El siguiente artículo fue originariamente publicado como parte del libro ¡Por favor, no cortar! Claudio España y la crítica cinematográfica, de autores varios, publicado en 2016 por la Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires: se trataba de un homenaje a su memoria, porque Claudio Heriberto España, nacido en General Rodríguez, Luján, el 29.10.1942, había fallecido en Buenos Aires el 28.3.2008. Por cuanto temo que ese libro no haya tenido la suficiente difusión o, peor, que cayera en el olvido, me pareció oportuno, ahora que tengo dónde hacerlo, recordar mi contribución, en una versión ligeramente corregida, el día en que Claudio cumpliría 85 años.
PERFILES
/ EN PRIMERA PERSONA
Aquello que amamos
Evocar
el momento en el que Claudio España y yo nos conocimos en persona equivale a
poner en funcionamiento la máquina del tiempo imaginada por H. G. Wells para
transportarnos a ciertas costumbres y a un lugar que ya no existen. Creo que
fue en el verano de 1972, quizás el de 1973, no más allá: en la Costanera Norte
existía –créase o no– una zona de playas en la que la gente podía no solo tomar
sol sin también zambullirse en las aguas del Río de la Plata sin temor a
contaminación alguna. Una de esas playas había sido pretenciosamente bautizada
Saint-Tropez, y su concurrencia era –también, créase o no– mayoritaria pero no sólo
“de ambiente”, como se decía en aquellos tiempos en que el término gay no era muy conocido fuera de los
Estados Unidos de América; tiempos, además, de dictaduras militares represivas
e intolerantes. Fue allí, ese día en que estaba con mi amigo Armando cuando
conocí a Claudio: Armando tomaba un curso de escenografía en una especie de
escuela de cine informal orientada por miembros de la Cinemateca Argentina, en
la que también daba clases Claudio. Al volver de un chapuzón, mi amigo me dijo:
“Vení que te voy a presentar a un profesor que quiere conocerte”.
Por entonces yo ya era periodista profesional, tras haberme iniciado en el Cine Club Núcleo como socio primero y como empleado y miembro de la Comisión Directiva después, gracias a la confianza que Tito Vena y el Negro Sammaritano depositaron en mí. Desde 1970 escribía en el Heraldo del Cine y era amigo personal de Guillermo y Paulina Fernández Jurado (el Pupi y la Beba), directivos de la Cinemateca en la que merodeaba –ese sería el término más exacto, sin sentido peyorativo– un grupo de jóvenes adictos, como yo, al cine argentino: Andrés Insaurralde, Mariano Calistro, Guillermo Russo, Oscar Cetrangolo, Carlitos Landini, César Maranghello. Todos ellos eran cobijados bajo el ala protectora de los Fernández Jurado y de los “próceres” Roland y Jorge Miguel Couselo, quienes invitaron a los “nuevos” a proseguir las de hecho interrumpidas actividades del Centro de Investigación de la Historia del Cine Argentino que la entidad había establecido hacia finales de los años 50 pero que la vorágine profesional de sus responsables venía postergando.
Con Claudio nos hicimos amigos de inmediato.
Fue el primero con quien pude compartir conocimientos sobre algo tan específico
y tan inasible como “el cine argentino” que nos interesaba: con otros amigos
podía hablar de cine en general, pero dudo que supieran quién era Alberto Du
Bois o cuál había sido el film inicial de Miguel Machinandiarena. Debo decir,
no sin cierto pudor, que para Claudio yo era alguien “famoso”, porque me
confesó que leía cada semana mi sección “Producción Argentina” en el Heraldo, columna que hoy, tantísimos
años más tarde, recuerdo con infinito placer, quizá mucho más que el que me
depararían actividades futuras como periodista y como crítico. Solía visitar a
menudo el primer dos ambientes de Claudio en Buenos Aires, en la avenida
Canning, casi esquina Paraguay. Allí intercambiábamos informaciones, fotocopia
va, fotocopia viene. No siempre coincidíamos en nuestros gustos, pero nos
hermanaba el conocimiento mutuo, que ambos arrastrábamos desde niños en un
estado virginal, todavía por completo ajeno a los conceptos de investigación,
historiografía y, muchísimo menos, semiótica, ese idioma creado para que unos
pocos universitarios se pavoneen entre ellos dejando fuera al resto de los
mortales.
Claudio en Luján y yo en Villa Pueyrredón habíamos asistido, en los cines de nuestros barrios, a largas tardes de dos o tres films. Teníamos pocos años de diferencia, por lo que nuestra infancia y adolescencia se nutrió de los mismos nombres: Sandrini, Niní Marshall, Lolita Torres, tres de la Sono, tres de Asociados, tres de San Miguel. En aquellos lejanos días no nos preocupaban el director o sus guionistas: eran sus estrellas –como a nuestros padres y a gran parte de los argentinos– quienes nos atraían al cine, provistos de un sandwich y de una fruta para aguantar no menos de cinco horas de proyección en blanco y negro.
En enero 1975 ingresé como redactor a La Opinión, el diario de Jacobo Timerman
que todavía tenía prestigio. Dos años más tarde, Claudio comenzó a colaborar en
“Espectáculos”. Guardo todavía –papel amarillento y ajado– una nota suya
manuscrita fechada “26/5/77” que acompañaba el original de un artículo sobre
Los Cinco Grandes del Buen Humor: “Querido Daniel: Te estuve llamando pero eran
casi las 17 y no habías llegado. No sabía si remitirle la nota a Ernesto o a
vos. Finalmente, como supongo que vos armarás la página, te la dirijo a tu
persona (…) Estoy contento con lo que escribí, aunque, como la estrella, creo que
la próxima será mejor (…) No llegué a las 80 líneas, como quedamos. Creo que
son 6 menos. Es algo (…) Otra: Parece que Amadori acaba de ser enterrado [y aquí saca una flechita que lleva a
“(internado, quise decir, ¡uh!)”] en el Instituto del Diagnóstico ¡de
urgencia! (…) Desde El Foro hacia la estafeta de La Opinión, otro abrazo,
Claudio”. El Ernesto que menciona era Ernesto Schóó, gran periodista, amigo mío
desde muchos años antes y, en aquellos días, mi jefe, a quien recomendé la
incorporación de Claudio, que se produciría poco después de esas colaboraciones
iniciales. En esa redacción de Barracas compartimos muchas tardes. A Ernesto lo
sucedió Aníbal M. Vinelli (entrañable, el Gordo Vinelli), pero la férrea
administración castrense que había tomado el diario y todo lo que de allí se
puede inferir hizo que su prestigio fuera en picada.
En uno de esos días en que ir a trabajar casi había dejado de ser un placer para convertirse en una rutina pautada por censuras diversas a casi todo lo que escribíamos, recibí un llamado de mi “primo” Fernando López: él era crítico de cine en La Nación, éramos buenos amigos desde nuestros respectivos inicios en la profesión, nos hermanaba nuestro mutuo apasionamiento por la música popular brasileña y habíamos decidido convertirnos en “primos”, por cuanto invariablemente solían preguntarnos si éramos parientes. Como sea, Fernando me citó a la redacción de su diario porque él y Bartolomé de Vedia, su jefe, querían hablar conmigo. En la pequeña habitación que ocupaban en la vieja redacción de la calle San Martín me ofrecieron ingresar al centenario matutino. Debo decir que entre mis virtudes personales nunca figuró el sentido de la oportunidad: créase o no –una vez más–, dije “No, gracias” ante la mirada estupefacta de Fernando y Bartolo, que no podían creer lo que acababan de escuchar. ¿Qué clase de idiota puede rechazar una oferta como esa? La estúpida excusa que puse fue que estaban a punto de ascenderme a segundo jefe en La Opinión, algo que, por supuesto, jamás ocurrió. Ambos colegas me preguntaron, entonces, si tenía algún nombre para sugerir: les di dos, el de Alberto E. Ojam, el Chuqui, gran amigo mío desde los tiempos del cineclub, y el de Claudio. No sé qué ocurrió con Chuqui, pero fue Claudio quien ingresó a La Nación, donde pasó largos años de su vida y desde donde, de alguna manera, despegó su carrera profesional que se bifurcaría en direcciones diversas, le haría conocer el mundo, le depararía reconocimiento y prestigio… y unas pocas cosas más.
Durante los años siguientes, mientras
Claudio escribía en La Nación, conocí
redacciones diversas (La Voz, Humor, El Periodista de Buenos Aires, La
Razón del período Timerman, La Razón
de la etapa Spadone) así como atravesé tiempos de vacas flacas en los que
recurrí a una antigua especialidad, la de agente de Prensa, que me permitía
vivir con dignidad sin alejarme de lo mío, es decir, el cine, el show business en general. Sin embargo,
con total honestidad, debo decir que jamás me arrepentí de aquel “no” que
favoreció a mi amigo: mi sentido de la independencia y un costado
crecientemente marginal me empujaban a medios menos prestigiosos, sin tantas
ataduras y rigideces. Con la misma honestidad confieso que hubo un solo momento
en que sentí algo parecido al arrepentimiento (¿la envidia?) por haber dicho
que no: fue el día en que Claudio me contó cuánto había cobrado de
indemnización cuando el diario decidió expulsarlo de sus dominios, como ya lo
había hecho y lo seguiría haciendo con otros colegas.
En todos esos años nuestra amistad
permanecía inalterable. Recuerdo una visita a casa de sus padres en Luján, la
amabilidad de su madre al servirme la merienda –aunque detestaba el té con
leche, me lo tomé sin chistar, ¡con nata y todo!–, oportunidad aquella en la
que conocí a sus amigos del barrio, entre ellos el Bocha, al que traté en otras
ocasiones. Visité los varios departamentos a los que Claudio iba trasladándose
con su creciente bagaje de libros; festejamos nuestros cumpleaños en su casa,
en la mía y, en los últimos años, en la de Oscar Barney Finn, que los cumple un
día antes que él, y a la medianoche ambos apagaban una misma vela en la torta;
trabajamos con los colegas mencionados, más Miguel Angel Rosado, durante largos
años cada sábado por la mañana en bares diversos del barrio del cine, en lo que
pretendía ser la summa de nuestros
respectivos archivos, material que Claudio recopilaba y que se perdió en la
noche de los tiempos; hicimos algunos viajes profesionales juntos, de cabotaje,
ya que nunca coincidimos en festivales internacionales porque yo jamás fui al
de Berlín ni él al de Cannes.
Admiraba su inagotable capacidad de trabajo:
en apenas 24 horas podía desayunar (en un bar, claro) leyendo La Nación y deteniéndose minuciosamente
en los avisos fúnebres –costumbre que a un civil puede parecerle morbosa pero
que a los periodistas nos es muy útil–, cumplir seis o siete horas en la
redacción, asistir al menos a una privada, dar clases, corregir pruebas,
preparar exámenes, planificar un futuro libro, ir a una función teatral, y
luego a cenar y a tomar un café de trasnoche. Era un devorador de vida: todo le
interesaba, todo quería hacerlo, todo parecía poder lograrlo. En esos años
jamás competimos por una primicia, más bien nos intercambiábamos datos. En esos
años, también, debo decir que ambos experimentamos cambios. En mí se acentuó el
costado rebelde y de perfil cada vez más bajo, por el que renuncié a la
membresía de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina a la
que me había asociado en 1968, me negué a ser socio de toda entidad y comencé,
como suele decirse, a cortarme solo. Me temo que a Claudio le ocurrió todo lo
contrario.
El pertenecer a un diario de tanto
prestigio, ser uno de sus críticos de cine, luego segundo jefe de la sección
Espectáculos, su enviado especial a manifestaciones cinematográficas allende
los mares y, en consecuencia, objeto del halago de parte de productores,
distribuidores, exhibidores, actores, directores y todo miembro de la fauna del
cine con intención de figurar en sus páginas acentuaron en Claudio el ego que
hasta poco antes había permanecido aletargado, a lo cual deben sumarse sus
actividades universitarias, docentes y literarias. Algunos de sus jóvenes
alumnos de ayer hoy son reconocidos directores. Por cierto, dicen que era un
excelente maestro: cualidades no le faltaban.
Había un costado infantil en ese otro
Claudio, cierta ingenuidad todavía provinciana que se me hacía palpable cuando,
por ejemplo, me contaba no sin evidente fascinación: “Ayer almorcé en casa de
María Luisa” o “Héctor me invitó a su mansión de San Isidro”, ocasiones en las
que yo, algo más curtido y escéptico en ese aspecto, le aconsejaba que se
calmara, que se detuviera a pensar que tanto María Luisa cuanto Héctor
invitaban menos al individuo Claudio España que al crítico de La Nación, que a mí también me habían
invitado años antes, que así es el mundillo del cine: “Hoy te usan porque les
podés ser útil, mañana te descartan porque ya no estás en la vidriera”. Un
crítico es siempre “la señora de” (el medio en el que escribe): “¿Conocés a
Daniel López de La Opinión?”. Una
amistad cierta y perdurable, me consta, fue la que sostuvo con Fernando Ayala,
al que visitó hasta el final.
No era fácil ser amigo de ese otro Claudio,
el famoso, el que Mirtha Legrand invitaba a sus almuerzos por TV, el que
presentaba films por Space, el galardonado con uno de los centenares de premios
Konex. Cuando su ego se descontrolaba yo prefería alejarme: no enojarme ni
ofenderme, como le quisieron hacer creer algunos de sus amigos, solo tomar
distancia por un tiempo antes de montar en cólera y desbaratar años de amistad.
Cuando quería enojarlo un poco, le decía: “¿Qué tal, Heriberto?”. Adoraba ser
halagado, cortejado, invitado, condecorado, ser “alguien”. Me dirán: “A todos
nos gusta”, y es cierto, pero algunos no lo arrojamos a la cara de nuestros
amigos.
Al cabo de uno de esos alejamientos voluntarios,
y estando sin trabajo, a finales de 2000 me enteré de que un amigo acababa de
ser contratado para el Festival de Mar del Plata. Lo llamé para ver si podía
hacer algo por mí y me dijo que su jefe era Claudio, que iba a hablar con él.
Dos días después me llamó para decirme que Claudio –que ya no estaba en La Nación– le había dicho que me dijera
que yo lo llamara a él. Por cierto, yo no sabía que él había sido designado
director del Festival, de lo contrario –y como nunca usé anillos– lo hubiera
llamado directamente. Así, ingresé una vez más a esa muestra en la que ya había
trabajado en las ediciones de 1968 y 1970, y nuestra amistad continuó
desarrollándose imperturbable en los tres o cuatro años que pasamos juntos en
una oficina de Lima 319.
Si cuento estas menudencias es porque
cualquier amistad las incluye y porque, muy en el fondo, se trataba de
cuestiones secundarias que hacen a todos los seres humanos, imperfectos por
definición como somos. Lo que en verdad nos unía era mucho más fuerte que lo que
parecía separarnos: el amor por el cine argentino, por el cine en general, la
complicidad que supone ese conocimiento mutuo.
En esos últimos años juntos nos hemos
divertido mucho trabajando para el Festival: viajábamos a Mar del Plata por
asuntos institucionales, asistíamos a exhibiciones privadas de films que podían
interesarnos para programar, arreglábamos detalles con sus realizadores,
concebíamos ciclos y homenajes. Por ejemplo, ambos fuimos artífices, con un
placer enorme por haberlo logrado, de la primera exhibición mundial de un trabajo
hecho por Leopoldo Torre Nilsson para la United Nations Organization (Once upon a tractor) y también de la
primera exhibición pública en la Argentina de los dos únicos dirigidos por mi
viejo amigo Miguel Bejo (La familia unida
esperando la llegada de Hallewyn y Beto
Nervio contra el poder de las tinieblas).
Disfrutábamos almorzando juntos y escapándonos a cada rato para el ritual del café en algún bar –él, mucho más que yo, era decididamente un bicho de bar–, ritual que incluyó dos hechos mencionables. Hacia el mediodía del 13 de diciembre de 2000, en el bar de Lima y Belgrano, estando Claudio ubicado con vista al kiosco de diarios sobre Belgrano, me señaló el ejemplar de Crónica que el kiosquero estaba colgando: el título catástrofe decía “Murió Libertad Lamarque”. Otro, el fatídico viernes 20 de diciembre de 2001, en que salimos de la oficina a media mañana y nos metimos primero en el barcito de al lado, luego caminamos por Lima, tomamos otro café en Los 36 Billares de la Avenida de Mayo y terminamos en un bar de Hipólito Yrigoyen y Combate de los Pozos, observando, azorados pero no tan sorprendidos, las manifestaciones de protesta, los cacerolazos, el despliegue policial, las corridas… Los días que siguieron fueron difíciles para muchos argentinos, incluyéndome: el pago de mi sueldo solía demorarse más allá de lo prudente y ahí estaba Claudio prestándome unos pesos para aguantar la espera. Por cierto, ambos fuimos eyectados del Festival por el mismo Sorete Oficial –al que ambos habíamos apoyado cuando hizo su primer y único film recordable–, en el caso de Claudio porque no soportaba que fuera mejor conocido y más respetado que él en el exterior, en el mío, por no profesar la fe peronista.
También estaba el Claudio privado, al que le
encantaba, y casi me ordenaba, que le contara mis –por así decirlo– aventuras
de alcoba, y el Claudio irónico, que años antes decía en voz alta ante amigos
comunes: “Daniel es la única persona que conozco que para volver de la redacción
en Barracas a su casa en Floresta hace una parada en el baño de la estación
Acassuso”. ¡Y era cierto, al menos en alguna noche caliente de verano! Tendría
muchas otras anécdotas para contar de nuestros años felices, pero prefiero
recordar su entusiasmo por escribir una historia de los estudios Lumiton: tanto
que, para sorprenderlo y estimularlo, establecí una filmografía detallada de
las 99 producciones de esa compañía y, sin que él lo supiera, se la entregué a
manera de puntapié inicial. Uno de nuestros últimos encuentros fue para ver,
echados sobre su cama del departamento del noveno piso de la calle Corrientes,
una copia en video de un viejo largometraje tucumano al que yo había tenido
acceso por pura casualidad: Mansedumbre.
Fue tan placentero descubrirlo juntos que ese recuerdo es por demás elocuente
acerca del lazo que nos hermanaba.
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