TEMAS
Maricones
& tortilleras (VI)
Década, la de los 80, de “pase
del testigo” entre las chabacanerías homofóbicas de las anteriores –que nunca
desaparecerán del todo, como se verá– y las nuevas miradas sobre el tema, en especial
luego de la recuperación del Estado democrático (fin de 1983), cuyas
autoridades erradicaron de cuajo toda censura previa. Antes, como de costumbre,
un poco de diversión:
> –¿Usted también es así? –¿Así cómo? –Como ellos, como él. –¿Melancólico? –No, gay. –¿Gay yo? No. Yo soy marica. –Vaya… ¿pero, no es lo mismo? –Sí, pero yo soy más anticuado. [Diálogo entre el maduro amigo (Ennio Fantastichini) del muerto y la mujer (Lunetta Savino) del padre del muerto en Saturno contro (Ferzan Ozpetek, 2006)].
> Santa Fe, noviembre 1989. Asisto al Festival
de Cine que organizan mis amigos de Pro-Arte (José María, Checho, Pedro,
Marcelo et al), con quienes gustosamente colaboro. Un caluroso mediodía
voy a la playita de Piedras Blancas: destaca un grupo de pendejos de una
belleza apabullante, con esos ojos verdes típicos de aquella región. Por la
noche hay fiesta en la mansión de un maduro arquitecto local. Vuelvo a ver a
los mismos pibes de la playa: alguien me susurra que todos son chonguitos del
anfitrión.
> Si me pidieran que defina “hipocresía” diría:
Cacho Castaña y el Bambino Veira profiriendo chistes homofóbicos por TV
en un programa de corta vida: desde el más allá, Juanito Belmonte, Pedrito Rico,
Francesco De Ecli Negrini y Paco Jamandreu volverían a morirse ...pero de la
risa.
> A comienzos de los 80, alguien descubrió in
fraganti en un camarín a una popular ¿actriz? practicándole una fellatio
a un popular actor, ambos casados pero no entre sí. Desde entonces, cada vez
que la mencionaba en su columna de chismes de Crónica, Néstor Romano
adjetivaba “la clarinetista”. Tiempo después, un amigo mío, periodista, entrevistando
a esa mujer más famosa por su promiscuidad sexual que por sus logros
artísticos, le preguntó en un aparte si no estaba harta del apodo. “Sí, claro,
pero... decime Luisito: después de todo, ¿quién no ha chupado una pija alguna
vez en la vida?”.
Y entremos en tema, con la
aclaración de que los 80, debido a la gran cantidad de films ad hoc, será desplegada en dos diversos
artículos.
Sentimental –Requiem para un amigo– (Sergio Renán, 1980). Enrique Pinti interpreta, estupendamente por cierto, a un homosexual
afeminado (en ademanes y en vestimenta) que suele disparar agudas réplicas,
como cuando conoce a Renán (“Podés darme la mano, no es contagioso”) y éste le
pregunta qué es él de Alicia Bruzzo (“El marido seguro que no”); luego, Pepe
Soriano se refiere a él como “el marica”, y Pinti mismo se define con ironía de
ese modo (“Pregúntele al marica: ¿qué quiere saber?”). En otra escena, Soriano,
Renán y Guillermo Rico se disponen a salir a comer: Soriano levanta una pierna
hacia atrás e invita “¿Vamos chicas?”.
Ritmo, amor y primavera
(Enrique Carreras, 1980). “Los tres son…
cachagranizo, son del otro bando, les hace agua la canoa, se entienden solos,
esos muchachos, qué delicados son”; “Si son así,
como dice tío...”; “Es medio raro”; “Macho menos”; “Son del otro sindicato”,
“Pateamos en contra”; “¿Qué somos, del club de las locas?”: andanada de frases
homofóbicas disparadas por algunos personajes de este film apto para todo
público, provistas por el guionista Carreras, quien, para tranquilizar la
conciencia de sus fieles, sufridos espectadores, deja bien en claro que todo
ello parte de un equívoco, que “los tres” (Cacho Castaña, Carlos Andrés Calvo y
Carlos del Burgo) son bien machitos, faltaba más.
De la misteriosa Buenos Aires…. (1981). Tres episodios adaptados de sendos relatos de Manuel Mujica
Lainez. En el tercero (El salón dorado –1906–), dirigido por
Oscar Barney Finn, la mucama “Ofelia” (Julia von Grolman) está secretamente
apasionada por “la niña Matildita” (Graciela Dufau), pero sólo se anima a
manifestarle su amor, mediante un beso en la boca, cuando muere en sus brazos.
Los piolas no se casan…? (Enrique Cahen Salaberry, 1981). El guionista Fernando Siro pone en boca de Darío Vittori la sentencia “El mundo está lleno de giles y de maricones”, y luego en la de Luis Tasca esta otra joya: “En mi época un hombre era un hombre, en cambio ahora... (a su esposa) Decime, ¿en qué año salían los maricones a la calle? Hay que ser realistas: si son como las cucarachas, cada día hay más”.
Tiempo de
revancha (Adolfo Aristarain, 1981). Gay
touch del tipo de los ingenuos: Federico Luppi y Ulises Dumont se
reencuentran tras varios años y se abrazan efusivamente; Dumont le dice: “Largá
che, que si nos ven van a pensar que somos trolos”.
Señora de nadie (María Luisa Bemberg, 1981-1982). En su derrotero pos separación
matrimonial, Luisina Brando conoce a un muchacho homosexual con quien establece
primero una amistad y luego una convivencia, casta y pura por supuesto, ya que
él (Julio Chávez) tiene un amante brasileño, negro, futbolista y casado. Pero a
pesar de todo su feminismo y su liberalidad, Bemberg tuvo que incluir
una secuencia en la que Chávez vuelve de la calle con señales de haber sido
golpeado y robado, dando a entender que el agresor era un “chongo” casual. El
destino de un puto es ser golpeado y robado, pensaría Bemberg, como más
adelante en su filmografía el destino de una enana será, claro, terminar en un
circo.
Somos? (Carlos Hugo Christensen, 1981-1982). Todo el asunto respira homosexualidad mal asimilada, pero la anécdota se centraliza en la búsqueda de la sexualidad de un adolescente (Nicolás Frei), presionado por un padre machista (Jorge Martínez) y en contacto con personajes estrafalarios, uno de los cuales (Jorge Sassi) es homo e intenta seducir al jovencito, sin lograrlo.
Volver (David Lipszyc, 1982). En su monólogo frente a un
boxeador japonés borracho que tal vez ni siquiera lo entiende, “el Tano Caselli”
(Héctor Alterio) le cuenta que su hijo de 18 años es “marica” y que ni siquiera
tiene el valor suficiente para enfrentarlo.
Pubis angelical (Raúl de la Torre, 1982). Travestismo:
uno de los varios personajes animados por Alfredo Alcón es femenino, una falsa
mucama.
Espérame mucho (Juan José Jusid, 1982). Un niño es objeto de burla de sus compañeritos de
la colonia de vacaciones, algunos de los cuales intentan violarlo en las
duchas: ambas secuencias fueron eliminadas de las copias de estreno, por orden
del Ente de Calificación Cinematográfica aunque, una vez derogado ese
organismo, repuestas para las exhibiciones por TV.
El desquite (Juan Carlos Desanzo, 1983). Uno de los asesinos (Pablo Brichta) es
homosexual, y en la secuencia en la que Rodolfo Ranni irrumpe en su habitación
para matarlo lo encuentra en la cama con otro hombre (Esteban Visi).
The warrior and
the sorceress (John Broderick, EEUU/A, 1983).
Hay un lagarto homosexual (¡!) que mantiene relaciones íntimas con su amo
(Guillermo Marín): debajo del disfraz del lagarto Rapsel estaba el enano-actor
Miguel Fontes, quien por cierto no fue acreditado.
El caso Matías (Aníbal Di Salvo, 1983). Un caso clínico en cual el protagonista es homosexual y durante su internación es varias veces abusado, además de él mismo buscar compañía masculina.
La historia
oficial (Luis Puenzo, 1984). Uno
de los alumnos (Diego Cosín) es objeto de burla de sus compañeros (se escucha
un “¡trolo!” a él dirigido), situación que no parece incomodarle; cuando el
profesor de Literatura (Patricio Contreras) les lee Juan Moreira
mientras ellos representan los personajes y pregunta “¿Quién hace de Vicenta?”,
todos miran a Cosín y lo empujan al frente: él parece encantado con la
situación, pero en momento alguno mariconea.
Pasajeros de
una pesadilla (Fernando Ayala, 1984). 1) En
una reunión de estudiantes de teatro, en Tandil, dos varones están tomados de
la mano: uno de ellos es Antonio Barrio, script
del film; 2) Alicia Bruzzo a su marido Federico Luppi: “Hasta para ser trolo
hay que tenerlas bien puestas”, en referencia al affaire que él tuvo con
un jovencito que ahora lo chantajea; ella agrega que hubiera sido preferible
que se hubiera acostado con algún “chongo”, que a lo sumo lo hubiera robado o
matado, opciones que –dice– serían menos peligrosas, y le sugiere que lo haga
con su secretario (Omar Abdala) “que está muerto con vos”; 3) Los hijos, al
enterarse de que su padre tiene una amante (Gilda Lousek): “Al menos esta vez
es con una mujer”.
Barbarian queen (Olivera, EEUU/A, 1984). Incluye dos singulares
casos de travestismo bizarro: la gorda Matilde Mur interpreta a un eunuco y el
actor John Head (también conocido como Carita) a la guerrera “Alfana”.
En retirada (Desanzo, 1984). Ofrece dos gay touchs: en un cine, un hombre
(Lelio Lesser) se sienta junto al protagonista (Rodolfo Ranni), con evidentes
intenciones de levante, pero Ranni lo mira con profundo asco. El segundo
responde a un equívoco y está bien resuelto desde la actuación, resultando muy
divertido: de pie en un colectivo, Ranni amenaza a Gerardo Sofovich con un
revólver mientras le habla al oído: el chofer (Néstor Francisco) los mira por
el espejo retrovisor y dice “A ver esos dos si la cortan con los mimos y se me
corren...”.
Asesinato en el
Senado de la Nación (Jusid, 1984). En
las secuencias que transcurren en el prostíbulo hay una profesional lesbiana
(Mónica Galán) y un mucamo afeminado (Olkar Ramírez).
Todo o nada (Emilio Vieyra, 1984). Hay un homosexual que actúa de transformista
(Jean-François Casanovas), amante de un hampón (Rogelio Romano), y en una
escena le practica una fellatio al héroe (Adrián Martel).
Darse cuenta (Alejandro Doria, 1984). María Vaner sale de su depresión alcohólica
cuando empieza a trabajar para “Pepe y Mario, los chicos de la esquina, los
peluqueros”; además, su hijo probablemente es homosexual: se va a España, donde
vivirá en casa de “un amigo” con el que más adelante se muda al Canadá.
El juguete
rabioso (José María Paolantonio, 1984).
El film reproduce la secuencia de la novela de Arlt en la que “Silvio Astier”
(Pablo Cedrón) debe compartir una habitación con quien el autor sólo menciona
como “el homosexual del hotelucho”, bautizado “Tristán” en el film (Nicolás
Frei), en determinado momento “Tristana”, vestido con ropa interior femenina.
Mingo y Aníbal
–Dos pelotazos en contra– (Cahen
Salaberry, 1984). La villana Naanim Timoyko trata de seducir a Juan Carlos
Altavista, a quien tiene secuestrado y maniatado: “Es el primer tipo que se me
resiste; me parece que este...”; Altavista: “Pará la mano que soy bien normalito”.
Atrapadas (Di Salvo, 1984). Subgénero cárcel de mujeres, por lo tanto allí están dos
celadoras machorras, interpretadas por Cristina Murta
y Adriana Parets.
Adiós, Roberto… (Enrique Dawi, 1984). El recuperado estado democrático y la abolición de
toda censura posibilitaron la realización de este primer film argentino en
abordar como tema central la cuestión homosexual. “Roberto” (Carlos Andrés
Calvo) acaba de separarse de su esposa y termina compartiendo un departamento
con “Marcelo” (Víctor Laplace), un soltero que resulta ser homosexual, algo que
Roberto advierte tardíamente para, cuando se aviva, convertirse sin transición
en su amante tras la excusa de una borrachera. La relación se ve invadida por
diversos “fantasmas” del pasado de Roberto: los padres, su primera novia, su
primera prostituta, el cura que lo confesaba, un guapo de barrio ahora
convertido en represor –innecesario toque de actualidad–, su mejor amigo
(“¿Cómo te vas a andar clavando un trolo, vos, el macho de Floresta?”). Dado
todo lo cual, Roberto confiesa sentirse “bastante desesperado” y consulta no a
uno, sino a dos psicoanalistas. El final es conformista, tanto como para no
asustar del todo a los espectadores varones heterosexuales. En la historia, se
dijo, hay dos terapeutas, y en los créditos figura además una asesora
psicoanalítica, pero nadie le explica al pobre Roberto que lo suyo no es tan
terrible como él supone, que todo ser humano atraviesa en algún momento de su
vida deseos por alguien de su propio sexo, algo que ocurrió, ocurre y ocurrirá
en Floresta tanto como en un barrio de Estocolmo. Dawi era un confeso
homofóbico, lo mismo que su productor ejecutivo Jorge Velasco, éste más que
homofóbico “mataputos”, detalles que revelan que el interés principal del
proyecto no pasaba por explorar el “asunto” homosexual sino por explotarlo
comercialmente: la realización de Dawi es un tanto más cuidada que de
costumbre, pero resuelve la mayor parte de las escenas con los actores sentados
a una mesa (de comedor, de cocina, de living, de bar, de cóctel) y cuando
Roberto, en su oficina, recibe un llamado de su “amigo” todos los
oficinistas (incluyendo los que están detrás de un vidrio) se acercan y lo
miran: sutileza era una palabra ajena a Dawi. El argumento es de Lito Espinosa,
quien, no satisfecho, hizo que la mejor amiga de Marcelo sea lesbiana (María
Cristina Láurenz).
El telo y la
tele (Hugo Sofovich, 1984). Uno de
los postreros ejemplos de comedia picaresca a la argentina. Contiene tres
toques gay: Alberto Busaid llorando al despedirse de su joven chonguito
(Juan Albuquerque); un empleado afeminado de la casa de masajes (Gustavo
Braiand) y, créase o no, ¡Víctor Bo! como un colectivero maricón… [Continuará]
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