TEMAS
Boedo 51
Para los más veteranos de entre
los observadores de los meandros del cine nacional, la dirección del título devino
mítica. Es que allí, en el barrio de Almagro, a media cuadra de la avenida
Rivadavia, entre Maza y Colombres, fueron impresionados los primeros films
argentinos, mudos por supuesto, y también algunos de los iniciales sonoros. Un
buen día, no más allá de finales de los años 30, desaparecieron, barridos por
la evidencia de los flamantes estudios industriales, copiados por sus dueños y
arquitectos de los estadounidenses, los franceses y los alemanes: los primeros,
a gran escala, fueron construidos en 1932 y en Munro por los socios de la SA
Radio Cinematográfica Argentina Lumiton. Siguieron varios otros, pero esa es otra
historia y, además, ninguno ha quedado en pie, y si alguno ha quedado en pie ya
no se dedica a producir cine, que ahora se hace en “locaciones”, ese otro
anglicismo.
El galpón de la calle Boedo fue equipado con los “tachos” que se podían conseguir en aquellos tiempos heroicos, y quienes los aportaron fueron el actor y empresario Héctor Quiroga y Georges Benoît más sus asociados Miguel De Rizzo y Marcel Morhange. Los dos primeros eran los dueños de la Platense Film SA, que produjo su opera prima entre noviembre 1917 y marzo 1918 en esos “talleres cinematográficos”, como pomposamente los mencionaban ellos mismos y la prensa: su título era ¿Hasta dónde..? y fue dirigida por otro francés (como Benoît y Moranghe), Paul Capellani, quien trajo consigo y adaptó la pieza teatral Trente ans, ou la vie d’un joueur, de Jacques-Félix Beaudin y Prosper-Parfait Goubaux, con Camila Quiroga y Capellani al frente de un elenco en el que aparecían dos niños que luego hicieron carrera, Nélida Quiroga como actriz y Julio Saraceni como director. Al año siguiente, Quiroga y Benoît reincidieron con Juan sin Ropa, hoy consagrado como un clásico, un argumento de José González Castillo, que “está filmando la nueva empresa Quiroga-Benoit Film. Asunto genuinamente argentino, viene a ser la simbolización diabólica del vencedor de Santos Vega, tema de la leyenda popular que introdujo en nuestra poesía lírica uno de nuestros mejores poetas [se refiere a Rafael Obligado], y que, bajo otro aspecto, se asimila a la lucha del trabajo y el progreso que invade la Pampa y derrota a los últimos vástagos del gaucho; quiere encarnar, en fin, el símbolo, el ideal nuevo, el capital moderno, substituyendo en nuestra civilización la antigua vida, venciendo los egoísmos de la naturaleza nativa”, explicaba La Razón el martes 20.8.1918. Camila Quiroga, esposa del productor, fue otra vez, por supuesto, la actriz principal, secundada por su marido en el personaje del título, pero la compañía productora ya no se denominaba Platense sino Quiroga-Benoît Film, tras la cual Benoît volvió a Francia no sin antes vender su parte al matrimonio Quiroga, que en adelante denominó a su empresa Quiroga Film, que no produjo nada.
No se descarta que en Boedo 51 hayan sido rodados otros proyectos de productores independientes hasta que en 1921 fueron adquiridos por la Colón Film de los hermanos Vicente y Luis Scaglione, quienes le dieron un uso intensivo con producciones propias y ajenas, período en el que destacan El remanso, la opera prima del popular actor Nelo Cosimi en tanto director (“Remanso ha sido filmado casi totalmente con luz artificial, esfuerzo notable en nuestro medio si se tiene en cuenta que aun en muchos países europeos se limita a filmar con luz natural”, informaba La Razón el martes 11.4.1922) y dos producciones rosarinas, El último centauro, con Carlos Perelli como “Juan Moreira”, rodada en localizaciones santafesinas, cordobesas y del conurbano bonaerense así como del territorio de Chaco, cuyos escasos interiores se hicieron en la Capital Federal porque en Rosario ni siguiera había galpones adecuados, e Historia de un gaucho viejo, rodada en Mendoza, que en Boedo 51 concretaron las tareas (improvisadas, chapuceras) de lo que más adelante sería considerado un “laboratorio”. La primera producción personal de los Scaglione fue La chica de la calle Florida, “cine-drama del ambiente porteño” del Negro Ferreyra, ya entonces un director consagrado. Allí se inició Ber Ciani, vendedor de puerta-en-puerta que cierto día de 1927 tocó el timbre para ofrecer sus productos, lo hicieron pasar y nunca más salió (del cine).
Su
siguiente dueño habría sido, de acuerdo a un aviso publicitario en La Película (nº 555, 12.5.1927), la
empresa O. H. Rodríguez y Cía., que “inauguró sus estudios y laboratorios
cinematográficos en la calle Boedo nº 51” y que “a precios convenientes
arrienda su galería perfectamente equipada”, recomendando a los lectores
interesados que “soliciten presupuesto”. Durante su locación fue producido
apenas un título, Ni siquiera un beso,
título del que nunca más se tuvo noticias. Sin embargo,
poco después esa misma revista informó que los socios de Boedo 51 eran los
señores Ramos, Reta y Biasotti, quienes habían decidido bautizarlos Ariel, que
era el nombre de la Compañía Cinematográfica Ariel que Biasotti había
establecido en 1918 en sociedad con Roberto Guidi y Mario Ponisio. Con o sin
Ramos y Reta, Biasotti continuó siendo el titular de la Ariel por varios años:
en sus talleres fueron rodados algunos de los iniciales sonoros, incluyendo ¡Tango!
Biasotti
pasó a formar parte de la SIDE en calidad de jefe de Laboratorios y en abril
1934 vendió ese set a Lemson SI de
Cinematografía, de Juan Favre, que en apariencia los mantuvo inactivos hasta
que dos años más tarde fue realizado allí el cortometraje El milagro de la radio, último rastro de Boedo 51. “Nosotros hicimos más producción porque empezamos a tener la casa propia,
el estudio propio, que era muy importante, porque no se podía seguir filmando
en SIDE o en los gallineros aquellos que había”, sinceró Atilio Mentasti en Reportaje al cine argentino (pág. 70), y
lo sabía de primera mano porque las producciones iniciales de Argentina Sono
Film fueron registradas en uno de ellos, en Bulnes 41. Otro pionero, Moglia
Barth precisó para el mismo libro (pág. 273) que “En aquel tiempo no había más
estudios que el de Valle, y yo no quería recurrir a Valle porque el estudio no
estaba en condiciones, era muy precario. Quedaba el estudio de la calle Boedo,
el de Biasotti, que estaba también en ruinas”.
En las tres
décadas iniciales del siglo XX, esto es, cuando el cine era mudo, hubo otros
galpones/sucuchos/gallineros/depósitos/barracas denominados “talleres
cinematográficos”: los de la Cinematografía Valle en Gavilán 1079, Caballito; los
de Italo Fattori en Tucumán 692, San Nicolás; los Talleres Industriales Cinematográficos Filmgraf-A.
Lipizzi & Cía. de Atilio Lipizzi en San
José 1456, Constitución; los
de Eduardo Martínez de la Pera y Ernesto Gunche en Bogotá 2701 y
luego en Andrés Arguibel 2887, Palermo, éstos luego adquiridos por la Orbis Films Corporation
de Moglia Barth y Julio A. Tello; los
de la Ortiz Film de Gumersindo
F. Ortiz en Virrey Cevallos 1479, Constitución; los de la FIFA de Pio Quadro y
Gabriel Lapeyrière en la avenida Caseros 3239, Parque Patricios; los de Armando Films de Federico Vidal en Franklin 1915 y
los de Ariel en Manuel Ricardo Trelles 2651-2671,
ambos en el barrio Villa General Mitre; y los Talleres y Laboratorios
Cinematográficos Argentinos (TYLCA) de Enrique Quintana, Aquiles Marchesi y
Rafael Parodi en Rivadavia 5094, Caballito.
Días pasados fui hasta “el lugar del crimen”: en ese predio se levanta
un edificio de departamentos con dos locales sobre la vereda, uno de los cuales
luce la chapa 51.
Emile Carcassone
No hay comentarios:
Publicar un comentario