Nota preliminar:
Al igual
que con Enrique Carreras, Julio Irigoyen fue protagonista de un proyecto de
publicación, proyecto investigado desde fines de los años 90 y escrito y
terminado entre 2008 y 2010. Al igual que con EC, a nadie le interesó publicar
algo sobre JI, con el agravante de que en este caso solían preguntarme “¿quién
es?”. Al igual que con EC, ahora que tengo este blog nadie puede impedirme su publicación, por entregas semanales,
en principio cada jueves salvo que llueva: no serán tan extensas como con EC,
pero JI también trabajó infatigablemente. ¡Acción!
CINEASTAS
Julio Irigoyen:
Prontuario de un
marginal
Introducción (I)
En uno de sus memorables artículos periodísticos, Tomás Eloy Martínez
contó que Gabriel García Márquez canceló el proyecto de editar un diario porque
la idea y los personajes de una futura novela no le permitían pensar en otra
cosa: lo que devendría El amor en los tiempos del cólera “estaba
mordiéndole las entrañas”. En los años en que yo ejercía como periodista
profesional, con frecuencia, sabiendo que al día siguiente tenía que encarar un
determinado artículo, no podía conciliar el sueño ya que lo “escribía” en mi mente
con una brillantez que nunca lograba reproducir una vez sentado frente a la
máquina. Intenté tener a mano papel y lápiz, pero en cuanto interrumpía la
vigilia que producía esos agudos párrafos la inspiración desaparecía.
El miércoles 13.2.1991 vi, en el microcine del Instituto Nacional de Cinematografía, la única copia existente de Su íntimo secreto, film dirigido por Julio Irigoyen. Mis viejas agendas confirman que al día siguiente visité las bibliotecas de la Cinemateca Argentina y del Museo del Cine en busca de rastros de ese hombre que, para mí y hasta entonces, sólo era el director de títulos invisibles, inadvertidos. El 31.1.1992 un veterano colega, Tito Franco, tuvo la gentileza de fotocopiarme gacetillas de algunos de ellos así como de mostrarme (sólo mostrarme, por cierto) fotos que atesoraba en su monumental colección. Desde entonces, la idea de investigar a (y escribir sobre) ese realizador no dejaba de rondarme, y una imagen difusa se me aparecía a menudo. Esa imagen cobró vida repentinamente, como si fuera una foto, no en una vigilia, sino al despertar en la mañana del domingo 7.2.2010, poco después de las 7. Me precipité a la computadora para poner en palabras un recuerdo que mi memoria tenía archivado.
En la segunda mitad de los
años 60, digamos entre mis 19 y 23 años, era el empleado todo-terreno del Cine
Club Núcleo. Mi reino era una pequeña oficina en el octavo piso de Lavalle
2016, casi esquina Ayacucho. Allí escribía los textos para los programas sobre
un stencil para luego imprimirlos en un mimeógrafo. También cargaba
latas de película, atendía el teléfono, pasaba el trapo de piso y plumereaba
los estantes con libros y hacía tareas de lo más diversas, incluyendo la de
devorar su fabulosa biblioteca. Tito
Vena, Ernesto Pérez, el Negro
Sammaritano, Salgado, Chuqui
Ojam, el gordo Bossi y demás miembros de la comisión directiva de Núcleo se aparecían
por allí todo el tiempo. Pero ese octavo piso era, definitivamente, mi lugar en
el mundo, por lo menos durante esos años.
Justo enfrente, en Lavalle
2015, se erguía –más bien tambaleaba– un viejo local de fachada típica: dos
enormes persianas de metal y en el medio otra más estrecha que se abrían a las
vidrieras y a la puerta de entrada; piso de baldosas, ya torcidas y quebradas;
un largo mostrador de madera oscura; el techo altísimo; las tres paredes –y en
este punto mi recuerdo es vívido– cubiertas de afiches. Aunque la imagen no me
devuelve un nombre, ése –lo supe después– era el local de la Buenos Aires Film.
Sé que alguna vez entré, acaso curioso por esos posters cuya existencia desconocía, como tampoco tenía la más
mínima idea de quién era Julio Irigoyen. ¿Acaso lo habré conocido? ¿Quizás
estaba él allí aquella vez que entré? Es posible: murió en 1967 y cuentan que
hasta sus últimos días pasaba el día entero en su local, aunque ya nadie
alquilaba sus films, aunque todo, él mismo y su obra, eran un pasado que poco a
poco se transformaba en leyenda.
Desde aproximadamente 1967-1968 tomé la costumbre de revisar cada día y en detalle la cartelera de espectáculos de los diarios, con el claro propósito de rastrear largometrajes argentinos que podían ser exhibidos de facto, esto es, sin gacetillas ni avisos publicitarios. Cuando me propuse investigar la obra de Irigoyen me preguntaba por qué tantos títulos suyos no habían sido estrenados en Buenos Aires. Así, gracias a la fabulosa Hemeroteca de la Biblioteca Nacional, revisé diarios desde 1916 en adelante, esto es, el período que me faltaba cubrir. Esa búsqueda, a un promedio de tres días por semana, fue agotadora pero gozosa y, sobre todo, fructífera: no solo constaté que casi todo film de Irigoyen encontró, más tarde que temprano, la sala a su medida, sino que descubrí otros, ajenos, aparentemente jamás exhibidos, que sí se vieron en salas de barrio, entre ellos El cantor del circo (Nelo Cosimi, 1935-1940), La sombra del pasado (Ignacio Tankel, 1946) y Al sur del Paralelo 42º (Catrano Catrani, 1955). El resultado de esa búsqueda, en relación a Irigoyen, consta en este trabajo, aunque con algunas salvedades:
• La disponibilidad de ejemplares en las bibliotecas públicas.
• La evidencia de que ningún diario incluía en su cartelera todos
los cines porteños: mis fuentes principales para los años 10 y 20 fueron La
Nación y La Prensa y
para los 30 y 40 El Mundo, porque, revisando otros, llegué a la
conclusión de que eran los que ostentaban las carteleras más completas, y con
todo omitían sistemáticamente alguna que otra sala, como la del Esmeralda en el
primer caso y las del Lorraine, el Armonía y el Supremo en los otros; desde
finales de los 40, en cambio, la cartelera más nutrida fue la de Clarín,
y la de Noticias Gráficas también resultó muy útil.
• Aquellos períodos en que no había diarios, por ejemplo, el casi
entero mes de febrero de 1949, por un conflicto entre la Federación Gráfica
Bonaerense y los empresarios del sector.
• Los muchos días en que los títulos del programa eran reemplazados por
la lacónica, frustrante leyenda “selecto y variado programa”.
Así y todo, he llegado lo más
lejos que me ha sido posible, considerando que en la Argentina no existe algo
así como un Estate of Julio Irigoyen, que asociaciones y sucesivas
academias sólo se preocupan por entregar premios y no por investigar el acervo
del cine nacional que proclaman defender y que en los pocos lugares
especializados (dos, en verdad, el Museo del Cine y la Cinemateca Argentina) el
material sobre este director es escaso. El período mudo, por ejemplo, ha sido
un hueso duro de roer: el cine solía ocupar un lugar minúsculo, cuando lo
ocupaba, y la mayor parte de los diarios daba preferencia al estadounidense. El
que mejor informaba sobre el nacional era Crítica, y sus páginas
resultaron mi mejor fuente informativa hasta 1926, cuando Irigoyen pasó de
habitué a paria: algo turbio ocurrió entre él y los jerarcas de ese diario, tal
vez relacionado con pauta publicitaria incobrable. [Continuará]
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