Se reciben alabanzas y denuestos, enmiendas
y añadidos, comunicándolos al correo electrónico
Todo ello, por favor, en un clima de respeto:
insultos y maldiciones eternas serán severamente
castigadas con la mayor de las puniciones virtuales,
¡el bloqueo inmisericorde!
CINEASTAS
Julio Irigoyen:
Prontuario de un
marginal
Introducción (II)
Investigar el pasado de una personalidad tan esquiva como la de
Irigoyen, con un cuerpo de obra que mayormente ha desaparecido y cuyos rastros
impresos son tan vagos, era tarea difícil pero, al mismo tiempo, implicaba un
desafío. Pocas trayectorias de cineastas de todo el mundo (excepto, quizá, la
del español Jesús Franco) se prestan tanto a la desconfianza como la de
Irigoyen. Un film presentado bajo títulos diversos; alguno extranjero
disfrazado de argentino; un mismo argumento rodado por él varias veces bajo
denominaciones diversas y con mínimas modificaciones; secuencias musicales que
aparecen en más de una producción; un par de ellos que roban su título a piezas
teatrales o a canciones exitosas para aplicarlo a una historia ajena. Una serie
infinita de engaños y mentiras que sin duda le valieron un creciente descrédito
entre sus pares y lo excluyeron de toda asociación y hasta de los banquetes con
los que a menudo la gente del gremio solía agasajarse. Irigoyen tuvo cierto
prestigio sólo en sus inicios, hasta que sobre el final de los años 20 su
propensión a la trampa permanente lo tornó persona non grata. Lo que me
pareció más lógico en la investigación de su obra fue aplicar el sentido común,
no conformarme con lo ya investigado –incluso por mí mismo–, leer con minucia
los argumentos de sus films, confrontar sus elencos una y otra vez.
Dos de cada tres conocidos a los que comentaba mi trabajo –esos que le preguntan a uno: “¿en qué andás?”– ignoraban por completo de quién les hablaba. Y no me refiero al encargado de mi edificio, sino a gente vinculada al cine: un director, que en septiembre 2010 cumplió 80 años, jamás había oído mencionar a Irigoyen; un periodista-cholulo, cuya principal actividad era la de desempolvar, acicalar y pasear viejas glorias por festivales y entregas de premios, tampoco sabía de su existencia; hasta algunos compañeros de trabajo en el Museo del Cine (especializado en cine argentino) ignoraban quién era. Convengamos: no fue un Torres Ríos, un Soffici, un Saslavsky, un Torre Nilsson, ni siquiera un Romero, un Demare o un Amadori. Pero Irigoyen, aun con los subproductos que elaboraba en pocos días, pertenece a una rica tradición, hoy casi extinguida: la del cine argentino que tenía la virtud de conectar con el público, entregándole films que despertaban sus sentimientos, exaltaban su patriotismo, le ofrecían dosis de refinamiento visual, lo interesaban en historias profundas que hurgaban en el pasado para explicar el presente, o simplemente lo entretenían con una decena de tangos, una rubia llamada Mireya y cinco grandes del buen humor o lo mecían en los brazos siempre confiables del melodrama.
De Irigoyen se decía –yo mismo
lo he escrito– que era un pésimo director y, por consiguiente, que sus productos
eran malísimos. Es cierto. Pero, aun así, forma parte de la historia del cine
argentino, lo mismo que, algún día, los actuales directores cuyo público, con
algo de suerte y de intervención estatal, se reduce a los invitados de algún
festival –que no pagan entrada– o unas pocas decenas que sí la pagan en salas
oficiales para asistir a un documental tendencioso y narcisista (o ambas cosas)
en una copia en video.
En una época en la que el cine nacional suele ser valorizado casi de manera primordial por su condición de “independiente”, un trabajo sobre Julio Irigoyen se ofrece casi como un material a la moda. Porque si hubo un cineasta independiente (y hubo muchos: no nacieron en el siglo XXI), ése fue Irigoyen. El trabajaba ajeno a los insultos, al ninguneo de sus pares, a las críticas negativas, a distribuidores y espectadores esquivos, incluso a los adelantos que el cine experimentaba en relación a la técnica. Tampoco contestaba jamás una “gastada”, de las que era frecuente víctima. No quiero imaginar, entonces, el gesto de estupefacción de algunos neoperiodistas, tan fiprescianos ellos, quienes, mientras citan de memoria la filmografía completa de Apichatpong Weerasethakul, ante un libro sobre Julio Irigoyen con seguridad preguntarán: “¿Quién? ¿Irigoyen? ¿Con i latina o con i griega? ¿Era pariente de Bernardo?”. El mismo puñado de críticos que postula el reinado del cine independiente pero viaja con gastos pagos por el Estado, desde hace años y más de una vez cada año, creando una dependencia que se da de narices con la más elemental regla de la ética y anula toda posibilidad de independencia crítica. Como puede apreciarse, Julio Irigoyen no es un nombre del pasado.
Además, si se han publicado
libros sobre Edgar G. Ulmer y Jesús Franco, ¿por qué no uno sobre Irigoyen, con
i latina?
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