Di Carlo y Dorys Perry; Yo soy tu hombre y Recuerdos, ambas de y por El Paz Martínez; y El hombre es como el auto, de Mario Clavell, por Silvia Peyrou, Cecilia Di Carlo y Dorys Perry]. COR: Héctor Estévez. PUB: Bucky Butkovic. [APUB: Cristina Rubano]. EF: Baires Films SA (Don Torcuato, BA). JEF: Jorge Paracca. LOC: BA (parque 3 de Febrero en Palermo) y provincia de BA (ruta 2, Mar del Plata). [L: Citeco SAICAFIM]. LS: Syncroson [Studios]. FR: 15.10.1984 al 21.11.1984. LC: 7.3.1985, cines Sarmiento, Callao, Gran Norte, General Paz, Rivera Indarte, Cuyo, El Plata y Gran Odeón + 31.


I&P     Alberto Olmedo (Federico Lupa), Jorge Porcel (Cayetano), Susana Traverso (Carola, esposa de Cayetano) / Mónica Gonzaga (Alicia) / Mario Sapag (el Turco José, esposo de Alicia), Tincho Zabala (médico que atiende a Cayetano), Julio López (abogado Urtizberreta) / Marisa Herrero (Manuela, madre de Carola), Alberto Irízar (Paco, padre de Carola), Délfor Medina (cazador), Silvia Peyrou (cantante), Nancy Herrera (Lucía, espectadora en el cine), José Luis Gioia (jardinero Luis), Pili Miles (mujer del cazador), Cecilia Di Carlo y Dorys Perry (cantantes) / Aurora del Mar (viejecita italiana regando las plantas en el balcón), Mario E. [Ernesto] Olivietti (empleado de la farmacia), Víctor Villa (señor con el niño Matías), Jorge Taglione (barrendero en el Casino), Sandra Villaruel [Villarruel] (bailarina vestida de novia), Laura Dufour (Laura, modelo que baila), Betty Villar (negra en el Casino), Viviana Luif (modelo en el bar), Daniela Raggi (actriz del film Amor in vitro), Marcela Vera Wilson (mujer que pide una donación para el control de natalidad), Osvaldo Caruso (Horacio, boletero del cine), Silvia Ferragine (enfermera), Patricia Solía (niñera), Matías Nicolás Benítez (niño Matías) / El Paz Martínez / na Lelio Lesser (groom del hotel), Estela Vidal (mucama Rosa), Julio Pelleri (médico 1º) / aana Atilio Maggi (espectador de anteojos en el cine), Enrique Laviada (espectador que come maníes en el cine), Nito Mecozzi (marido de Lucía), Enrique Carreras (h) (jovencito en la barra de la boîte), Enrique Carreras (apostador en la ruleta del Casino).

viernes, 2 de octubre de 2026

PERFILES

Ana Casares, la polaquita

“Ser feliz es una ráfaga”.
Mimí Pons, Clarín, agosto 2020.

En una fecha imprecisa entre 1968 y 1970, imprevistamente, por cuanto no éramos amigos y yo en particular apenas asomaba al ambiente periodístico porteño, Roberto “Tito” Jacobson me invitó al festejo por un nuevo aniversario de Pantalla gigante, audición radiofónica que había sido creada por su padre, Jaime Jacobson, y que entonces todavía continuaba emitiéndose por Splendid. El festejo consistía en un viaje en barco hasta Montevideo, ida y vuelta sin desembarcar: hubo almuerzo, cócteles y muchos invitados. Esa fue mi primera “fiesta de la farándula”, por así decirlo, y las dos únicas caras de “famosos” que recuerdo de tan magno acontecimiento son las de Elena Lucena y Ana Casares, que estuvieron juntas todo el tiempo, charloteando con cierto desenfado que llamó mi atención. En realidad, la que deslumbró a aquel invitado de 20 y pocos años fue Casares, que había quedado fijada a mi memoria cinéfila por su personaje en algunos de sus films, en especial por el de El jefe. No recuerdo haber hablado con ella ni con su amiga ni con ningún otro “famoso”: ya entonces rehuía toda cercanía con ellos temiendo ser confundido con un cholulo; años más tarde, debido a mi profesión, he cuidado mucho ese detalle, y sólo me acercaba a saludar a aquellos con los que tenía algún tipo de relación.

El jefe: Rossana Zúcker y AC

   Ana Casares (Anna Urmann; Stanisławów, Polonia, 23.12.1930 / Buenos Aires, 13.3.2007) acababa de volver de su estadía de siete u ocho años en España y le estaba costando reinsertarse en el show business local. Radicada desde niña en el país, su nombre comenzó a ser meneado en las revistas especializadas hacia mediados de los años 50, menos por sus actuaciones que por su amorío con un empresario que siempre adoró aparecer en los medios, Guido Parisier, quien años más tarde sería el dueño del hotel Hermitage de Mar del Plata y durante la gestión del Presidente Carlos Menem el director del INC, además de producir un par de largometrajes de Luis Saslavsky.

Con Oscar Rovito en Demasiado jóvenes

   Como sea, Casares filmó muy poco en relación a otras colegas de su generación, y de esa primera etapa de su carrera destacan los tres que hizo bajo la dirección de Leopoldo Torres Ríos, de quien –era vox populi– fue la última de sus amantes-actrices. En Demasiado jóvenes es la modelo con la que el adolescente Oscar Rovito sostiene sus primeros escarceos sexuales; en Campo virgen está espléndida como una estrella de cine en romance con el tosco peón Tito Alonso, en un Torres Ríos en estado puro, se diría, un film chiquito, sencillo, emotivo, en el que no pasa gran cosa ni es de lo mejor de su director, pero no defrauda a sus seguidores; en Aquello que amamos, esa joya de la época, tiene un personaje secundario pero notable como la amante de Lautaro Murúa. Entre esos dos primeros Torres Ríos intervino en El jefe, donde ella y Rossana Zúcker interpretan a dos muchachas en franco tren de levante que terminan en manos de la barra de Alberto de Mendoza, entrevero en el que Zúcker es asesinada. Fue en ese personaje en el que perfeccionó su “tipo”, el de mujer independiente, algo altanera, segura de sí misma. Nada de ingenuas ni de niñas casaderas en su universo actoral: ella estaba para otra cosa.

Con Tito Alonso en Campo virgen

   Luego de un par de roles intrascendentes en comedias intrascendentes, Buscando a Mónica volvió a mostrarla en su plenitud como la hija del tabernero del pueblo en el que Carmen Sevilla, la protagonista, retoza con sus galanes: era otro personaje secundario, pero el director, el español José María Forqué, fijó su atención en ella y le sugirió trasladarse a España y, con su ayuda, continuar allá su carrera. Consciente de que esa carrera estaba lejos de todo protagonismo, al menos en el cine y ya sin la protección de “Polo” Torres Ríos, entró al cine español por la puerta grande: en su primer film figura encabezando los credits, algo que nunca había logrado en su propio país y que no se volverá a repetir. Siempre con su voz doblada, como era de rigor en la España de aquellos tiempos de coproducciones múltiples con actores de varias lenguas, volvió a los secundarios: en Playa de Formentor se reencontró con su productor ejecutivo Alberto Soifer, que había sido uno de los productores de Buscando a Mónica, pero tal vez su trabajo más notable en ese período fue su breve (apenas una secuencia) pero intensa actuación en el episodio de Berlanga para Les 4 vérités, donde además aparece sugestivamente hermosa.

Con Gabriele Tinti en Playa de Formentor

   Sin embargo, el must de su periplo hispano fue el haber sido otra de los muchos actores argentinos a los que convocaba Jesús Franco: Casares participó en El caso de las dos bellezas y Bésame montruo, que no sólo fueron rodados al mismo tiempo en agosto 1967 sino que el segundo es continuación del primero con los mismos personajes principales (Janine Reynaud y la porteña Rossana Yanni). Casares es apenas visible en el primero, en el que aparece en cámara cerca del final casi sin emitir palabra, pero su personaje de malvada tiene mayor desarrollo en el segundo. Resultaron su despedida del cine español.

Con Leo Anchóriz y José Bódalo en El juego de la verdad

   Al regresar trabajó mucho más en la televisión, sin relieve especial, pero sólo hizo dos films. En La vida continúa fue la elegante ricachona “con pasado” que se disputa a Sandro con la noviecita del barrio, pobre y virgen (Cuny Vera), prosiguiendo una costumbre en las comedias del cantante, a quien sus libretistas a menudo le oponían esos dos tipos de mujer como única alternativa posible: con ligeras variantes, Marcela López Rey/Soledad Silveyra en Quiero llenarme de ti, Silvina Rada/Soledad Silveyra en Gitano, Elena Sédova/Alicia del Solar en Siempre te amaré, Mirta Massa/Cristina Alberó en Destino de un capricho, Norma Sebré/Elena Sédova en El deseo de vivir  y Adriana Gardiazábal/María del Carmen Valenzuela en Subí que te llevo.

Con Sandro en La vida continúa

   Su última aparición en cine se registra en El Pibe Cabeza, un policial de Torre Nilsson. Pero antes que por el personaje que interpreta, un “hueso”, es preferible destacar una pequeña historia menuda. Así como a May Nilsson no parecían importarle los amoríos de su esposo, Leopoldo era muy compinche de su padre y sabía cuidar a sus amantes, y si no compensó a María Concepción César con algún personaje fue porque a todas luces el camino estético emprendido por ella iba a contramano del universo del director, sí lo hizo con Anita Casares, que fue su primera opción –en vida de su padre– para el personaje de Fin de fiesta (“Julieta Arteaga Braceras”, hermana del de Graciela Borges) que por razones de agenda terminó animando Marta Murat; la hizo convocar para el protagónico de la telenovela María Trastorno (1960) producida por una empresa de la que era socio principal; y, finalmente, le dio el papel de El Pibe Cabeza.

Con José Slavin en El Pibe Cabeza

   Supo hacer fotonovelas en el auge de la especialidad y en la revista Antena encabezó una con Alfredo Alcón titulada La piel del milagro (Carlos Lozano Dana, 1960), ¡que adaptaba a Balzac! Uno de sus roles televisivos mejor recordados fue el de Barrio gris (1977, Canal 9), cuatro capítulos para el ciclo Las grandes novelas, en el papel que en la versión cinematográfica de Mario Soffici (1954) de la novela de Gómez Bas había interpretado Elida Gay Palmer: lo dicho, Casares nunca estuvo para vírgenes de barrio… Y como le dice le dice “el Rubio” (Hardy Krüger) en el episodio de Berlanga, “Eres una chica estupenda, Juliana, siempre lo he dicho: eres toda una mujer”. Algunos comentaristas sugieren que habría podido cometer suicidio.

FILMOGRAFIA

[¡¡Achtung!!: la IMDb le adjudica Diesmal muss es kaviar sein – II. Teil / Top secret –C'est pas toujours du caviar– (Geza Radvanyi, RFA/F, 1961), pero visionado que fue AC brilla por su ausencia].

El complejo de Felipe (Juan Carlos Thorry, 1950: extra, “una alumna”), El último perro (Lucas Demare, 1954-1955: “Julia, hija de ña Fe” [Gloria Ferrandiz], 10º), El tango en París (Arturo Mom, 1955: “una amiga de Aníbal Vieyra Varela, apodado Chopín” [Enrique Serrano], 29º), Demasiado jóvenes (Leopoldo Torres Ríos, 1957: “la modelo”, 6º), El jefe (Fernando Ayala, 1958: “chica de levante”, 8º), Campo virgen (Torres Ríos, 1958: “Irene Lerena”, 2º), Aquello que amamos (Torres Ríos, 1959: “la amante de Eduardo Núñez” [Lautaro Murúa], 3º), Dos tipos con suerte / ¡Viva quien sabe querer! (Miguel Morayta, A/MX, 1959: “Elsa Pujol, alias Elsa Grimm”, 3º) y Buscando a Mónica / El secreto de Mónica (José María Forqué, A/E, 1961: “Amparo”, 4º) – España: El Diablo en vacaciones (José María Elorrieta, 1962: “Faustina” y “Mercedes”, 1º), El juego de la verdad / La couple interdit (Forqué, E/F, 1963: “María Jesús”), Les 4 vérités / Las 4 verdades / Le 4 verità (Las 4 verdades, F/E/I, 1963: AC intervino en el episodio La mort et le bûcheron / La muerte y el leñador / La morte e il carnefice, Luis G. Berlanga: “Juliana”, 10º), Due mafiosi nel far West / Dos pistoleros (Giorgio Simonelli, I/E, 1964: “Mary Simpson”, acreditada 6º como Anna Casares), Playa de Formentor (Germán Lorente, 1964: “Sofía”, 5º), El marqués / Der marquis / O marquês (Niels Larsen, E/DIN/POR, 1965: “Elisa”), Adiós, Cordera (Pedro Mario Herrero: “Aurelia, esposa de Antón” [Carlos Estrada]), 7 donne per i McGregor / Siete mujeres para los McGregor (Siete mujeres para los McGregor, Franco Giraldi, I/E, 1966: “Dolly”, 13º), La esclava del Paraíso / Sharaz (Elorrieta, E/I, 1967: “Miriam”, 7º), El caso de las dos bellezas / Sadisterotica (Jesús Franco, E/RFA, 1967: “asistente de Klaus Tiller” [Adrian Hoven], 4º) y Bésame, monstruo / Küss mich monster (Franco, E/RFA, 1967: “capitán Linda Bello”, 6º) – Argentina: La vida continúa (Emilio Vieyra, 1969: “Ana Lammartine”, 3º) y El Pibe Cabeza (Leopoldo Torre Nilsson, 1974: “Lucía, la mujer de Caprioli” [José Slavin], 8º).

jueves, 1 de octubre de 2026

ANIVERSARIOS / EN PRIMERA PERSONA

Los 55 años del Museo del Cine,
ovvero Las tribulaciones de un
empleado municipal, el estallido
del Señor Ministro y unas cuantas cosas más…

–Nombre del testigo y profesión.
–Daniel Mario López, jubil… Periodista.
–Lo siento. ¿Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?
–Uff…, sí, Su Señoría, he visto mucho cine.
–Déjese de bufar, tome asiento y escriba.

Ducrós Hicken

Creado a partir de una donación de la viuda del historiador y cineasta, el Museo del Cine Pablo C. Ducrós Hicken (tal su denominación oficial: la C es por Christian) nació con una fecha precisa, el 1.10.1971, como institución dependiente de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires. Su primer director fue Jorge Miguel Couselo y su sede inicial estaba en el tercer piso del Centro Cultural General San Martín (Sarmiento 1551), y no en el teatro General San Martín, como confunde el aportante de Wikipedia. A Couselo lo sucedieron varios otros funcionarios, como es natural: lo que no es en absoluto natural es el asuntillo ese de sus sedes, tantas que casi les he perdido la cuenta, renuncio que habla con elocuencia de la nula importancia que las autoridades han otorgado desde siempre a la entidad, pues cada mudanza equivale a un poco más de destrucción y/o deterioro de sus pertenencias, así como a un permanente estado de zozobra respecto del día de mañana. Otro detalle en tal sentido: muchos años más tarde, luego de la inauguración de la Usina del Arte a la que me refiero más adelante, los micros turísticos, ésos de planta baja y terraza, se detenían a su frente, y al emprender la retirada pasaban de largo ante la sede de exposiciones de nuestro Museo, justo al lado, en el mismo edificio.

Couselo

   En realidad, el Museo debería haber sido bautizado Museo del Cine Argentino, pues a él dedica sus mayores esfuerzos. Comenzó sus actividades públicas tan sólo en abril 1972, exhibiendo films agrupados en ciclos orgánicos. Couselo me convocó para que le aportara las fichas técnicas y las filmografías respectivas, publicadas con un breve texto introductorio en los programas que acompañaban cada ciclo, impresos en papel de buena calidad: en años venideros serían mimeografiados hasta que un día sencillamente desaparecieron.


   Mis relaciones con la institución han variado según las épocas: cercanas en las gestiones de Couselo y Roland, muy cercanas en la de Guillermo Fernández Jurado, nulas en las de José María Poirier y Coco Blaustein. En la presidida por Poirier nació la revista La Mirada Cautiva, por cierto un sugestivo título para una publicación referida al cine, que pudo editar apenas ocho números en nueve años. Jamás dejé de visitar su sede del momento, fuere para ver algún film, para investigar en su biblioteca, para tomar un cafecito con Guillermo, en cualquier gestión siempre muy bien recibido y atendido por su personal, en especial por María del Carmen Vieytes cuando era apenas la bibliotecaria en el edificio de Balvanera.

Publicación 1998
 

En diciembre 2007 Mauricio Macri asumió la jefatura de la antigua Municipalidad, ya convertida la Capital Federal en Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Ese año fue fatal para mi economía doméstica: sin trabajo, subsistía con los dineros cobrados tras haber ganado una demanda y vendiendo algunos de mis libros, discos y videos en el parque Rivadavia. Uno de esos días, cenando con Edgardo Cozarinsky, me cuenta que una amiga común había sido designada en la Secretaría de Cultura porteña: “Si te parece bien, le hablo de vos”. Por pura casualidad, unas semanas antes esperábamos mesa en la barra de otro de esos restaurantes exóticos y carísimos a los que Edgardo era tan afecto cuando entraron José Miguel Onaindia y nuestra común amiga, a quien no veía desde que solíamos encontrarnos cada 25 de Mayo en los almuerzos de Clásica y Moderna. Por supuesto que me pareció bien. Conocía a Josefina Delgado desde que con ella y su entonces esposo Alberto Perrone compartíamos la redacción de La Opinión, a finales de los 70. No puedo decir que fuéramos amigos cercanos, pero había afecto entre nosotros. Como a todas las Josefinas (Serrador, Muñoz, Serratosa, Meliá), todos le decíamos “Pepita”, detalle casero y nimio que, no obstante, tendrá su importancia en la relación que sigue.

Delgado

   Me citó en su descomunal, intimidante despacho en el edificio de la Avenida de Mayo: fue el 27.12.2007, a las 11, y me recibió diciéndome lo siguiente: “Daniel, vos sos mi candidato para dirigir el Museo del Cine”, lo que fue una novedad que nadie antes me había mencionado ni sugerido y con la que yo no había especulado. De inmediato, tal como hacía Beatriz Guido cuando quería contar un chimento, bajó la voz y me susurró: “Tenés una competidora brava, una mujer que cuando llama por teléfono se presenta ante mi secretaria como «la futura directora del Museo del Cine». ¿La conocés?”. Por supuesto que sabía quién era: había sido la mujer de mi amigo Fernando Martín Peña y escribíamos todos en la revista Film, de muy grata memoria, pero sólo la había visto una vez, de lejos, en su casa, por lo que, en rigor de verdad y parafraseando el título de uno que me gusta mucho, non la conoscevo bene.

Félix-Didier

   Por cierto, Paula Félix-Didier ostentaba laureles internacionales para acceder a ese puesto, así como también el madrinazgo de Gabriela Michetti, vice de Macri, esto es, un escalón por encima de Pepita. El puesto fue para ella, todos lo sabíamos: generosa, Pepita me gestionó un contrato, firmado ante una tal señorita Francia –siempre con cara de culo (disculpe Su Señoría), la pobre– el 27.2.2008 en el local de la Avenida de los Italianos, en calidad de “investigador cinematográfico”. El monto era miserable, pero yo no estaba como para rechazarlo, y además me gustaba la idea de trabajar allí, en lo mío, el cine argentino. Mis inicios fueron duros, sin embargo. A medida que pasaban las semanas, escuchando los comentarios sobre las enormes dificultades burocráticas para conseguir dinero para solventar tan sólo la “caja chica” (tinta para impresoras, papel para fotocopias, papel higiénico), y conociéndome, confieso que fue un alivio el no haber sido designado director: a los dos meses ya me hubiera peleado con las autoridades.

Publicación 2006

   Ocurre que parte del personal suponía –me enteré más tarde– que yo era una especie de espía de mi mentora, loca teoría alimentada por el hecho de que cuando aparecía su nombre me refería a ella como “Pepita”, lo más natural del mundo, al menos para mí. Fui adjudicado a la Biblioteca, que estaba a cargo de Andrés Insaurralde, un colega investigador a quien conocía desde hacía muchos años: la tarea inicial que se me indicó fue la de rotular con letras y números las fotografías archivadas y, en lo posible, reconocer actores y técnicos. “Utilizá tu criterio”, me indicó el bueno de Andrés, quien a la hora del almuerzo se escabullía entre las estanterías para comer una banana, temeroso de que le enviaran un memorandum por hacerlo fuera del Area de Recreación. Utilizando mi criterio ocurrió un leve incidente: en el sobre de Leopoldo Torres Ríos había un montón (no las conté, tal vez 40 o 50) afichetas de La tía de Carlos, que ocupaban demasiado espacio y rompían los delicados bordes del ya veterano envoltorio de color marrón; dejé una cuantas y el resto las tiré al cesto de basura más cercano a mi escritorio (lo que prueba mi ausencia de malicia, Su Señoría), basura que fue detectada por un oscuro pelafustán que, en lugar de decirme “¡eso no se hace, malo malo malo! al parecer siguió un curso de Alcahuetería Avanzada III y me denunció ante Mary Vieytes, quien entendió mi posición pero me intimó a no seguir utilizando mi criterio. Faltaba más.

Publicación sin fecha, gestión Blaustein

   Cierto día, Paula me “invitó” a lo que mencionó como un “desayuno de trabajo” en Las Violetas, hermosa confitería que a ella parece que le quedaba cerca. Fue el martes 24.11.2009 y me puse contento, pensé que por fin me asignaría una tarea más acorde con mis conocimientos y capacidades. Se barajaron grandes planes pero todo siguió igual, excepto que la invitación la garpé io. También supe por terceros que me respetaba “porque Fernando lo respeta” y, en los saraos de presentación del calendario anual en los jardines de Cinecolor, micrófono en mano expresaba su orgullo de contar entre su personal a tres destacados investigadores, quienes vendríamos a ser Andrés, César “le Voleur” Maranghello y yo. Pero los tres continuamos en nuestras respectivas, aburridas burocracias, y si ella tan sólo hubiera comprendido que dirigir un Museo del Cine conlleva algo más que la (importante, decisiva, bienvenida) conservación y restauración de films, nos hubiera encomendado investigar de manera orgánica el período mudo, por entonces sólo librado a fichas sueltas dispersas aquí y allá, principalmente por Couselo. Una encomienda “importante” aunque no por ello menos mecánica fue la de copiar los guiones de Arroz con leche y Fin de fiesta, que me tuvo ocupado varios días de marzo y abril 2010, la mayor parte de ellos en mi casa y en mi PC, aunque no recuerdo qué destino tuvieron. Por mi cuenta actualicé el viejo listado de VHS y DVD, plagado de errores de todo tipo; imprimí el texto de algunas de mis investigaciones particulares y lo sumaba a los archivos del Museo; y organicé –con Fernando aportando el auditorio del MALBA– una “Matinée Julio Irigoyen” con la exhibición de cuatro de sus melodramitas, iniciativa personal que, no obstante, promocioné como una actividad del Museo, aunque nadie del Museo se molestó/interesó en dar el presente.

Publicación sin fecha, circa 2009

   Al fin, Paula tomó una decisión acerca de qué carajos hacer conmigo. Resulta que la Municipalidad (perdón, Su Señoría, quise decir la CABA) otorgó al Museo un salón para exposiciones, ubicado en una dependencia adicional de una vieja usina eléctrica en la Boca que servía para sus empleados administrativos, o eso nos contaron. La propuesta consistía en que trabajara allí y atendiera al público los fines de semana y los feriados, “por si alguien pregunta algo específico que vos sí podrás responder”, me salameó, aunque en verdad sólo me estaba sacando de encima: mi primer día allí fue el sábado 6.8.2011. Lo más grato de ese breve interludio: dejar de ir a la sede de Barracas, ese horror cotidiano; los almuerzos en el viejo bodegón El Obrero; las compañeras que me tocaron en suerte; las visitas ocasionales (algunas sorpresivas, otras previstas) de Ernesto Pérez, Aldo Romero, July Massaccesi, Goyo Anchou, Juan Carlos y Cristina Fisner, Ana Nisenson, el Bebe Kamin, Beatriz Di Benedetto, todos amigos o amigotes míos del cine, al igual que Renée Garay, la viuda de Mario David, quien fue un sábado a Caffarena para una proyección en homenaje a Gaby, su hija cineasta fallecida poco antes.

Caffarena

 

Mi final allí fue catastrófico, aunque ahora lo memore divertido. No mucho después de establecida la sede de la Boca, el resto de la vieja usina, esto es, el enorme y bello edificio principal, fue travestido por las hordas macristas en la Usina del Arte, denominación bastante pretenciosa que pone en evidencia con cuanta ligereza algunas personas utilizan la palabra “arte”. En fin, a partir de su inauguración oficial avalanchas de paseantes finisemaneros irrumpían en nuestro modesto, tranquilo Museo del Cine preguntándonos dónde comprar las entradas para tal recital o a qué hora era la conferencia de Fulano. Al principio con delicadeza, mis compañeras y yo orientábamos a esa masa ávida de “arte” a dirigirse hasta la esquina de Pedro de Mendoza y Caffarena, pero a medida que pasaban los fines de semana yo (no mis compañeras) comencé a perder los estribos. En la puerta de entrada coloqué una hoja blanca A24 que decía, escrito con marcador rojo, “Aquí NO es la Usina del Arte, es en la esquina”, o algo similar, que los buscadores del “arte” ignoraban olímpicamente: no sólo seguían entrando y haciendo preguntas que no sabíamos responder sino que utilizaban nuestros baños y nuestros sillones en espera de que la jodida Usina abriera sus puertas. Hasta usted podría comprenderlo, Su Señoría.

Usina del Arte

   Harto, admito que estallé el sábado 25.8.2013 (la suerte de conservar las viejas agendas…): a paso firme me acerqué a Usina la Grande, encaré a dos mujeres que atendían al público en la puerta principal, me presenté, les expliqué la situación y les supliqué que colocaran algún cartel más preciso o tomaran alguna medida para orientar a los salvajes. Me miraron como a un zombie y me dijeron que transmitirían la inquietud al Señor Ministro. Al rato, una de ellas, la de aspecto vagamente oriental según recuerdo, entró a nuestro pisoteado Museo seguida por el Señor Ministro, ante quien me señaló con su dedo índice. Nunca antes había visto a una persona en un estado de furia como el que lo dominaba: hecho un energúmeno, sus manos temblaban, gritaba como poseso arrojando saliva, balanceaba sobre sus pies igual que Homero Simpson cuando se encapricha con algo, incautó mi A24 rojo y me sermoneó diciéndome que yo era un empleado municipal (no utilizó esta palabra, claro) y que como tal debía atender a quien fuera, de acuerdo al inciso 5 del artículo 17 del Manual de Comportamiento para los Esclavos Municipales del Virreynato del Río de la Plata. No escuchó mis explicaciones acerca de que yo estaba de alguna manera defendiendo nuestro Museo, por lo que en algún momento le pregunté si iba a seguir hablando él solo, lo que lo enfureció aún más; entonces me vino a la memoria el Kirk Douglas de Spartacus, me sublevé, lo dejé efectivamente hablando solo, le di la espalda y me dediqué ostensiblemente a contemplar el afiche de Flor de durazno, que no es el original sino uno impreso después de Medellín, donde el personaje secundario que interpretaba el gordito Gardel pasó a tener letras enormes gracias a miss Muerte. Tampoco escuchó las razones de mis compañeras, una de las cuales sufrió una descompensación por el alboroto, con ambulancia del SAME incluida. En el futuro, cada vez que veía al Señor Ministro siendo entrevistado por la TV, reconocía esa furia contenida cuando alguien le llevaba la contraria: a su ocasional entrevistador no podía insultarlo ni despedirlo, por supuesto. Se lo tenía que bancar.

   Paula, que jamás aparecía por la Boca, se apareció al día siguiente, ¡un domingo!, y lo último que me dijo mientras abría la puerta para irse fue: “Lo que pasa es que vos sos un provocador”: le aseguro, Su Señoría, que nunca antes ni después recibí tamaño elogio. Siempre lo fui, en realidad: un cuestionador y un provocador, y tal vez por eso llegué a traspasar los 80 sin algún molesto cáncer. Esa misma semana recibí un telegrama comunicándome la cancelación inmediata de mi contrato, y el sábado 1.9.2012 le dije bye bye a mis compañeras... y a El Obrero Ese fue mi último trabajo remunerado, pero acababa de jubilarme con todas las de la ley, sin que ningún gobierno populista me concediera limosnas. Debo agregar, para de alguna manera redondear su personaje, que Paula no era muy querida por la mayor parte del personal, excepto tres o cuatro mujeres chupamedias de esas que nunca faltan en todo grupo de trabajo: tenía rasgos autoritarios que a menudo provocaban discusiones. Conmigo no lo fue, en honor a la verdad, pero también, en honor a la caballerosidad, debo recordar lindos momentos: estoy seguro de que ella pagaba de su sueldo las empanadas, las bebidas y los sanguchitos con que se festejaba algún “evento” interno.

Publicación 2019

   En tiempos recientes, Paula Félix-Didier fue desplazada de su cargo por un gobierno del mismo signo partidario gracias al cual había accedido. Mi relación con ella luego del affaire con el Señor Ministro es tan inexistente como antes: nos hemos cruzado en algún festival, en alguna reunión, en alguna exhibición. No simpatizamos, eso siempre estuvo claro, y si esperé tantos años para contar esta historia es sólo porque fue la mujer de Fernando y sigue siendo su amiga. Cuando trascendió su desplazamiento hubo pedidos de firmas solidarias: firmé, porque entiendo que el gobierno municipal fue injusto con ella, quien luego publicó en las redes un larguísimo texto defendiendo su gestión y la existencia de la institución, tan minucioso que rebaja a Henri Langlois a la estatura de un cadete de la Cinémathèque, además de agradecer, un tanto incomprensiblemente, al mismo funcionario que la echó.

   En el párrafo final expresa lo siguiente: “He aprendido a lo largo de estos años que decir lo que es cierto, aunque no sea conveniente, aunque incomode, aunque no haya ningún beneficio personal en hacerlo, es la única forma de trabajo que me resulta posible”. También adhiero, Su Señoría.

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FILMS MENCIONADOS:
Arroz con leche (Carlos Schlieper, 1950)
Fin de fiesta (Leopoldo Torre Nilsson, 1959)
Flor de durazno (Francisco Defilippis Novoa, 1917)
Spartacus (Espartaco, Stanley Kubick, EEUU, 1959)
La tía de Carlos
(Leopoldo Torres Ríos, 1946)

FILMS / GREATEST HITS 1. A modo de introducción Decidido a establecer cuáles fueron los más grandes éxitos comerciales del cine nacional...