CINEASTAS
Enrique Santos Discépolo
[Enrique Santos Discépolo Deluchi; Buenos Aires,
27.3.1901 / 23.12.1951]
No hay nada que se pueda agregarse en este espacio a lo ya escrito sobre
la vida y la obra de Enrique Santos Discépolo (1901-1951). Actor, letrista de
tangos, comediógrafo, comentarista de la actualidad, peronista fanático, esa
obra es muy vasta y fue exhaustivamente analizada por sus respectivos especialistas.
Pocos prestaron la debida atención, en cambio, a su actividad en tanto director
cinematográfico, escasa, de apenas seis largometrajes.
Discépolo se acercó al cine como actor en unos metros de celuloide que Mario Soffici gastó hacia 1924 para probar su potencial en ese nuevo medio, casi como un juego de aficionados, como un ensayo: eran escenas de Muñeca, la pieza teatral de Armando Discépolo, dramaturgo, hermano mayor de Enrique Santos: allí quedó evidenciado que el joven Discépolo nunca podría ser galán de cine, que sus facciones lo confinaban a roles de característico, de excéntrico. Sus actuaciones en cine fueron pocas y tendientes al desborde temperamental, con un pico en El hincha (Manuel Romero, 1950), donde apenas se lo soporta. Resulta mucho más interesante su contribución como argumentista y director. Está claro que no dominaba la técnica: en los iniciales tuvo que apoyarse en colaboradores más experimentados, como los hermanos Murúa, Gumer Barreiros y Carlos Schlieper.
Su primer film, Cuatro Corazones (1938), es una
entretenida revista musical en la línea de las que Hollywood producía por esos
años, sin la opulencia y la fastuosidad de las de la MGM y, claro, sin Busby
Berkeley en la coreografía. Es más que evidente que copió la estructura de Wunder Bar, una obra musical de Geza
Herczeg y Karl Farkas que había protagonizado, dirigido y –con su hermano–
adaptado para una producción estrenada el 17.5.1933 en el Teatro de la Opera.
En la dirección lo ayudó Schlieper y en el argumento el actor Miguel Gómez Bao,
éste un habitual colaborador literario suyo en el teatro. La acción transcurre
en la boîte Cuatro Corazones, de la que Discépolo es su taimado dueño:
tocado con finos bigotitos de villano clásico, el actor parece haberse
divertido mucho jugando ese papel en el que tiene a maltraer a su compañía hasta
que al final se rehabilita. El siguiente, Caprichosa
y millonaria (1939), es un vehículo para Paulina Singerman que debió haber
sido convencional pero que Discépolo llevó a extremos de disparate y sinsentido:
su título es lo suficientemente explícito acerca de su contenido y podría haber
servido para la mayor parte de los que protagonizó esa actriz.
En los dos últimos no pudo luchar demasiado contra el esquema habitual de sus respectivos protagonistas, Pepe Arias y Niní Marshall: ambos los escribió con dos amigos suyos del ambiente teatral, los comediógrafos Manuel A. Meaños y Marcelo Menasché. Fantasmas en Buenos Aires (1942) resultó una efectiva comedia de misterio y equívocos, con Arias como un empleado bancario jaqueado entre una banda de falsificadores de dinero y un grupo de espiritistas: el actor está estupendo, como de costumbre en los films de esos años, los más fructíferos de su carrera en cine. Cuando las circunstancias lo convierten en sospechoso asegura que “Mi honestidad es sacrosanta: por ella pierdo la vida, el empleo y los dientes. No va a encontrar dos como yo”. Más adelante informa que “En Buenos Aires hay cuatro millones de habitantes”, y luego desliza un término que servía para definir a un homosexual: “No me negará que éste es un gerente muy «alcanzame la polvera»…”. Subordinado como lo estuvo a las características inamovibles de su protagonista, Discépolo no pudo esta vez colar casi nada de su mundo propio, lo mismo que en el siguiente y último, Cándida –La mujer del año– (1942-1943), donde una banda de estafadores tiene a maltraer a Niní Marshall y a su flamante marido Augusto Codecá: la comedia es graciosa, como no podía dejar de serlo cualquiera de Marshall, pero es evidente que Discépolo la dirigió sin entusiasmo.
Sin embargo, los dos mejores
films suyos, casi al borde de la maestría, son los que hizo entre aquellos. Un señor mucamo (1940) es en verdad un
drama disfrazado de comedia, con Tito Lusiardo a un paso de recibirse de
ingeniero, que vive con su madre viuda (Ana Arneodo) y con su hermanito
(Eduardo Otero) pero se disgusta sobremanera cuando ella vuelve a casarse, por
lo que abandona la opulenta casona familiar en plena fiesta de bodas. El chico
se va con él, lo interna en un colegio y para pagar las mensualidades se emplea
como mucamo en casa de los Aguilar, un viudo (Percival Murray) y sus cinco
hijos (Choly Mur, Osvaldo Miranda, Domingo Márquez, Armando Durán, Eduardo
Rudy). Luego conoce a una chica rica e inválida (Elsa del Campillo) a la que
oculta su trabajo y que resulta ser pariente de los Aguilar. Hacia el desenlace
todo se soluciona, ahora sí en tono de comedia.
Aunque el argumento lleva la firma de Abel Santa Cruz (éste fue su primer argumento para cine) y Alfredo Remillo (uno de los pseudónimos de Juan Carlos Muello), el guión y los diálogos son puro Discépolo, cuyo toque desesperanzado y su amarga poesía impregnan la anécdota. Cuando Lusiardo pasa una noche en un hotelucho miserable reflexiona: “Al oscuro uno no tiene más remedio que mirarse por dentro”, a lo que un ocasional compañero de cuarto contesta: “¿Y qué? ¿Le asusta? Bah... uno es mejor de lo que puede, siempre”. Y éste es solo un ejemplo. Film curioso, que el paso de los años ha mejorado, aunque su mayor renuncio es precisamente Lusiardo, que aparte de estar demasiado crecido para estudiante no encaja en la historia, o en todo caso esta historia era más apta para otro actor.
En la luz de una estrella (1941) tampoco fue valorado en su real dimensión:
para la historia del cine argentino es apenas un film-de-cantante, en este caso
otro vehículo ligero para Hugo del Carril. Es de imaginar la reacción de su
público adicto al encontrarse, en cambio, con un drama sombrío con suicidio
incluido y final a pleno llanto mortuorio, al mismo tiempo el estudio de un
ídolo popular y una variante del clásico La Cenicienta que reproduce,
con ingenuidad, el salto real de Ana María Lynch de extra a estrella y amante
de Hugo del Carril. Este interpreta a “un astro mimado por las mujeres más
ricas, más lindas, más elegantes”, que “despierta la envidia que duerme en cada
uno, agita la vanidad de las mujeres y exacerba los celos de los hombres, que
lo ven como un enemigo invencible: una sonrisa suya no brindada a tiempo duele
más que la puñalada de un hombre común”. El astro, sin embargo, no es feliz:
“Quemo todo lo que toco”, asegura, luego de que su celosa mujer (Aída
Sportelli, actriz teatral de raras apariciones en cine) le acierta un tiro,
pasa dos meses en la cárcel y se va con rumbo desconocido a pesar de seguir
amándolo. No es la única: Zully Moreno, la esposa de su mejor amigo (Carlos Lagrotta),
también lo ama con desesperación y hasta se lo confiesa a su marido. Pero en su
nuevo espectáculo trabaja Lynch, una “bataclana oscura” tontamente enamorada
del ídolo. “Sé bien que su alma no tiene descanso en nadie, pero es un destino,
como el mío”, le dice. “Si usted fuera un humilde como yo, y pudiera ser lo que
yo quiero, un ser pequeño, sencillo, pero mío, mío siempre, mis ojos y mis
manos tendrían caricias para su soledad”. Las frases entrecomilladas son las de
los diálogos, y vale la pena reproducirlas porque demuestran que la genialidad
de Discépolo no se reducía a las letras de sus tangos sino que acompañaba con
un inusual toque poético las particulares peripecias de sus personajes. Y hay
más: “Sonrían, sonrían, no miren sólo la primera fila”, pide el empresario a
las coristas; “Las mujeres son como los gatos: hacen siempre lo que ellas
quieren”, dice el mismo empresario francés (Antoine Bardot, ocasional pseudónimo
de Enrique Vico), marcado como un ser delicioso, generoso y lúcido acerca de sí
mismo; –“¿Conoce la cara de la envidia?, –“No: debe ser horrible”; “Da gusto
vivir esta fiesta con algo más que la estupidez”. Imperdible.
Pocos films argentinos, de esa época y las siguientes –acaso con la sola excepción de los iniciales de Eliseo Subiela antes de volverse pesado– ofrecen diálogos tan intensos y tan sencillamente poéticos: fueron escritos por ambos hermanos, y Enrique Santos se revela, además, como un director sensible que supo contar la historia en un tono bajo infrecuente para ese tiempo y ese género, intentando diferenciarse de los de Manuel Romero; utiliza con expresividad los primeros planos, valoriza los encuadres y manifiesta un cariño entrañable por la gente del espectáculo, aunque, a diferencia de Romero, revelando sus aspectos más sombríos. Además, Hugo del Carril canta tres temas muy bien producidos, Moreno y Lynch lucen bellas y elegantes y Eduardo Sandrini y Lagrotta se lucen en una breve secuencia. Y hay dos situaciones que adquieren un doble sentido: la ya mencionada entre Lynch y Hugo del Carril respecto de sus personajes, y una frase disparada por Eduardo Sandrini (“Si él no hubiera nacido yo hubiera sido feliz”) que bien podría asimilarse a su situación de hermano menos favorecido de Luis Sandrini.
Le decían “Discepolín” para diferenciarlo de su hermano mayor, Armando
Discépolo, notable dramaturgo y director teatral, pero bastaría mencionar Cambalache para definir a Enrique Santos
Discépolo como lo hizo (en Clarín,
18.3.2001) el especialista Jorge Göttling: “A su manera, fue el filósofo de la
crisis del treinta”. Ese hombre “molesto, implacable, escudriñador de las almas
ajenas, iluminador de las propias conciencias” escribió para la eternidad no
sólo ese himno estrenado por Ernesto Famá en El alma del bandoneón
(Soffici, 1934) sino otros tangos gloriosos como Esta noche me
emborracho y Malevaje (1928), Yira,
yira (1930), Confesión (1931), Al mundo le falta un tornillo (1933), Uno
(1943), Sin palabras (1946) y Cafetín de Buenos Aires (1948), así como
el bellísimo vals Sueño de juventud
(1931), algunos de ellos escritos en colaboración con otros autores.
Su pieza teatral más exitosa, Blum..!, escrita con Julio Porter, fue filmada con igual título, y uno de sus tangos, Justo el 31 (música suya, letra suya y de Ray Rada) sirvió como argumento al cortometraje homónimo realizado por José Luis Bisaño en 2002. Al menos dos libros recrearon su vida y su obra: Discépolo de Sergio Pujol y Fratelanza de Norberto Galasso y Jorge Dimos. También fue personaje: en teatro en Soy del tiempo de Gardel de Homero Cárpena y Humberto de la Rosa (6.1.1955, Argentino, reposición, animado por José Rapuano), en Según pasan los años... de Rodolfo M. Taboada (8.7.1968, Avenida, con Carlos Artigas), en Discepolín de Pedro Orgambide (11.1.1989, Lola Membrives, con Rubén Stella) y en Enrique de Luis Longhi (15.4.2018, La Comedia, con Longhi mismo); en cine en Soy del tiempo de Gardel (Cárpena, 1954, con José Rapuano), en El exilio de Gardel (Solanas, 1985, con el francés Claude Melki), en Eva Perón (Desanzo, 1996, con Danilo Devizia) y en Yo soy así –Tita de Buenos Aires– (Costantini, 2016, por Lucas Rosasco doblado por Mariano Chiesa); en TV en Discepolín de Oscar Barney Finn (28.7.1989, Canal 7, con Norman Briski). Además, Edmund Valladares realizó el corto Discepolín (1964) y le fueron dedicados dos largometrajes, Blum (Porter, 1969) y Los insomnes (Carlos Orgambide, 1984). Su mujer, la española Tania, era cancionista y actriz.
La muy trillada observación
“se murió de tristeza” es aplicable a Discépolo, ya que algunos de sus mejores
amigos no supieron perdonarle su rabiosa adhesión a la segunda presidencia de
Juan Perón. En coincidencia con los gobiernos de signo justicialista (en los
50, en los 70 y en los 90) le fue adjudicado su nombre al teatro Presidente
Alvear, en la avenida Corrientes al 1600, hasta que gobiernos de otro signo le
devolvieron la denominación original: durante la presidencia de Carlos Menem la
Intendencia Municipal impuso el nombre Complejo Enrique Santos Discépolo a la
organización, que dirigía el autor Cernadas Lamadrid, de la que dependían los
teatros Presidente Alvear, Sarmiento y De las Provincias (Regio) y el
anfiteatro Juan Bautista Alberdi. En la década de los 80 fue instituido el
premio Discepolín, otorgado a figuras destacadas en las artes, la cultura y el
espectáculo; el pasaje Rauch fue en algún momento rebautizado con su nombre, al
igual que la sala teatral Discepolín en Hipólito Yrigoyen 917. Además, hubo al
menos cuatro proyectos no concretados de films biográficos: en los 60, un guión
de Abel Santa Cruz y Gustavo García Saraví que dirigirían Francisco Mugica o
bien Luis César Amadori; en 1974, “La vida de Enrique Santos Discépolo”, guión
de César Tiempo, Taboada y Julián Centeya que producirían Carmelo Santiago y
Guillermo Teruel para Cinematográfica Filmex Argentina con dirección ofrecida a
Hugo del Carril; en 1975 “Siglo XX cambalache”, guión de Norberto Aroldi que
iba a dirigir el chileno Patricio Kaulen; y en 1998 “Discepolín”, producción de
Horacio Mentasti, dirección de Carlos F. Borcosque y actuación de Oscar
Martínez y Fito Páez.
FILMOGRAFIA
01. Cuatro
Corazones (1938) 35mm, B&N, 80’. CP: Estudios Argentinos SIDE. P: Alfredo Murúa. COD: Carlos Schlieper. G:
ESD, con la colaboración de Miguel Gómez Bao. F: Gumer Barreiros. I:
ESD (“Barbet”), Gloria Guzmán, Irma Córdoba, Alberto Vila, Herminia Franco,
Tania, Eduardo Sandrini, Casimiro Ross. LC:
1.3.1939. [+ autor y compositor de las canciones].
02. Caprichosa
y millonaria (1939) 35mm, B&N, 101’. CP: Estudios Argentinos SIDE. P: Alfredo Murúa. G: ESD. F:
Adam Jacko. I: Paulina Singerman, Fernando Borel, Tania, Augusto Codecá, Ber Ciani,
Inés Edmonson, Adolfo Meyer, Eduardo Sandrini. LC: 1.5.1940. [+ autor y compositor de las canciones].
03. Un señor
mucamo (1940) 35mm, B&N, 77’. CP: Establecimientos Filmadores
Argentinos SA. G: ESD, sobre
argumento de Abel Santa Cruz y Alfredo Remillo [Juan Carlos Muello]. F: Roque Funes. I: Tito Lusiardo, Elsa del Campillo, Ana Arneodo, Carlos
Casaravilla, Choly Mur, Percival Murray, Eduardo Otero. LC: 11.9.1940. [+ autor y compositor de las canciones y voz off].
04. En la luz
de una estrella (1941) 35mm, B&N, 86’. CP: Establecimientos Filmadores
Argentinos SA. G: Armando Discépolo
y ESD. F: Adam Jacko. I:
Hugo del Carril, Ana María Lynch, María Esther Gamas, Zully Moreno, Aída
Sportelli, Carlos Lagrotta, Eduardo Sandrini, Antoine Bardot [Enrique Vico]. LC: 7.5.1941. [+ autor y compositor de
las canciones].
05. Fantasmas
en Buenos Aires (1942) 35mm, B&N, 89’. CP: Argentina Sono Film SACI. G: Manuel A. Meaños, Marcelo Menasché y
ESD. F: Antonio Merayo. I: Pepe Arias, Zully Moreno, Carlos
Lagrotta, Enrique García Satur, Julio Renato, José A. Paonessa, María Esther
Buschiazzo. LC: 8.7.1942. Acreditado
como Enrique S. Discépolo.
06. Cándida –La
mujer del año– (1942-1943) 35mm, B&N, 73’. CP: Argentina Sono Film SACI. G: Manuel A. Meaños, Marcelo Menasché y
ESD. F: Alberto Etchebehere –
Antonio Merayo. I: Niní Marshall,
Augusto Codecá, Carlos Morganti, Julio Renato, Edna Norell, Alfredo Jordán,
Blanca Vidal, Lalo Malcom, Carlos Belluci. LC:
23.2.1943. Acreditado como Enrique S. Discépolo.
Otras actividades
en cine: aparición en Yira yira (Eduardo Morera, 1930, corto) / autor y
compositor de la partitura musical y, no acreditado, de las canciones de El alma del bandoneón (Mario Soffici,
1934) / guionista no acreditado y, acreditado como Enrique S. Discépolo, actor
(“Severino”) y autor y compositor de la partitura musical y las canciones de Mateo (Daniel Tinayre, 1936) / autor y
compositor de la partirura musical y las canciones y, acreditado como Enrique
S. Discépolo, guionista y actor (“Martínez”) de Melodías porteñas (Moglia Barth, 1937) / argumentista y dialoguista
y, acreditado como Enrique S. Discépolo, actor (“el amigo de Ernesto” [Arturo
de Córdova] de Yo no elegí mi vida (Antonio
Momplet, 1948) / argumentista con Julio Porter y actor (“el Ñato”) de El hincha (Manuel Romero, 1950-1951, en
ambos rubros acreditado como Enrique S. Discépolo).
Films adaptados de
sus obras: Blum (Julio Porter, 1969,
guión de Porter sobre Blum..! de ESD
y Porter).
Actividad en teatro,
excepto como actor: autor con Mario Folco de Los duendes (1918) / adaptador con Miguel Gómez Bao de Le curé
de Maupassant (28.5.1920, Excelsior) / autor de Día feriado (1920), El señor
cura (1920) y El hombre solo
(1921), estas dos firmadas con Miguel Gómez Bao, ¡Páselo, cabo!
(20.5.1922, Olimpo, con Mario Folco), El organito (9.10.1925, Nacional,
con Armando Discépolo), Caramelos surtidos –Escenas de la calle–
(8.7.1931, Nacional) y Mis canciones 1932 (7.9.1932, Monumental) /
adaptador con Armando Discépolo y D de Wunder
Bar de Geza Herczeg y Karl Farkas (17.5.1933, Teatro de la Opera; repuesta
el 19.3.1947 en el Presidente Alvear con adaptación firmada sólo por él y con
el subtítulo Dos noches en un dancing) / D de Winter-Garden
–Music-Hall– de R. Walters y F. Callahan con música de T. Jackson y O.
Wexley (7.9.1933, Monumental) y Adieu Mimi de Alexander Engel y Julius
Horst con música de Ralph Benatzky (22.9.1933, Monumental) / autor con Manuel
A. Meaños y D de Blanca Nieves y sus 8 ministros (13.9.1941, Casino) / D
de Con los “bultos” a otra parte de Bayón Herrera (18.9.1941, Casino) /
autor con Meaños y D de Una revista de amor (9.10.1941, Casino) / D de Rosa
de Arge de Salvador Valverde con música de Leo Koke (15.7.1945, Apolo) /
autor con Julio Porter y D de Blum..! (28.10.1949, Presidente Alvear) /
Para el Teatro Nacional de Comedia en el Cervantes, D de The taming of the
shrew de Shakespeare (18.11.1950) y Antígona Vélez de Leopoldo
Marechal (25.5.1951).
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