martes, 2 de septiembre de 2025

TEMAS / EN PRIMERA PERSONA

¡Ay, Cronistas!

En la Argentina existe una sobredosis de premios de todo tipo y color, en su mayoría de escasa credibilidad. Por ejemplo, ¿cómo puede ser tomado en serio uno que es conferido a decenas de personas al unísono, como el tan “prestigioso” de la Fundación Konex? En lo que respecta al rubro show business, uno que cada año suscita gran expectativa es el Martín Fierro que otorga la Asociación de Periodistas de la Televisión y Radiofonía Argentinas (APTRA), cuyas ceremonias tienen muy ocupados a productores, modistos, costureras, maquilladores, agentes de Prensa y otros que aportan al mayor brillo de los candidatos. Se trata, por cierto, de una auténtica feria de vanidades, de un “cholulismo” exacerbado, del reinado del “chivo” (¿nunca nadie gasta un peso en comprarse ropa?). Hay que ver, ante el anuncio del ganador, esos abrazos exagerados, esos fugaces apretones de mano y palmaditas en el hombro en el largo tránsito hasta el escenario, esos agradecimientos eternos (“a Carlos, a Marianela, a Roberto, a mi esposa Beatriz –te amo, mi amor–, a mis padres que siempre me alentaron, a mis hijos Moni, Javi y Flor, a mi mucama Ramona, a mi perro Bobby”), esos patéticos socios vestidos de lo que creen elegante para lucirlo durante el segundo y medio en que la cámara los enfoca, si lo hace. Los socios de la APTRA, claro: ellos han sido en su mayor parte redactores de lo que podría denominarse en forma genérica Radiolandia style, es decir, chimenteros alcahuetes de las estrellas que no poseen el más mínimo rigor analítico y, el colmo, algunos que ni siquiera tienen televisor, como el caso de un gran amigo mío, ya fallecido, que votaba “a ojo”, sólo guiado por sus simpatías y aversiones personales.

La ACCA

El glamour cache que ostenta la ceremonia de los Martín Fierro es inversamente proporcional al de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina (ACCA): tal como se transmite por la TV, da vergüenza ajena, con invitados y/o candidatos que se presentan en shorts, en remera, con jeans en edad de jubilarse, en zapatillas; una producción errática, baches insostenibles, gente que decide irse dejando claros en la platea que el director de la transmisión se empecina en destacar mediante planos generales, un aire de improvisación generalizada. Un horror.


   La ACCA fue establecida en 1942 y durante algunos años tuvo cierto prestigio derivado de la estatura personal y profesional de sus socios, críticos y comentaristas de cine. Ese prestigio creció cuando decidió organizar el primer festival internacional competitivo, que tuvo lugar en Mar del Plata en 1959 y que durante sus primeras ediciones era muy respetado a nivel mundial. Sin embargo, también hacia fines de los 50 dieron comienzo las desinteligencias entre miembros de la Comisión Directiva determinando renuncias diversas que fructificaron en la creación del Círculo de Periodistas Cinematográficos de la Argentina (CPCA), de vida efímera.

Mar del Plata 1959: Abel Gance con
Nelly Kaplan, su protégé argentina

   Todavía hoy no entiendo cómo la ACCA me aceptó como socio, más o menos hacia 1967-1968, situación que debe ser leída como síntoma inequívoco de su incipiente decadencia. Yo era nadie entonces: ni un periodista profesional, ni siquiera un cronista especializado, sino apenas un cineclubista entusiasta que frecuentaba la sede de la entidad por la sencilla razón de que en su microcine nuestro Cine Club Núcleo ofrecía los jueves sesiones de cine argentino clásico retrospectivo [Recuerdo haber ido en el coche de Italo Manzi a buscar a Francisco Mugica para que presente uno de sus films de Lumiton: Mugica vivía en un edificio de la avenida Callao, justo enfrente de donde hoy vive Oscar Barney Finn]. Es que por entonces ya estaba embarcada en captar socios –agentes de Prensa, merodeadores de distribuidoras– como medio de sumar cuotas mensuales para el mantenimiento de su sede social.

   La que yo conocí estaba en la planta baja de un edificio de departamentos en Maipú 621: en un ambiente, la secretaría, donde reinaba la encantadora, sufrida Alicia de Tezanos Pinto; en otro, el microcine donde veíamos adelantos de los futuros estrenos; en el restante, el salón de reunión, imperaba Victorino Manuel Canabal, encargado del edificio que además atendía el bar y preparaba unos deliciosos sandwiches de pan francés con un jamón serrano y unas aceitunas españolas cuyos respectivos aromas invadían la entera sede. [Una nieta del gallego Canabal tuvo una efímera actuación en dos films de Torre Nilsson, muy destacada en La terraza y episódica en El ojo de la cerradura: le decían Belita y, para demostrar que todo quedaba “en casa”, la ACCA le concedió el premio a la revelación femenina por el primero de ellos, aunque estaba bien justificado]. En el barcito de Maipú fui poco a poco tomado como el “benjamín” por los cronistas más veteranos: uno de ellos, Mariano Hermoso, me llamaba jockey, por lo pequeño y liviano que era entonces. En el barcito asistí, un anochecer de agosto 1969, a una reunión en la que Lucas Demare, que acababa de llegar del Festival de Moscú, entregó a la jovencísima Ana María Picchio el galardón que obtuvo allí por su formidable actuación-debut en Breve cielo. Quien me presentó ante la Comisión Directiva para que me acepten como socio fue Hugo Suvcoplas, cronista del Heraldo del Cinematografista, quien también me alentó a escribir allí mis primeras, voluntariosas pero poco rigurosas colaboraciones periodísticas cuando esa publicación ya estaba a cargo de la viuda de Chas de Cruz, mi futura amiga Moira Soto.

Belita en La terraza

   Apenas fundada, la ACCA otorgó sus premios a la producción estrenada en 1942: esas distinciones carecieron de nombre hasta que, tan sólo desde 1985, fueron bautizadas Cóndor de Plata. Sin embargo, su continuidad anual fue quebrada en algunas ocasiones: 1957, 1974 a 1979, 1983. Hacia 1973, cuando la Comisión Directiva era digitada por Guido Merico, éste recuperó tres rubros (film, actor y actriz de comedia) sólo para que su amigo Enrique Carreras, sus films y su esposa ligaran algún premio: es que a partir de su tercera entrega anual tomó la costumbre de separar las actuaciones cómicas de las restantes, aunque no lo hizo en forma orgánica. Así, en 1944 distinguió a Pepe Iglesias por Mi novia es un fantasma, en 1945 a Niní Marshall por Madame Sans-Gêne, en 1946 a Enrique Serrano por Deshojando margaritas, en 1947 a Niní Marshall por Navidad de los pobres, en 1948 a Elena Lucena por La rubia Mireya y en 1949 a Luis Sandrini por Juan Globo. En 1980, y sólo por ese año, se desdoblaron las distinciones a films argentinos y extranjeros, esa vez para quedar bien con las empresas distribuidoras que solían aportar publicidad paga. Desde 1980 se dejó de considerar el rubro mejor film extranjero hablado en castellano. La cancelación de los galardones 1983 provocó una dura reflexión de Fernando Ayala, productor de No habrá más penas ni olvido, lanzado ese año:

   Sin embargo, esa comprensión que hubo de parte de muchos peronistas no existió de parte de un grupo de críticos, que en su momento manejaban la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina. Se cometió con No habrá más penas ni olvido y con nosotros una injusticia de la cual nos ha costado recuperarnos espiritualmente. La entidad resolvió declarar desiertos los premios correspondientes a 1983 mediante una fundamentación tan lesiva como para mezclar toda la producción de ese año con el gobierno del Proceso militar. El film había tenido un Oso de Plata en el Festival de Berlín, y no era de ningún modo un film del Proceso, aunque a los señores periodistas les haya parecido así. Ese grupo de periodistas, realmente, se empequeñeció a sí mismo con esa especie de trasnochado desquite. Hay dolores que quedan en lo más recóndito del alma porque las injusticias duelen: el tiempo colocará el film en su justo lugar en este renacer del cine argentino del que estamos tan gozosos”. [Fragmento de una grabación de Ayala para D. L., 1986].

Los tallos amargos: Carlos Cores,
Virginia Romay, Pablo Moret y Gilda Lousek

   Un índice de la desaprensión y el escaso rigor con que esos valores eran juzgados lo otorga la gran cantidad de errores que el siguiente listado (no exhaustivo, por cierto) pone en evidencia:

• En 1955, el actor portugués Antônio Vilar ganó su rubro por La Quintrala, pero su voz había sido doblada por otro actor (José Comellas), en tanto Ana María Cassán fue considerada la Revelación Femenina por Ensayo final aunque su voz también fue doblada (por Nina Nino), profesionales que en tal caso merecían al menos compartir el galardón.

• En 1956, Los tallos amargos ganó en Guión Original (Adolfo Jasca) y también en Guión Adaptado (Sergio Leonardo), lo que era inexacto en el primer rubro, ya que se trataba de una novela de Jasca publicada en 1955.

• En 1958, David Viñas ganó en el rubro Guión Original, pero su trabajo para El jefe estaba asimismo basado sobre un cuento suyo ya publicado.

• En 1959, el rubro Film Extranjero Hablado en Castellano fue para Cómicos, sólo que este film era en rigor una coproducción hispano-argentina.

• En 1967 Zuhair Jury obtuvo el premio al Guión Original por El romance del Aniceto y la Francisca, que adapta su cuento El Cenizo. Ese mismo año, Deborah Reed ganó el rubro Revelación Femenina por La chica del lunes, configurando un doble error, por ser extranjera –lo cual puede ser discutible– y por haber sido doblada (por Susana Sisto).

• En 1969, Astor Piazzolla fue consagrado por dos de sus partituras: La fiaca, que compuso especialmente para el film, y Breve cielo, éste un grueso error puesto que los fragmentos que se escuchan habían sido compuestos y grabados por Piazzolla para un álbum discográfico titulado Tango para una ciudad (Harmony-Discos CBS SAICF, nº 7118), editado en 1963.

• En 1970, el rubro Fotografía en Color fue otorgado ex aequo a Antonio Merayo y Ricardo Younis por Aquellos años locos, sólo que Younis –quien no figura en los títulos de crédito– reemplazó a Merayo un par de días por enfermedad.

Breve cielo: Ana María Picchio,
Alberto Fernández de Rosa y Adelqui Camusso

   Tras colaborar entre fines de los 80 y comienzos de los 90 en algunas de esas semanas de preestrenos que la ACCA organizaba en el verano marplatense, y a raíz de un affaire de “distracción” de los dineros recaudados en el que estuvieron involucrados –y por ello echados– tres directivos cuyos nombres omitiré puesto que dos fallecieron y el otro huyó al Paraguay, tomé la determinación de renunciar como socio puesto que sentí que ya no me representaba, que lo único que parecía interesar eran las ceremonias anuales y recolectar todo el dinero posible en concepto de publicidad, en su mayor parte proveniente de empresas cuyos films galardonaba. No fui el único: de a poco se fue conformando la filial argentina de la Fédération International de la Press Cinématographique (FIPRESCI), veterana y prestigiosa entidad con sede en París, con el resultado de que varios socios de la ACCA resultaron sus fundadores y primeros asociados. Entonces se creó una nueva camarilla en la que en apariencia no hay corrupción, que también entrega distinciones anuales y en la que sí hay miembros que saben de cine pero que, al menos algunos de ellos, incurren en un divismo y una soberbia fuera de tono. De ésta tampoco soy socio. De ninguna.

Leonardo Favio en El jefe

La AACCA

La Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina (AACCA), por su parte, fue establecida –Di Núbila dixit– por iniciativa de Manuel Peña Rodríguez y Chas de Cruz, quienes, debido a sus viajes a Hollywood, habían entablado relaciones con directivos de la Accademy of Motion Pictures Arts and Sciences, a cuya imagen y semejanza la conformaron y cuya fecha oficial de nacimiento fue la del 22.11.1941 en un local de la calle Riobamba 423. Es historia que la primera ceremonia de entrega de premios –que fueron bautizados Cóndor– contó con un invitado de lujo, Orson Welles, de paso en Buenos Aires.

   Luego de que el teniente coronel Juan Domingo Perón fuera votado en 1946 como Presidente de la Argentina, la entidad fue de a poco literalmente tomada por uno de sus socios, Luis César Amadori, quien se convirtió en su amo y señor, incluso “orientando” los galardones anuales. Ese despropósito acabó al mismo tiempo que el denominado “peronismo”: mientras el General huía cobardemente ante la agresión de sus propios pares militares de lo que se autodenominó Revolución Libertadora, Amadori renunció a la presidencia, que se sumió en el silencio hasta desaparecer: algunos cronistas apresurados indicaron años más tarde que había sido disuelta por aquella dictadura, lo cual no es cierto. En 1960 hubo un conato de darle nueva vida, que no prosperó.

   El 4.10.2000 se dio el primer paso para la constitución de una nueva Academia, intento que volvió a naufragar hasta que, en el primer semestre de 2004 fue cobrando forma la que tomó el nombre de la original apenas modificado (Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina), cuyo presidente inicial fue la actriz “God bless you”. Sin embargo, el empujón definitivo tuvo lugar a mediados de 2006, con el productor Pablo Bossi como titular. Su primera entrega de premios, denominados Sur, fue concretada el 13.12.2006.

   La última ceremonia de premiación que vi por TV (¡nunca más!) fue la de la AACCA de agosto 2024, durante la cual, no sin horror, advertí las mismas calamidades que mencioné en las ceremonias de los Cronistas: errores imperdonables de la producción; la repetición ad infinitum de la palabra “película” (¿acaso se trata de otra cosa?); una patética carencia de un más amplio vocabulario al momento de agradecer el galardón; la infantiloide falsa excusa de comenzar diciendo “estoy sorprendido”, “no me lo esperaba” o “no estaba preparado para esto” (¿acaso no sabías, imbécil, que figurabas entre los postulados?); las mismas butacas vacías a medida que avanzaba la noche. En fin…

   Una reflexión común a ambas entidades: si la mayor parte de los ganadores machacan, algo culposamente, que el cine es un trabajo de equipo, ¿por qué no premiar el trabajo de cameramen, jefes de producción, asistentes de dirección, modistas, utileros, reflectoristas y colaboradores diversos? Mejor aún: ¿por qué no premiar sólo al mejor film del año, que comprendería a todos los involucrados?

FILMS MENCIONADOS
Aquellos años locos (Enrique Carreras, 1969)
Breve cielo (David José Kohon, 1968)
Cómicos J. A. Bardem, E/A, 1953)
Deshojando margaritas (Francisco Mugica, 1945-1946)
Este es romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más… (Leonardo Favio, 1965)
La fiaca (Fernando Ayala, 1968)
El jefe (Fernando Ayala, 1958)
Juan Globo (Luis César Amadori, 1948)
Madame Sans-Gêne (Luis César Amadori, 1944)
Mi novia es un fantasma (Francisco Mugica, 1943-1944)
Monday’s child / La chica del lunes (Leopoldo Torre Nilsson, EEUU/A, 1966)
Navidad de los pobres (Manuel Romero, 1947)
No habrá más penas ni olvido (Héctor Olivera, 1983)
El ojo de la cerradura (Leopoldo Torre Nilsson, 1964)
La Quintrala –Doña Catalina de los Ríos y Lisperguer– (Hugo del Carril, 1953-1954)
La Rubia Mireya (Manuel Romero, 1948)
Los tallos amargos (Fernando Ayala, 1955-1956)
La terraza
(Leopoldo Torre Nilsson, 1962)

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