TEMAS
Maricones
& tortilleras (VII)
[Continuación
de la década de los 80] La película del rey (Carlos Sorín,
1985). Villanueva Cosse interpreta a un actor homosexual que viola a un
lugareño menor de edad (Guillermo Schaft), situación tomada de otra, real,
acaecida durante el rodaje (inacabado) de La Nueva Francia (Juan Fresán,
1972) y que tuvo como protagonista al actor Bernardino Rivadavia, chisme este
último revelado por uno de los testimoniantes en Un rey para la Patagonia
–Una superproducción subdesarrollada– (Lucas N. Turturro, 2009-2010).
Los gatos (Carlos F. Borcosque, 1985). Ricardo Castro Ríos se casa con Camila
Perissé, pero luego levanta a un bonito rubiecito (Martín Braun) al que le
permite conducir su coche.
Hay unos tipos
abajo (Emilio Alfaro y Rafael
Filippelli, 1985). Dos situaciones fuera de contexto: un hombre (Alejandro
Ceara) aborda a Luis Brandoni con intenciones sexuales, aunque sin resultados;
Soledad Silveyra y Sofía Viruboff son amantes (Viruboff figura acreditada como
Sofía Villamil).
La búsqueda (Desanzo, 1985). Al igual que en Una
mariposa en la noche, una secuencia se adelanta en más de veinte años a la
realidad: en una fiesta “loca” se celebra un “casamiento” entre homosexuales
varones (Daniel Leibyker y Marcelo Gómez). Desanzo parece tener una fijación
con el tema, en este caso con argumento de Lito Espinosa, el autor de Adiós, Roberto…
Sucedió en el
internado (Vieyra, 1985). La acción, donde
el título indica: por consiguiente, allí están las tortilleras Marcela Ruiz (profesora)
y Adriana Parets (celadora).
Tacos altos (Renán, 1985). Hay un homosexual (Willy
Lemos, en su debut en cine) que se gana la vida prostituyéndose como travesti y
resulta asesinado por un levante ocasional (Oscar Ferrigno junior).
Sin querer,
queriendo (Hebert Posse Amorin, 1985). El
maduro y adinerado Enrique Liporace conforma una pareja gay con el joven Omar Abdala, este en su segundo homosexual tras el
de Pasajeros de una pesadilla;
además, Vicky Olivares sostiene relaciones lésbicas con Gigí Rua.
Seguridad
personal (Di Salvo, 1985). Lesbianismo, a
cargo de las actrices Clara Martí y Patricia Santos, y un buen chiste cuando la
muy ordinaria Doris Perry, rechazada en sus avances, le dice a Darío
Grandinetti: “¿No serás trolo vos, che?”.
Malayunta (José Santiso, 1985). La casera Bárbara Mujica le pregunta a su inquilino
Miguel Angel Solá: “Dígame, ¿usted es homosexual?”, y él le repregunta: “Y
usted, ¿es lesbiana?”.
Seré cualquier
cosa pero te quiero (Carlos Galettini, 1985). Mabel
Manzotti le confiesa a su amiga Dora Baret que su marido la dejó por otro
hombre.
Correccional de
mujeres (Vieyra, 1985-1986). Otra vez
sopa: Ana María Casó es una celadora lesbiana, y
el jefe de la organización criminal (Julio De Grazia) es homosexual y fisgón. Resultó el último film de Thelma Stefani, quien cometió suicidio trece días
después del estreno: no hay evidencia de que ambos hechos estuvieran
conectados.
Otra historia
de amor (Américo Ortiz de Zárate, 1986).
Escrito por el director con Juan Carlos Brow, quien entonces era su pareja
sentimental, he aquí el primer film argentino auténticamente gay, especie
de love story que narra el tardío descubrimiento por parte de Arturo
Bonín (ejecutivo, casado, padre de un hijo veinteañero) de su hasta ese momento
latente condición homosexual, que aflora tras conocer a Mario Pasik, un asumido
y desprejuiciado empleado suyo que, sin rodeos, le confiesa “usted me gusta”,
en una de las secuencias más regocijantes de que se tenga memoria. El
atribulado Bonín, no sin dudarlo, acepta al fin su condición, abandona el hogar
y forma pareja con Pasik, en un saludable final feliz que sólo un espíritu
burlón y transgresor como el de Américo pudo llevar a cabo. La visión romántica y en cierto modo pudorosa de su autor contrastaba con
la mirada perversa de Fassbinder, desesperada como la de Visconti, marginal
como la de Pasolini, burlona como la de Edouard Molinaro en La Cage aux
Folles (La jaula de las locas, 1978) o enfermiza como la de William
Friedkin en Cruisin (idem, 1980) y se aproximaba, en cambio, a la de
Arthur Hiller en Making love (Su otro amor, 1982). “¡Soy un ser
humano!”, grita Pasik cuando su relación con Bonín se hace pública, y eso es lo
que pretendía Ortiz de Zárate, considerar a sus personajes como personas antes
que como marionetas afeminadas para dejar tranquilas algunas conciencias. Vista
en retrospectiva, la actitud del personaje de Bonín –la de un aparente
heterosexual que atraviesa la barrera no sin derribar sus propios miedos–
recuerda a la que muchos años más tarde asumirían los personajes de Brokeback
Mountain (Secreto en la montaña, Ang Lee, EEUU, 2005), provocando
cierta inquietud en los espectadores masculinos y, por cierto, mucha más en sus
novias y esposas. Ese tratamiento, tendiente a identificar al homosexual como a
una persona, está brillantemente apuntalado en el hecho de que el personaje que
anima Pasik no es, de ningún modo, afeminado; también a que las mujeres de la
historia no son el enemigo ni tampoco la solución final para que las
conciencias heterosexuales masculinas se mantengan en paz consigo mismas. En
definitiva, el film es de una valentía a toda prueba, que evita la hipocresía y
el final complaciente.
Te amo (Eduardo Calcagno, 1986). Gogó Andreu compone con extrema sutileza a un viejo actor homosexual, apodado “Pepé” y tío de la protagonista de la historia, en la que también anda por ahí el transformista Willy Lemos.
A dos aguas (Carlos Olguín, 1986). Drama alrededor del tema homosexual, del que ofrece
una mirada retorcida, oscura, conflictuada y como disimulada entre otros temas
que resultan a todas luces secundarios y hasta oportunistas. El film es como su
protagonista (Miguel Angel Solá), un homosexual no del todo asumido como tal,
tarea que deja a cargo de su alter ego
(Jorge Sassi). Además, hay un par de lesbianas (Mónica Lacoste, Julieta Salas)
y unos cuantos putos rondando la historia (Mario Sánchez Rivera, Luis Romero,
Edgardo H. Ferste, Guillermo Méndez), además de Gastón Milli, que interpreta a
un actor que interpreta a un intelectual gay.
Cartón lleno…
Relación
prohibida (Ricardo Suñez, 1986). Sexploitation serie B y porno suave, he
aquí, por fin, una historia cuya protagonista es una lesbiana a tiempo
completo, no episódica como en todos los films previos que mostraban a algunas
de ellas. Suñez declaró que su film cuenta “una
hermosa historia de amor” (La Razón, 31.3.1987), la que viven “Miryan”
(Mara Kano) y “Susan” (Jenny Macarini), ésta casada pero insatisfecha, la otra
tortillera asumida; que la escena en que Miryan le habla a Freud la incluyó
“porque quería explicar que ella no era una lesbiana, sino que tenía un
problema cromosomático” (Heraldo del Cine, 29.1.1988). En fin…
La clínica del
doctor Cureta (Alberto Fischerman, 1986-1987).
Daniel Sebille interpreta a un falso homosexual
utilizado como señuelo para atrapar en falta a Juan Manuel Tenuta y así poder
sobornarlo.
Las esclavas (Borcosque, 1987). Lesbianismo: Susana Romero y Camila Perissé.
Habeas corpus (Jorge Acha, 1987). Muestra a un preso (Jorge
Diez) desnudo el tiempo entero en una habitación-cárcel, durante el fin de
Semana Santa de 1979, mientras la banda sonora deja oír discursos papales y un
carcelero (Oscar Vernales) hojea revistas de fisicoculturismo. El tiempo imaginado
lo muestra en una playa, desarrollando ejercicios físicos con un amigo (Luis
Nieto). No hay más acciones que ésas: el resto son indagaciones minuciosas de
la cámara a ese cuerpo desnudo, abundantes referencias religiosas, el agua como
elemento permanente (mar, gotas de sudor, lluvia, canillas que gotean,
desagües), símbolos acaso obvios como el pez en un frasco. Jamás se menciona o
alude a la homosexualidad, sin embargo, el film la destila.
La bailanta (Luis Rodrigo, 1987-1988). Entre diversos personajes provincianos que viven en el conurbano bonaerense, el camionero Alberto Busaid se enamora del travesti Willy Lemos, con toques de ternura y humor.
Abierto de 18 a 24 (Víctor Dinenzon, 1987). Jorge Luz es un profesor de danzas del que nadie dice que es homosexual, pero lo es, y Horacio Peña un travesti que se hace llamar “Carla”.
Lo que vendrá (Gustavo Mosquera R., 1987). El comisario Aldo Braga en relaciones con su
“chico” (Sergio de Nadai); María Mera y Alex De Luigi como pareja de lesbianas.
Atracción
peculiar (Carreras, 1987-1988). Otro film-clon, y además tardío: su fuente de
inspiración fue La Cage aux Folles / Il vizzieto (La jaula de las locas, Edouard Molinaro, F/I, 1978). El guión de Juan Carlos Mesa propone a Alberto Olmedo en un personaje
similar al de Michel Serrault y a Jorge Porcel en sustitución de Ugo Tognazzi,
y los presenta como un reportero gráfico y un periodista destinados a
investigar el submundo de los travestis en Mar del Plata, castigado por
agresiones y droga. Ambos deben fingirse homosexuales e infiltrarse entre
aquellos: Porcel no lo es, Olmedo sí, pero, tras la hora y media que dura el
film y todos los chistes imaginables, se revela que en realidad Olmedo es el
“agente JJ” y, por supuesto, es hetero. El trámite, como era de imaginar, resulta burdo,
grosero y en todo momento homofóbico, haciendo honor a la tradicional postura
del realizador al respecto: confunde transformismo con travestismo, y este
último término hasta es mal pronunciado (Edgardo Mesa dice “trasvestismo”),
pero lo más llamativo es que actores reconocidamente straight como Olmedo, Porcel, Ignacio Quirós, Tincho Zabala, Adolfo
García Grau y Pablo Codevila mariconean a diestra y siniestra en tanto los
actores homosexuales del elenco (dos y medio, si se considera que uno era
bisexual) interpretan personajes hetero.
Nunca estuve en Viena (Antonio Larreta, A/E, 1988). Historia escrita por
el uruguayo “Taco” Larreta a partir de una idea de Teresa Costantini, enfoca a
una familia de las clases altas del Río de la Plata fin
de siècle, en las que existían demasiadas cosas de las que no debía
hablarse. Entre éstas, predomina la relación sentimental entre el tío solterón (mundano,
viajado) y el chongo venido a más que supo ser hijo de su jardinero, relación
que el film revela, define y liquida en una sola secuencia y con unas pocas
frases (“Casi siempre estoy con José, desde hace quince años”, “Está durmiendo,
anoche el ensayo terminó tardísimo: nos acostamos a las cinco”, “No me importa
que se enrede con mujeres”). En ese tío, Alberto Segado dio la medida exacta de
su talento, pero el español Sergi Mateu no transmite nada de nada, tal vez
porque durante el rodaje tenía pavor de que lo creyeran homosexual como a su
personaje y por lo tanto se la pasaba sacando pecho y sobreactuando de macho,
como para diferenciarse de tanta loca que lo rodeaba. Todo el asunto, sin
embargo, suena a un Visconti de segunda mano.
Guerreros y cautivas / Guerriers et captives (Edgardo Cozarinsky, A/F/SZ, 1988). Entre los guerreros hay un soldado maricón (Carlos Mérola), al que llaman “Pancha”.
Secret wedding / Boda secreta (Alejandro Agresti,
HOL/A/CAN, 1988). Incluye a una pareja
pueblerina de homosexuales maduros (Elio Marchi, Alfredo Noberasco), obligados
por las autoridades a pasar por hermanos.
Proceso
interior (Rodolfo Ledo, 1989). Versión
para video home (¿lo recuerdan?) de
la exitosa pieza teatral de su autor, sobre la relación entre dos presidiarios.
100 veces no debo (Doria, 1989). El hippie tardío (Oscar Ferrigno
hijo) amigo de la “nena” protagonista (Andrea del Boca) cuenta lo siguiente:
“Cuando necesito algo de dinero ayudo a un loco que tiene un puestito de
artesanía en plaza Francia, y tengo un trolo amigo que hace publicidad
para la TV y de vez en cuando me llama para laburar”.
Loraldia
–El tiempo de las flores– (Oscar
Aizpeolea, A/E, 1988-1989). Tal como su apellido
inequívocamente confirma, Aizpeolea desciende de vascos, aunque nació en La
Pampa: por lo que su primer film entrelazara esas geografías y culturas. Sin
embargo, su ambición fue excesiva y resultó en una mezcolanza de exilio,
dictadura, guerra de las Falkland, homosexualidad mal digerida, “memoria”,
“sentidos” y “sensaciones”, todo ello por fortuna poco dialogado pero abundante
en puestas de sol “poéticas” en las que sus personajes deambulan con muy poco
que hacer y menos que expresar, con o sin palabras. La historia gira en torno a
los
recuerdos de un escritor homosexual (Luis García) que regresa de España, en
tanto Asier Hernández Landa interpreta a su amante vasco. Era mucho mejor
su corto de graduación, Como la sombra tenue de una hoja (1982-1983),
pero, a su vez, Loraldia es sin duda muchísimo mejor que sus videos
largos posteriores, plagados de mariconería “poética” explícita.
Más loco que un crucero (Roberto Sena y Néstor Robles, 1989). Grado cero en el abismo del videohome,
pensado y desarrollado sólo porque alguien de la producción consiguió un
ventajoso canje con la empresa Buquebús, que detenta los barcos que trasladan
pasajeros entre la Argentina y Uruguay. Así, el guionista Robles propone que
gran parte de los personajes sean homosexuales, o al menos socios adherentes, a
saber: el mujeriego capitán Raúl Taibo termina en la cama con la bella pasajera
Sandra Villarruel que en realidad es un hombre travestido; el primer oficial
Mario Sánchez admite haberse acostado con Divina Gloria… y con su marido Andrés
Redondo; Enrique Almada y Robles son una pareja de veteranos: hacia el final
Robles “se da vuelta” y prueba con una mujer; Carlos Rotundo es el barman amigo de ambos que termina
ocupando el lugar de Robles en el “matrimonio” con Almada; Silvina Bosco,
Patricia Finiani y Graciela García son tres lesbianas convencidas y combativas
que maltratan físicamente a cuanto hombre se les cruza en el camino, sólo
porque son hombres, adelantándose a algunas de las militantes feministas de la
vida real, esas que escriben en las paredes graffitis pidiendo matar a los
hombres. Un verdadero despropósito, mal escrito, mal dirigido, mal actuado y
además poco gracioso: de todos modos, los socios de Buquebús, agradecidos por
el “chivo”. [Continuará]
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