ANIVERSARIOS
/ EN PRIMERA PERSONA
Los 55 años del Museo del
Cine,
ovvero Las tribulaciones de un
empleado municipal, el estallido
del Señor Ministro y unas cuantas cosas más…
–Nombre
del testigo y profesión.
–Daniel
Mario López, jubil… Periodista.
–Lo
siento. ¿Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?
–Uff…,
sí, Su Señoría, he visto mucho cine.
–Déjese de bufar, tome asiento y escriba.
Ducrós Hicken
Creado a partir de una donación de la viuda del
historiador y cineasta, el Museo del Cine Pablo C. Ducrós Hicken (tal su
denominación oficial: la C es por Christian) nació con una fecha precisa, el
1.10.1971, como institución dependiente de la Municipalidad de la Ciudad de
Buenos Aires. Su primer director fue Jorge Miguel Couselo y su sede inicial estaba
en el tercer piso del Centro Cultural General San Martín (Sarmiento 1551), y no
en el teatro General San Martín, como confunde el aportante de Wikipedia. A
Couselo lo sucedieron varios otros funcionarios, como es natural: lo que no es
en absoluto natural es el asuntillo ese de sus sedes, tantas que casi les he
perdido la cuenta, renuncio que habla con elocuencia de la nula importancia que
las autoridades han otorgado desde siempre a la entidad, pues cada mudanza
equivale a un poco más de destrucción y/o deterioro de sus pertenencias, así
como a un permanente estado de zozobra respecto del día de mañana. Otro detalle
en tal sentido: muchos años más tarde, luego de la inauguración de la Usina del
Arte a la que me refiero más adelante, los micros turísticos, ésos de planta
baja y terraza, se detenían a su frente, y al emprender la retirada pasaban de
largo ante la sede de exposiciones de nuestro Museo, justo al lado, en el mismo
edificio.

Couselo
En realidad,
el Museo debería haber sido bautizado Museo del Cine Argentino, pues a él dedica
sus mayores esfuerzos. Comenzó sus actividades públicas tan sólo en abril 1972,
exhibiendo films agrupados en ciclos orgánicos. Couselo me convocó para que le
aportara las fichas técnicas y las filmografías respectivas, publicadas con un
breve texto introductorio en los programas que acompañaban cada ciclo, impresos
en papel de buena calidad: en años venideros serían mimeografiados hasta que un
día sencillamente desaparecieron.
Mis
relaciones con la institución han variado según las épocas: cercanas en las
gestiones de Couselo y Roland, muy cercanas en la de Guillermo Fernández
Jurado, nulas en las de José María Poirier y Coco Blaustein. En la presidida
por Poirier nació la revista La Mirada
Cautiva, por cierto un sugestivo título para una publicación referida al
cine, que pudo editar apenas ocho números en nueve años. Jamás dejé de visitar su
sede del momento, fuere para ver algún film, para investigar en su biblioteca,
para tomar un cafecito con Guillermo, en cualquier gestión siempre muy bien
recibido y atendido por su personal, en especial por María del Carmen Vieytes
cuando era apenas la bibliotecaria en el edificio de Balvanera.Publicación 1998
En diciembre 2007 Mauricio Macri asumió la jefatura de
la antigua Municipalidad, ya convertida la Capital Federal en Ciudad Autónoma
de Buenos Aires. Ese año fue fatal para mi economía doméstica: sin trabajo,
subsistía con los dineros cobrados tras haber ganado una demanda y vendiendo algunos
de mis libros, discos y videos en el parque Rivadavia. Uno de esos días,
cenando con Edgardo Cozarinsky, me cuenta que una amiga común había sido
designada en la Secretaría de Cultura porteña: “Si te parece bien, le hablo de vos”. Por pura casualidad, unas
semanas antes esperábamos mesa en la barra de otro de esos restaurantes
exóticos y carísimos a los que Edgardo era tan afecto cuando entraron José
Miguel Onaindia y nuestra común amiga, a quien no veía desde que solíamos
encontrarnos cada 25 de Mayo en los almuerzos de Clásica y Moderna. Por
supuesto que me pareció bien. Conocía a Josefina Delgado desde que con ella y
su entonces esposo Alberto Perrone compartíamos la redacción de La Opinión, a finales de los 70. No
puedo decir que fuéramos amigos cercanos, pero había afecto entre nosotros.
Como a todas las Josefinas (Serrador, Muñoz, Serratosa, Meliá), todos le
decíamos “Pepita”, detalle casero y nimio que, no obstante, tendrá su
importancia en la relación que sigue.

Delgado
Me citó en su
descomunal, intimidante despacho en el edificio de la Avenida de Mayo: fue el
27.12.2007, a las 11, y me recibió diciéndome lo siguiente: “Daniel, vos sos mi candidato para dirigir el
Museo del Cine”, lo que fue una novedad que nadie antes me había mencionado
ni sugerido y con la que yo no había especulado. De inmediato, tal como hacía
Beatriz Guido cuando quería contar un chimento, bajó la voz y me susurró: “Tenés una competidora brava, una mujer que
cuando llama por teléfono se presenta ante mi secretaria como «la futura
directora del Museo del Cine». ¿La conocés?”. Por supuesto que sabía quién
era: había sido la mujer de mi amigo Fernando Martín Peña y escribíamos todos
en la revista Film, de muy grata
memoria, pero sólo la había visto una vez, de lejos, en su casa, por lo que, en
rigor de verdad y parafraseando el título de uno que me gusta mucho, non la conoscevo bene.
Félix-Didier
Por cierto,
Paula Félix-Didier ostentaba laureles internacionales para acceder a ese puesto,
así como también el madrinazgo de Gabriela Michetti, vice de Macri, esto es, un
escalón por encima de Pepita. El puesto fue para ella, todos lo sabíamos:
generosa, Pepita me gestionó un contrato, firmado ante una tal señorita Francia
–siempre con cara de culo (disculpe Su Señoría), la pobre– el 27.2.2008 en el
local de la Avenida de los Italianos, en calidad de “investigador
cinematográfico”. El monto era miserable, pero yo no estaba como para
rechazarlo, y además me gustaba la idea de trabajar allí, en lo mío, el cine
argentino. Mis inicios fueron duros, sin embargo. A medida que pasaban las semanas,
escuchando los comentarios sobre las enormes dificultades burocráticas para
conseguir dinero para solventar tan sólo la “caja chica” (tinta para
impresoras, papel para fotocopias, papel higiénico), y conociéndome, confieso
que fue un alivio el no haber sido designado director: a los dos meses ya me
hubiera peleado con las autoridades.

Publicación 2006
Ocurre que
parte del personal suponía –me enteré más tarde– que yo era una especie de
espía de mi mentora, loca teoría alimentada por el hecho de que cuando aparecía
su nombre me refería a ella como “Pepita”, lo más natural del mundo, al menos
para mí. Fui adjudicado a la Biblioteca, que estaba a cargo de Andrés
Insaurralde, un colega investigador a quien conocía desde hacía muchos años: la
tarea inicial que se me indicó fue la de rotular con letras y números las
fotografías archivadas y, en lo posible, reconocer actores y técnicos. “Utilizá tu criterio”, me indicó el bueno
de Andrés, quien a la hora del almuerzo se escabullía entre las estanterías
para comer una banana, temeroso de que le enviaran un memorandum por hacerlo fuera del Area de Recreación. Utilizando mi
criterio ocurrió un leve incidente: en el sobre de Leopoldo Torres Ríos había
un montón (no las conté, tal vez 40 o 50) afichetas de La tía de Carlos, que ocupaban demasiado espacio y rompían los
delicados bordes del ya veterano envoltorio de color marrón; dejé una cuantas y
el resto las tiré al cesto de basura más cercano a mi escritorio (lo que prueba
mi ausencia de malicia, Su Señoría), basura que fue detectada por un oscuro pelafustán
que, en lugar de decirme “¡eso no se
hace, malo malo malo! al parecer siguió un curso de Alcahuetería Avanzada III
y me denunció ante Mary Vieytes, quien entendió mi posición pero me intimó a no seguir utilizando mi criterio.
Faltaba más.

Publicación sin fecha, gestión Blaustein
Cierto día,
Paula me “invitó” a lo que mencionó como un “desayuno de trabajo” en Las Violetas, hermosa confitería que a ella
parece que le quedaba cerca. Fue el martes 24.11.2009 y me puse contento, pensé
que por fin me asignaría una tarea más acorde con mis conocimientos y
capacidades. Se barajaron grandes planes pero todo siguió igual, excepto que la
invitación la garpé io. También supe
por terceros que me respetaba “porque
Fernando lo respeta” y, en los saraos de presentación del calendario anual
en los jardines de Cinecolor, micrófono en mano expresaba su orgullo de contar
entre su personal a tres destacados investigadores, quienes vendríamos a ser
Andrés, César “le Voleur” Maranghello
y yo. Pero los tres continuamos en nuestras respectivas, aburridas burocracias,
y si ella tan sólo hubiera comprendido que dirigir un Museo del Cine conlleva
algo más que la (importante, decisiva, bienvenida) conservación y restauración
de films, nos hubiera encomendado investigar de manera orgánica el período
mudo, por entonces sólo librado a fichas sueltas dispersas aquí y allá,
principalmente por Couselo. Una encomienda “importante” aunque no por ello
menos mecánica fue la de copiar los guiones de Arroz con leche y Fin de
fiesta, que me tuvo ocupado varios días de marzo y abril 2010, la mayor
parte de ellos en mi casa y en mi PC, aunque no recuerdo qué destino tuvieron.
Por mi cuenta actualicé el viejo listado de VHS y DVD, plagado de errores de
todo tipo; imprimí el texto de algunas de mis investigaciones particulares y lo
sumaba a los archivos del Museo; y organicé –con Fernando aportando el
auditorio del MALBA– una “Matinée Julio Irigoyen” con la exhibición de cuatro
de sus melodramitas, iniciativa personal que, no obstante, promocioné como una
actividad del Museo, aunque nadie del
Museo se molestó/interesó en dar el presente.

Publicación sin fecha, circa 2009
Al fin, Paula
tomó una decisión acerca de qué carajos hacer conmigo. Resulta que la
Municipalidad (perdón, Su Señoría, quise decir la CABA) otorgó al Museo un
salón para exposiciones, ubicado en una dependencia adicional de una vieja usina
eléctrica en la Boca que servía para sus empleados administrativos, o eso nos
contaron. La propuesta consistía en que trabajara allí y atendiera al público
los fines de semana y los feriados, “por
si alguien pregunta algo específico que vos sí podrás responder”, me
salameó, aunque en verdad sólo me estaba sacando de encima: mi primer día allí
fue el sábado 6.8.2011. Lo más grato de ese breve interludio: dejar de ir a la
sede de Barracas, ese horror cotidiano; los almuerzos en el viejo bodegón El
Obrero; las compañeras que me tocaron en suerte; las visitas ocasionales
(algunas sorpresivas, otras previstas) de Ernesto Pérez, Aldo Romero, July
Massaccesi, Goyo Anchou, Juan Carlos y Cristina Fisner, Ana Nisenson, el Bebe
Kamin, Beatriz Di Benedetto, todos amigos o amigotes míos del cine, al igual
que Renée Garay, la viuda de Mario David, quien fue un sábado a Caffarena para
una proyección en homenaje a Gaby, su hija cineasta fallecida poco antes.

Caffarena
Mi final allí fue catastrófico, aunque ahora lo memore
divertido. No mucho después de establecida la sede de la Boca, el resto de la
vieja usina, esto es, el enorme y bello edificio principal, fue travestido por
las hordas macristas en la Usina del Arte, denominación bastante pretenciosa
que pone en evidencia con cuanta ligereza algunas personas utilizan la palabra
“arte”. En fin, a partir de su inauguración oficial avalanchas de paseantes
finisemaneros irrumpían en nuestro modesto, tranquilo Museo del Cine
preguntándonos dónde comprar las entradas para tal recital o a qué hora era la
conferencia de Fulano. Al principio con delicadeza, mis compañeras y yo
orientábamos a esa masa ávida de “arte” a dirigirse hasta la esquina de Pedro
de Mendoza y Caffarena, pero a medida que pasaban los fines de semana yo (no
mis compañeras) comencé a perder los estribos. En la puerta de entrada coloqué
una hoja blanca A24 que decía, escrito con marcador rojo, “Aquí NO es la Usina
del Arte, es en la esquina”, o algo similar, que los buscadores del “arte”
ignoraban olímpicamente: no sólo seguían entrando y haciendo preguntas que no
sabíamos responder sino que utilizaban nuestros baños y nuestros sillones en
espera de que la jodida Usina abriera sus puertas. Hasta usted podría
comprenderlo, Su Señoría.

Usina del Arte
Harto, admito
que estallé el sábado 25.8.2013 (la suerte de conservar las viejas agendas…): a
paso firme me acerqué a Usina la Grande, encaré a dos mujeres que atendían al
público en la puerta principal, me presenté, les expliqué la situación y les
supliqué que colocaran algún cartel más preciso o tomaran alguna medida para
orientar a los salvajes. Me miraron como a un zombie y me dijeron que
transmitirían la inquietud al Señor Ministro. Al rato, una de ellas, la de
aspecto vagamente oriental según recuerdo, entró a nuestro pisoteado Museo seguida
por el Señor Ministro, ante quien me señaló con su dedo índice. Nunca antes
había visto a una persona en un estado de furia como el que lo dominaba: hecho
un energúmeno, sus manos temblaban, gritaba como poseso arrojando saliva,
balanceaba sobre sus pies igual que Homero Simpson cuando se encapricha con
algo, incautó mi A24 rojo y me sermoneó diciéndome que yo era un empleado municipal
(no utilizó esta palabra, claro) y que como tal debía atender a quien fuera, de
acuerdo al inciso 5 del artículo 17 del Manual de Comportamiento para los
Esclavos Municipales del Virreynato del Río de la Plata. No escuchó mis explicaciones
acerca de que yo estaba de alguna manera defendiendo nuestro Museo, por lo que en
algún momento le pregunté si iba a seguir hablando él solo, lo que lo enfureció
aún más; entonces me vino a la memoria el Kirk Douglas de Spartacus, me sublevé, lo dejé efectivamente hablando solo, le di
la espalda y me dediqué ostensiblemente a contemplar el afiche de Flor de durazno, que no es el original
sino uno impreso después de Medellín, donde el personaje secundario que
interpretaba el gordito Gardel pasó a tener letras enormes gracias a miss Muerte. Tampoco escuchó las razones
de mis compañeras, una de las cuales sufrió una descompensación por el
alboroto, con ambulancia del SAME incluida. En el futuro, cada vez que veía al Señor
Ministro siendo entrevistado por la TV, reconocía esa furia contenida cuando
alguien le llevaba la contraria: a su ocasional entrevistador no podía
insultarlo ni despedirlo, por supuesto. Se lo tenía que bancar.
Paula, que
jamás aparecía por la Boca, se apareció al día siguiente, ¡un domingo!, y lo
último que me dijo mientras abría la puerta para irse fue: “Lo que pasa es que vos sos un provocador”:
le aseguro, Su Señoría, que nunca antes ni después recibí tamaño elogio.
Siempre lo fui, en realidad: un cuestionador y un provocador, y tal vez por eso
llegué a traspasar los 80 sin algún molesto cáncer. Esa misma semana recibí un
telegrama comunicándome la cancelación inmediata de mi contrato, y el sábado
1.9.2012 le dije bye bye a mis
compañeras... y a El Obrero Ese fue mi último trabajo remunerado, pero acababa
de jubilarme con todas las de la ley, sin que ningún gobierno populista me concediera
limosnas. Debo agregar, para de alguna manera redondear su personaje, que Paula
no era muy querida por la mayor parte del personal, excepto tres o cuatro mujeres
chupamedias de esas que nunca faltan en todo grupo de trabajo: tenía rasgos
autoritarios que a menudo provocaban discusiones. Conmigo no lo fue, en honor a
la verdad, pero también, en honor a la caballerosidad, debo recordar lindos
momentos: estoy seguro de que ella pagaba de su sueldo las empanadas, las
bebidas y los sanguchitos con que se festejaba algún “evento” interno.

Publicación 2019
En tiempos recientes, Paula Félix-Didier fue desplazada de su cargo por
un gobierno del mismo signo partidario gracias al cual había accedido. Mi
relación con ella luego del affaire con
el Señor Ministro es tan inexistente como antes: nos hemos cruzado en algún
festival, en alguna reunión, en alguna exhibición. No simpatizamos, eso siempre
estuvo claro, y si esperé tantos años para contar esta historia es sólo porque
fue la mujer de Fernando y sigue siendo su amiga. Cuando trascendió su
desplazamiento hubo pedidos de firmas solidarias: firmé, porque entiendo que el
gobierno municipal fue injusto con ella, quien luego publicó en las redes un
larguísimo texto defendiendo su gestión y la existencia de la institución, tan
minucioso que rebaja a Henri Langlois a la estatura de un cadete de la Cinémathèque,
además de agradecer, un tanto incomprensiblemente, al mismo funcionario que la
echó.
En el párrafo final expresa lo siguiente: “He aprendido a lo
largo de estos años que decir lo que es cierto, aunque no sea conveniente,
aunque incomode, aunque no haya ningún beneficio personal en hacerlo, es la
única forma de trabajo que me resulta posible”. También adhiero, Su Señoría.
___________
FILMS MENCIONADOS:
Arroz con leche (Carlos Schlieper,
1950)
Fin de fiesta (Leopoldo Torre
Nilsson, 1959)
Flor de durazno (Francisco Defilippis
Novoa, 1917)
Spartacus (Espartaco, Stanley Kubick, EEUU, 1959)
La tía de Carlos (Leopoldo Torres
Ríos, 1946)