TEMAS
Privadas eran las de antes
Fernando Ayala y Héctor Olivera dispusieron una avant première
de La Gran Ruta en la trasnoche del
sábado 2.10.1971 en el Gran Rex y al mismo tiempo, con acertado criterio,
decidieron que oficiara de exhibición (nada) privada para el periodismo: así,
un reducido, exclusivo grupete de ellos –recuerdo al Negro Dominianni, a
Bartolo de Vedia, a Carlos Morelli, a Isidro Gabriel, al Colorado Ferreira, al
Negro Sammaritano y a Antonio Cucurullo, algunos con sus esposas o amantes–
fueron invitados antes a cenar en Pedemonte (que reinaba entonces en Esmeralda
59) tras lo cual en alegre caravana todos caminamos las tres cuadras que
separaban el restaurante del cine. La idea era que un film de esas
características –se trataba de una comedia picaresca, de hoteles– requería ser
visto por los críticos en medio de la bullanguería propia del público de
trasnoche.
En las épocas en que el cine era mudo, las funciones privadas para el periodismo se ofrecían por la mañana y en cines convencionales, ya que entonces no existían los microcines. Aquellas privadas poco tenían de privado, ya que los diarios informaban sobre ellas con el resultado de que una multitud de colados se abalanzaba sobre el cine en cuestión menos por el interés que podía despertar un nuevo film vernáculo que por asistir gratuitamente. Ignoro cómo se abordaba la cuestión en los años 30 a 60, pero desde que accedí a ellas (como cronista incipiente y poco después como agente de Prensa y como cronista profesional) había muy pocos microcines céntricos disponibles. En el de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina (Maipú 621) veíamos en la segunda mitad de los 60 adelantos de estrenos cedidos por sus distribuidores; allí se practicaba un ritual ya en desuso: el del diálogo entre pares sobre el cine y los films.
Algunas empresas
distribuidoras detentaban microcine propio: Artistas Unidos (Lavalle 1747),
Universal (Lavalle 1860), Fox (Lavalle 1878), Columbia (Lavalle 2086),
Paramount (Ayacucho 518, donde el capo
Fred Sill y la encantadora Adelita Martí convidaban whisky con papitas fritas),
Estudios San Miguel (Ayacucho 555), Pel Mex (Ayacucho 558, el más precario de
todos, con butacas que parecían a punto de sucumbir ante el peso del invitado),
Warner Bros. (Tucumán 1938) y Rank (Riobamba 356), así como salas con
microcine, como las del Opera y el Atlas, a las que precedíamos la palabra petit, y los de los principales laboratorios,
Alex (Riobamba 429), Tecnofilm (Riobamba 477) y Lowe (Bartolomé Mitre 1971).
Con los años, muchos de estos locales cambiaron de dueño, otros desaparecieron
y otros germinaron, como el de Ayacucho 595, que era parte de un edificio de
varios pisos en la esquina con Tucumán que pertenecía –como varios otros en el
barrio– al distribuidor Vicente Vigo, por lo que el microcine era mentado como
“lo de Vigo”. Otras privadas, extendidas a los actores y técnicos de un film
argentino recién terminado, tenían lugar en la sala 7 de Alex, en Núñez: un
chiste que circulaba en el gremio decía que aquel film horrible que nunca
consiguió distribuidor y por lo tanto jamás accedió a un cine “se estrenó en la
sala 7”.
Los usos y costumbres de aquellos años 60 y 70 indicaban que sólo accedían a las privadas aquellos cronistas que eran expresamente invitados. Eran tiempos sin correo electrónico, por lo cual los agentes tomábamos el teléfono e invitábamos a determinado crítico de un medio. Un anécdota personal –que por cierto no habla bien de mí– ilustra este punto: recuerdo cierta noche de 1975 estar recibiendo a mis invitados a la privada de Triángulo de cuatro en el petit Atlas, precedida por un un cóctel, cuando de pronto vi que llegaba un periodista de Clarín –¡nada menos!– que no había sido convocado; lo atajé en medio de la escalinata y le expliqué que se trataba de una función privada, ante lo cual el diminuto colega obedeció sin chistar y, cabizbajo, se fue, situación de la cual todavía hoy me avergüenzo, por lo arbitraria. Sin embargo, aquel renuncio personal contrasta con lo que –me cuentan– ocurre desde fines del siglo XX, cuando las privadas de algún extraño modo volvieron a los años del cine mudo y se han convertido en festejos multitudinarios a los que asisten los cronistas invitados más una buena cantidad de colados diversos. Desventajas del e-mail.
Una de las invitaciones a
privadas más originales que recuerdo fue la hecha llegar a los periodistas de
la siguiente manera: un sobre marrón que contenía una lata de películas tamaño trailer
que a su vez contenía un disco de 33 rpm., elementos sin indicación alguna de
su remitente o de su contenido. Había, sí o sí, que escuchar el disco, en el
que la voz de Dimma (Zecchin, modelo publicitaria de aquellos años) invitaba
tal día a tal hora en tal lugar a la privada de Paula contra la mitad más uno, film del que era la Paula del
título. Otra, convocada para una mañana de octubre 1973 en el Cinema Uno de la
calle Suipacha por Teresa Yuño, que era la jefa de Publicidad de Artistas
Unidos, fue tan multitudinaria y tumultuosa que terminó con más de un contuso y
en medio de gritos y forcejeos: íbamos a ver por primera vez el prohibidísimo Ultimo tango en París.
Una privada original fue la que
urdieron –otra vez ellos– Ayala y Olivera con Vicky Di Núbila, entonces su jefa
de Publicidad; fue en agosto 1969 en el andén 14 de la estación terminal
Constitución, en tres coches del tren Los Arrayanes: en uno los periodistas
apuramos un trago, en el coche-cine vimos El
profesor patagónico y en el coche-comedor, pasada la medianoche, se sirvió
una espléndida comida.
A inicios de los 90, cuando por necesidad retomé esa segunda profesión de promotor para empresas de gente amiga (el Colorado Zupnik, Juan Carlos Crespo y Cacho Irazábal, Luisito La Valle, Juan Carlos Areco), organizaba una primera privada mañanera en lo de Vigo, con café y medialunas, para mis colegas más íntimos (Moira Soto, Chuqui Ojam, Alberto Tabbia, Fernando López, el Gordo Vinelli), ocasión en la que yo mismo veía por primera vez el film, para luego, en días posteriores, invitar a los cronistas restantes.
Hoy, me dicen que las privadas
están en tren de desaparición: los agentes de prensa envían el film al correo
electrónico de los cronistas...
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