CHUCHERIAS / EN PRIMERA PERSONA
Otras historias breves
Actor,
periodista, dramaturgo, escritor, en fin, artista multitalentos, Kado Kostzer
publicó en 2011 Personajes (por orden de
aparición), libro en el que evoca en un rico anecdotario su encuentro, profesional
o amistoso, con gente del espectáculo de todo el mundo. Podría tal vez haber
tenido por título “famosos a los que conocí”, lo cual supondría el reverso de
la leyenda alrededor de nuestro colega Carlos Morelli, también él famoso pero
por su avidez por fotografiarse con las estrellas a las que entrevistaba o con
las que se topaba casualmente, tanto que sus compañeros de la redacción de Clarín solían bromear diciendo que
estaba escribiendo un libro titulado “Famosos que me conocieron”. Tal cual: espero
que Carlitos no se ofenda por este recuerdo, a esta altura de nuestras vidas un
tanto inocente. No voy a ser menos que Kado ni que Carlos, pero a mi manera:
ocurre que también tuve encuentros profesionales con estrellas del show business, en mi caso del de
cabotaje; que de alguno de éstos fuera amigo o amigote es apenas un accidente
que no modifica la anécdota.
Favio
La
primera exhibición pública de Crónica de
un niño solo, su notable opera prima,
tuvo lugar, antes de su estreno en cines, en una doble función nocturna del
Cine Club Núcleo, del que era miembro. Saliendo de la segunda función y
venciendo mi (todavía vigente) aprensión hacia las “estrellas”, lo abordé en la
escalinata del Cine Arte y le pregunté si sabía cuáles eran los temas
musicales: “¿Cómo no lo voy a saber, si
yo los elegí?”, me contestó sin alterarse, y me dio la información, que
anoté prolijamente como el buen investigador en ciernes que me sentía. Hoy me
avergüenza esa anécdota, y hoy Leonardo Favio hubiera agregado a su pregunta el
“boludo” de rigor. Nunca más tuve relación directa con él hasta que hacia
mediados de 1974 me hizo llamar por su joven y bonitillo secretario personal
(Rubén Martínez), quien me citó en su departamento-oficina de la calle Paraná para
ofrecerme la jefatura de Prensa de Nazareno
Cruz y el lobo, de inminente filmación. Acepté y nos dimos un apretón de
manos: error, debí haber firmado un contrato, como lo hacía con Ayala y Olivera
y con otras empresas, que fueron muchas en esos años juveniles en que aceptaba
todo lo que me ofrecían.
Llevé a algunos periodistas a cubrir el primer día de rodaje, el 16.9.1974 en un pueblecito soñado en las sierras cordobesas, La Paisanita, en Alta Gracia. Favio hacía sonar Vivaldi por unos altoparlantes a manera de despertador y para comenzar el día plácidamente, aunque las tomas obtenidas en esos tres o cuatro días (la secuencia de las lavanderas) fueron descartadas y refilmadas en Mar del Plata durante el verano 1975, ya terminado el rodaje principal. Para entonces, yo ya estaba fuera de la producción, por la sencilla razón de que dejaron de pagarme las cuotas convenidas a pesar de que el dinero sobraba: Julio Broner, por entonces titular de la Confederación General Económica, era uno de los inversores ocultos, y su hija Marcela fue una de las lavanderas originales; pero además, la empresa Choila SRL, de la que Favio era titular, contaba con financiación secreta (para la gilada, no para el equipo) proveniente del Ministerio de Bienestar Social y, más específicamente, de la Cruzada de Solidaridad Justicialista, especie de pozo ciego que administraban la Presidente María Estela Martínez y sus secuaces José López Rega, la hija de este, Norma Beatriz López, y el marido de ésta, Raúl Lastiri, dinero que también financiaba a la organización criminal paraestatal Alianza Anticomunista Argentina y del que se sirvió la Presidente para liquidar deudas personales. Favio sería peronista, pero no boludo.
Haceme
shock
Héctor Olivera filmó Los neuróticos entre enero y marzo 1969 con el título “Los psexoanalizados”, ya que era una segunda parte de las peripecias del terapista Norman Briski iniciadas en la muy exitosa opera prima del director, Psexoanálisis (1967-1968). Inicialmente prohibido por la censura, el film fue autorizado tan sólo en diciembre 1970: para entonces, yo era el jefe de Prensa de la productora Aries y me ocupé del preestreno en Mar del Plata, desde el 1.2.1971 en las trasnoches del cine Ambassador, tal como Olivera y Ayala habían hecho en el verano 1966 con Hotel Alojamiento en la misma sala con resultados históricos. Viajamos Héctor y yo, él en el Hermitage, yo en el Astor con mis gacetillas, mis fotos y mis contactos con colegas de la ciudad.
El único miembro del estelar elenco disponible para aportar la cuota de glamour era Susana Giménez, en 1969 apenas una modelo publicitaria más, vistosa y bella como tantas otras pero sin la “clase” de Chunchuna o Claudia Sánchez: una parvenue, diría Felisa Mary. Interin, hizo un spot para el jabón Cadum, ¡Shock!, dirigido por Carlos Orgambide y lanzado por TV en el verano 1970, por lo que cuando Los neuróticos fue liberado había devenido una módica celebridad. Tuve que recibirla en Camet algo así como a las 7 u 8 de la mañana, por lo que ambos estábamos con cara de culo. Pero lo divertido –según quién lo mire, claro está– ocurrió al inicio de la proyección: Olivera no modificó los títulos de crédito, en los que Susana figura en el puesto nº 9, en un cartón compartido con Horacio Bustos (10º) y Linda Peretz (11º); sentado a su lado la escuche murmurar algo así como “qué horror... al mismo nivel que Linda Peretz”.
Bioy
Casares en Mar del Plata
En
algún momento de 1975 tuve que entrevistar para La Opinión, el matutino de Jacobo Timerman al que había ingresado
en enero, al “compañero” Osvaldo Papaleo, director artístico del Canal 13.
Antes de despedirnos me preguntó si me interesaría cubrir “en exclusiva” la grabación en exteriores de Mar del Plata de una
versión del cuento de Bioy Casares Cavar
un foso, adaptada por Carlos Lozano Dana [que está disponible en YouTube].
Mi jefe, Kive Staif, me autorizó y de ese modo días después viajé en el coche
de Juan José Camero –con quien éramos amigotes por entonces– en la grata
compañía de Bárbara Mujica y de Eva Dongé. Nos alojamos en el hotel designado
por la producción, ellas en una habitación y nosotros en otra: era la segunda
vez que con Juanjo debimos compartir habitación después de la posada de La
Paisanita cuando Nazareno Cruz y el lobo,
aunque en rigor de verdad Juan nunca durmió en esas ocasiones en el hotel sino
en algún otro lugar nunca revelado.
Ya desde el largo viaje por la Ruta 2 se hizo evidente que Juan y Bárbara “simpatizaban”: él era soltero y ella estaba ya separada de Stivel. La dulzura fue creciendo y al día siguiente lo hablamos con Eva y decidimos dejarles las habitaciones libres, por si las moscas. Esa tarde no se grababa, hacía un frío terrible y emponchados con todo lo que teníamos nos pasamos desde el mediodía hasta el anochecer deambulando por la ciudad, de boliche en boliche, conscientes de estar haciendo de celestinos en una especie de vodevil. Con Eva nos conocíamos desde 1972, cuando me ocupé de la Prensa de una pieza teatral que encabezaba con Duilio Marzio, Alpha-Beta de Ted Whitehead, que el querido Constantino Juri montó en una salita sindical de la calle San José con el título La danza del lenguaje muerto. A pesar de su prestigio, de su enorme talento, de sus estudios con Lee Strasberg y de su aire misterioso a lo Garbo, era una mujer directa y durante la cena, solos y ya entrados en calor, me pregunto: “¿Y… cogieron o no cogieron?”. Tal parece que todo quedó en miraditas soñadoras y conversaciones en voz baja mientras nosotros literalmente nos cagábamos de frío…




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