BIOGRAFOS
Dos piojeras
“Enfrenté luego otro cinematógrafo, llamado Myriam,
donde exhibían una película que debía de tratar, a juzgar por los cartelones,
de gente pobre, de abrigos viejos, de máquinas de coser y de un montepío. […]
El local tenía dos entradas, la del frente y una lateral, sobre el café
contiguo. […] En la pared de la izquierda se abrió la entrada, sobre la
penumbra del cinematógrafo, tapada en parte por un cortinado de raído
terciopelo verde. De tanto en tanto ondeaba el cortinado, azotado por el ir y
venir de mujeres, por lo general negras, que entraban solas, para volver de
allí acompañadas”: Adolfo Bioy Casares memoraba de esa manera (en El lado de la sombra, 1962) un cine que
sólo él escribe con “y”, y tal vez así fuera en realidad, aunque las pocas
menciones en su torno lo hacen con “i”.
Esa sala
estaba ubicada en Suipacha 686, esto es, casi al filo del cruce con la
avenida Córdoba, predio en el que, antes, funcionaba el Eslava 2º, inaugurado el 22.5.1912 y cerrado el 25.9.1924, para
ser rebautizado, desde el día siguiente, Miriam, cuya fecha de cierre no ha podido ser establecida. Era,
sin dudas, un cine casi secreto, puesto que publicaba su programación sólo en
un par de diarios, cuando lo hacía. Aunque exhibía todo tipo de films, fue poco
a poco especializándose en aquellos del subgénero “realista”, de moda en casi
todo el mundo hacia finales de los años 20: sin embargo, para la Semana Santa
tampoco esa piojera se privaba de programar alguna vetusta versión del drama de
la Pasión, acaso en un intento por lavar sus pecados del resto del año.
Hay registro
de muchos argentinos mudos exhibidos en el Miriam, desde Nobleza gaucha (Humberto Cairo, 1915) hasta La mujer y la bestia (Nelo Cosimi, 1928), con especial frecuencia
los “realistas” de Moglia Barth y casi todo lo que producía Julio Irigoyen. Uno
de Moglia con Azucena Maizani, Afrodita
(que firmó con el pseudónimo Pierre Marseille), había sido estrenado en el San
Martín (Esmeralda 255) y de inmediato cruzó al Miriam, que lo programó de
manera sostenida durante 16 días, toda una hazaña en tiempos en que los films,
luego del lanzamiento, recorrían los barrios pero por uno o dos días. Otro
récord se verificó con uno de Irigoyen, La
casa del placer (1928): estrenado el 7.1.1929 en el Porteño (Corrientes
846) con 11 días en cartelera, pero al acceder al Miriam el 10.3 se mantuvo
durante casi un mes; en uno de esos días, compartió el cartel con Metropolis (Metrópolis, 1927), el clásico alemán de Fritz Lang: ¡imagine el
lector la comparación! Sin embargo, el Miriam no se privó de estrenar en
exclusiva dos producciones locales: el 5.8.1927 El instante del pecado (Moglia Barth, 1927), exhibido durante 6
días, y el 12.7.1928 Carne de todos
(Leopoldo Torres Ríos, 1928), por apenas una semana.
A Bioy el Miriam parece haberle “pegado” de manera particular, puesto que vuelve a mencionarlo en Descanso de caminantes (2001), sus memorias publicadas póstumamente: “Fue en Cangallo, 2330 (o 2230), donde formamos fila Drago, Julito, Charley y yo, para pasar por los brazos de la Negra, prostituta que «levanté» para todos, en el cine Myriam, y que me dio dos recuerdos: un naipe (besado con sus labios con rouge) con nombre y dirección, y una fotografía que la muestra con un sweater de cuello ceñido a horcajadas de su rufián. Yo tenía doce o trece años. Hoy le cambiaron el nombre a la calle”. En el capítulo “El refugio de Eros” de su ensayo Palacios plebeyos (2006), Cozarinsky también lo rescata en una cita: “En el grácil volumen de Memorias que redactó cerca del final de su vida, Adolfo Bioy Casares recuerda el cine Myriam, de la calle Suipacha, donde muchas aficionadas ejercían el oficio y corrían espantadas por los pasillos cuando se presentaba sin aviso la policía. No he logrado hallarlo en la cartelera de los diarios. Se me ocurre que su programa debió ser tan aleatorio (y poco importante para los espectadores) como, muchos años más tarde, el de otro cine ausente de las carteleras: el Armonía, en la avenida Rivadavia, cerca del Once, refugio de cinéfilos que en él hallaban copias destrozadas, meros restos de films inhallables, que otros cines hubiesen rehusado programar”.
Armonía…
Hubo tres cines porteños con ese nombre: en Parque Chacabuco lucía La Armonía (Asamblea
1000); en Almagro el Armonía (avenida Belgrano
3270), tan antiguo como que había sido
inaugurado en los años 10 y que solía ser mencionado como Armonía 1º, que
fue refaccionado y reabierto por el empresario Vaccaro en diciembre 1928
cerrando sus puertas en 1933 para dar paso, en ese mismo solar, al Lumière (1934-1953), al Roberto Casaux
(1953-1956) y finalmente al Alas
(1956-1960). El tercero es el que interesa en este artículo y el que le
interesaba a Edgardo: el Armonía de
Balvanera (Once, bah…): “En 1908, en un misérrimo galpón ubicado en la avenida Rivadavia 2650,
funcionó el Biógrafo Colón, especializado en proyectar películas francesas” y
en 1915 rebautizado y más adelante comprado por Pablo Coll, de acuerdo a las
memorias de Jorge Alberto Portela recogidas en 2021 por el sitio web “El arcón
de la historia argentina”.
A diferencia del Miriam, el Armonía jamás
anunciaba su programación en las carteleras de los diarios, era cuestión de
darse una vuelta por allí al menos una o dos veces a la semana y estar atento a
los afiches, más bien a los restos de ellos, puesto que solía deparar sorpresas
que todo cinéfilo apreciaba. Títulos que hoy serían considerados “de culto”
pero que sus distribuidores mantenían en un rincón del depósito en latas
crecientemente cubiertas por el polvo, solían ser los preferidos de los dueños
de esa sala, que por una localidad en pesos ridícula servía de refugio seguro
para la marginalidad que suele merodear cerca de las stazione termini. Conocí el Armonía cuando su dueño era don Antonio
Alvarez, a quien accedí a través de sus hijos, Tony, Rosalía y Alfonso, cuando
éstos inauguraron en 1968 el Lorca (Corrientes 1428), que antes había sido
Eclair, que a comienzos de los 60 exhibía el stock de la Distribuidora
Franco-Argentina de Films (DIFA): la
familia Alvarez también detentaba el Avenida (Avenida de Mayo 675, otra
piojera). El caso es que cierto día de los primeros 70 Tony me obsequió con una
tarjeta personal que me autorizaba a entrar gratarola en el Avenida y en el
Armonía: al primero iba con cierta frecuencia, pero al segundo nunca me le
animé, ya que su fama lo precedía. Por cierto, pasaba por su puerta con
frecuencia porque viajaba en el FC Sarmiento, y en una de esas pasadas don
Antonio estaba allí, veredeando: “Pase López, si gusta”, invitó, agregando al
ver mi dudoso gesto: “No tenga miedo, lo más inocente que le puede pasar es que
le roben la billetera…”. Chapeau.
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