miércoles, 3 de diciembre de 2025

CHUCHERIAS

Las victroleras y la clarinetista

Escrito y dirigido por Bayón Herrera en febrero-marzo 1939, Oro entre barro parece haber sido el primer film argentino en introducir como personaje a una “victrolera” (en la ocasión interpretada por Dora Ferreiro), profesión derivada de la invención, hacia 1920-1921, de la Victrola, producto de la Victor Talkin Machine Company fabricado por la empresa Victor en sus talleres de Camden, Nueva Jersey, cuando esa empresa aún no se había fusionado con la RCA. El texto de un aviso publicitario (en La Nación, 17.12.1921) ilustra con cierto encanto las bondades del flamante aparato de música: transcripto sic dice que “No hay seguramente mejor manera dé practicar las costumbre de hacer regalos por las Pascuas de Navidad y Fiesta de Reyes que obsequiando a su familia con una Victrola. Deje que todos disfruten de las delicias exquisitas que proporciona el divino arte. La Victrola reproduce insuperablemente la mejor música del mundo. Con uno de estos instrumentos en su hogar, su familia puede celebrar las mejores Pascuas y Fiesta de Reyes que jamás hayan disfrutado. No olvide que la Victrola proporcionará placeres indescriptibles por espacio de muchos años. Donde haya una Victrola, una colección de Discos Victor constituirá también un regalo que será muy apreciado. Oiga este instrumento en el establecimiento de cualquier comerciante Victor”.


   El aparato fue muy pronto adquirido por bares y confiterías e instalado por lo general en una especie de altillo construido ad hoc, desde donde una mujer se ocupaba de cambiar un disco tras otro, cuya música amenizaba la conversación de los parroquianos: una simpática nota periodística al respecto puede ser leída en La Razón del 2.7.1930, pág. 11, bajo el título “Impuesta por la inevitable modernización de las cosas, se arraiga cada vez más la profesión de «victrolera»”. Antes de Oro entre barro, es aludida en Idolos de la radio –Broadcasting– (Eduardo Morera, 1934): Olinda Bozán lee en los avisos clasificados del diario “Señorita bien parecida se necesita para vitrolera” y de inmediato comenta: “Vitrolera… jeje… es mejor no chimentar esto de las vitroleras…”. Otras de ellas fueron interpretadas por una extra silenciosa en Una mujer de la calle (Moglia Barth, 1939), por Anita Beltrán en Alma de bohemio (Julio Saraceni, 1949), por otra extra en En cuerpo y alma (Leopoldo Torres Ríos, 1951) y por Lydia Cerliani en La casa del amor (Aldo Brunelli Ventura, 1973), aunque la más entrañable tenía por nombre María y por rostro el de María Concepción César, destinataria del tributo que Torres Ríos ofreció a quien fue algo más que su actriz predilecta por aquellos días. Fue en Pantalones cortos (1949) y esa sola secuencia basta para justificar la existencia de ese modesto brochazo costumbrista: en el bar, los clientes (todos hombres) observan encandilados a la victrolera, acomodada en un entrepiso hojeando distraídamente una revista entre disco y disco, mientras canturrea para sí misma acompañando la música, configurando otro de esos maravillosos “momentos” en el cine de Torres Ríos.


   Otra, teatral, accedió al honor del título de la pieza, La chica de la victrola, de Juan López, y la interpretó Lucía Bessé en la compañía encabezada por Carlos Morganti, que la estrenó el 29.5.1931 en el Artigas montevideano. Y no hay que olvidar que a la actriz y cantante Inés Fernández la apodaban “Victrolita”.

 

Suele decirse que un film es “de” su director. La invitación (Manuel Antín, 1981), en cambio, es “de” Graciela Alfano, para bien y para mal. La bellísima Miss Siete Días 1971 accedió al cine de inmediato en La gran aventura (Emilio Vieyra, 1973), y desde entonces trepó y trepó hasta convertirse en una estrella también en TV y teatro, así como en la música: por algo en su columna de chimentos Néstor Romano la designaba, en plena dictadura militar, como “la clarinetista”. En cine descendió a todos los infiernos disponibles (Porcel, films-disco, súperagentes, picarescas, Enrique Carreras), pero Héctor Olivera logró que luciera plausible como la nieta puta de La nona (1978). Cuando contrajo matrimonio con el multimillonario Enrique Capozzolo junior tuvo a su disposición también una compañía productora, Inversiones Cinematográficas SA, por lo cual tomó el toro por las astas y se dedicó con frenesí a buscar aquello que le era esquivo por todos los flancos: el prestigio. Compró los derechos de la novela de Beatriz Guido, contrató a Antín y se rodeó de actores talentosos (Bebán, Pepe Soriano, China Zorrilla, Ulises Dumont), oficiando así de productora no acreditada como tal. El resultado no fue lo esperado, sin embargo.

Con Pepe Soriano en La nona

   En principio, la adaptación debió acomodar la adolescencia de la heroína a los ya pasados 30 años la actriz, lo cual modificaba sustancialmente una situación vital para el desarrollo de la historia. Luego está Antín, acaso el director menos apto para narrar una peripecia en la cual jueguen los sentimientos de sus personajes: toda su obra previa, con sus más y sus menos, está lejos de mostrar sentimientos, emoción o ternura genuinos. Antín, además, careció de la fluidez necesaria, descuidó aspectos técnicos básicos y no supo manejar a sus actores, con el resultado de una actuación en general muy débil teniendo en cuenta los nombres en juego. Fue su último intento en la dirección.

   Los únicos momentos rescatables se deben a factores externos: la apropiada inclusión de un adagio de Schubert y de algunas canciones por la gran Zarah Leander, así como de fragmentos de Casablanca (idem, Michael Curtiz, 1940) que terminaron operando como un boomerang, ya que toda la emoción y el sentimiento que le faltan a La invitación explotan en las lágrimas de Ingrid Bergman, en las miradas de Bogart, en As time goes by y en Max Steiner. Y Casablanca se produjo cuarenta años antes.

Con Boy Olmi en La invitación

   El fracaso no le impidió a Alfano querer intentarlo otra vez: en febrero 1993 el matutino Ambito Financiero susurró que “está organizando la producción de El nuevo calvario, largometraje de ficción que tratará el tema de la discriminación hacia los enfermos de SIDA. Un joven internado en un hospital, con aspecto parecido a Cristo, que interpretará el actor Leo Abremón, es atendido por una médica a quien él ve como la Virgen María (¡¡Alfano!!)”: tras esta revelación, el resto del breve artículo carece de credibilidad, aunque se desliza allí que María Magdalena sería Constanza Maral y la Santa Isabel Zulma Faiad… Hasta hoy se ignora si se trató de una información verídica o de una broma de esas que suelen practicarse en una redacción entre periodistas aburridos en un día falto de noticias y de intenso calor propicio para el cachondeo.

Friedl Adler

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