ROBOS & HURTOS
Apropiaciones diversas
Mujeres casadas
(Mario Soffici, 1953, argumento y guión de Sixto Pondal Ríos y Carlos
Olivari). Elina Colomer olvida un objeto personal en una situación de “casi”
infidelidad. En El pendiente (León
Klimovsky, 1951), Mirtha Legrand olvidaba un aro en su encuentro clandestino
con un ex novio que la chantajea y aparece muerto, según intriga provista por
William Irish. En la producción española Alta
costura –Las máscaras de la moda– (idem, Luis Marquina, 1953), Lyla Rocco
olvidaba una cigarrera en su encuentro clandestino con un ex novio que la
chantajea y aparece muerto, según intriga provista por Darío Fernández Flores.
¿Quién robó a quién?
Delirio
(Arturo García Buhr, 1943, iniciado por Antonio Cunill Cabanellas,
guión de Conrado Nalé Roxlo). En materia de historias (para cine o teatro) que
se parecen entre sí nunca se sabe a ciencia cierta en qué momento la
coincidencia deja paso al plagio liso y llano. Esta producción de Pampa Film
adapta la comedia teatral que Darthés y Damel estrenaron en marzo 1942: narra
el caso de una esposa celosa (Irma Córdoba) que se finge muerta y reaparece
ante su marido (García Buhr) como su falsa hermana gemela. Sin embargo, una
pieza teatral cuyo asunto de base es muy parecido había sido estrenada en
Berlín 1916 por el dramaturgo Ludwig Fulda (1862-1939) con el título Die verlorene tochter, esto es, “la
hermana perdida”, pieza que a su vez posibilitó dos adaptaciones
cinematográficas producidas en los EEUU. La primera, muda, se perdió en la
noche de los tiempos: Her sister from
Paris (La parisién, Sidney
Franklin, 1925), con Constance Talmadge y Ronald Colman, pero la segunda no
sólo fue muy exitosa y popular sino que es apenas anterior al estreno de
Darthés y Damel: Two-faced woman (Otra vez mío, George Cukor, 1941), con
Greta Garbo y Melvyn Douglas.
Hotel de señoritas
(Enrique Dawi, 1979, guión de Toto Rey y Angel Acciaresi sobre
argumento de Coco Fossati y Baldomero González Etchegoyen). Descenso al
Infierno de la “comedia picaresca” amontona peripecias de dos amigos (Juan
Carlos Dual y Jorge Martínez) en tren de visitar a sus novias en el hotel en el
que viven, recurriendo entre otros ardides al travestismo. La historia es la
misma de la pieza teatral On demande un ménage, de Jean de Létraz, a su
vez filmada en Francia 1945 con el mismo título, dirección de Maurice Cam y
actuación de Gilbert Gil y Robert Dhéry, nunca lanzado en la Argentina.
7 uomini e un cervello –Criminal Symphony– / El gran
robo –Il rubamento–
(Rossano Brazzi, 1968, argumento y guión de Sandro Continenza, Marcello
Coscia y Brazzi). Coproducción ítalo-argentina dirigida por el popular latin lover de tantas producciones
hollywoodenses, ofrece un robo masivo a los espectadores de una noche de gala
en la ópera, asunto que en manos de guionistas y directores inteligentes y
dotados hubiera conformado un film muy entretenido. Sin embargo, ese argumento
que en su momento me pareció ingenioso fue copiado –me enteré medio siglo más
tarde– del capítulo 5, L’évasion du mort
(1916), del célebre serial francés Les Vampires, de Louis Feuillade, en el
que los invitados a un baile de gala en una mansión particular caen desmayados
por un veneno tóxico y de inmediato desplumados de joyas y dinero. Al ser
presentado en Roma, el film de Brazzi fue secuestrado por las autoridades, acusado
de plagio: luego fue liberado y debidamente estrenado en marzo 1969.
Mi esqueleto
(Lucas Demare, 1959, argumento y guión de Alberto Peyrou y Diego
Santillán). Comedia de confusiones producida y protagonizada por Luis Sandrini,
presenta a un pobre tipo al que le dicen que está por morir y hasta vende su
esqueleto por anticipado para disfrutar sus últimos días con algo de dinero
extra. La segunda parte es menos efectiva, cuando el hombre se entrevera con
una familia de avivados, pero en todo momento el humor es menguante, menos por
culpa de Sandrini que por el hecho de que los argumentistas estuvieron flojos
de ideas. Ideas, por otra parte, principalmente derivadas de una muy notable:
en su cuento A very honourable guy
(1929, revista Cosmopolitan, luego
incluido en Guys and dolls, 1932),
Damon Runyon cuenta la historia de Feets Samuels, quien para saldar una deuda
sólo “se propone encontrar un médico que desee un cadáver, y cuando descubra al
candidato le venderá su propio cuerpo al mayor precio posible. El cuerpo será
entregado al comprador después que Pies Grandes se suicide, eventualidad que se
concretará después de un cierto plazo”. Es imposible saber si Peyrou y
Santillán eran devotos del gran Runyon, pero si no lo leyeron tal vez vieron la
versión cinematográfica del relato, de igual título (Lloyd Bacon, EEUU, 1933),
con Joe E. Brown, aunque no tuvo lanzamiento comercial en Buenos Aires.
La otra y yo
(Antonio Momplet, 1948) Amelia Bence está deliciosa animando dos personajes de esta versión argentina de un viejo film francés. Una se llama “Dora Nelson”, quien se autodefine como “la famosa estrella”: es una diva histérica y caprichosa que confunde “lo ficticio de su vida artística con la realidad de cada día”; lee Selecciones del Reader’s Digest, vendió su nombre a un perfume y está casada con Enrique Alvarez Diosdado, un médico que ofrece lecciones públicas (una trata sobre “La personalidad histérica de nuestros días”), pero lo abandona cuando cae seducida por un ladronzuelo (Fernando Lamas) que quiere su dinero y a quien le firma un cheque por 30.000 pesos como si nada. La otra se llama “Matilde García” y es una modista parecida a la estrella “como dos gotas de agua” que, además, tiene facilidad para imitar actrices, en especial a “Dora Nelson”: así es que la suplanta (a 200 pesos por día) en el set y en su hogar, con los inevitables malentendidos tan característicos del théâtre du boulevard.
Los títulos de crédito omiten mencionar un guionista: es probable que se haya utilizado directamente el guión original de Louis Verneuil para su primera versión cinematográfica, de la que también se ha filmado una segunda versión, ambas tituladas Dora Nelson, francesa la primera (René Guisart, 1935, con Elvire Popesco), italiana la otra (Mario Soldati, 1939, con Assia Noris). Curiosamente, el gran Max Ophüls dirigió a sus 29 años su primer largometraje alemán, Die verliebte firma (1931), guión original de Ernst Marischka, Bruno Granichstaedten y Fritz Zeckendörf, en el que Any Ahlers interpreta a una actriz temperamental que abandona una filmación y es reemplazada por una lugareña (Ahlers, claro) que se le parece como dos gotas de agua: el final es diverso, pero no deja de llamar la atención el idéntico punto de partida. Ese film fue lanzado en Buenos Aires el 22.2.1934 en el cine Real como Estudios cinematográficos, título raro puesto que toda la acción se desarrolla no en un set sino en localizaciones alpinas; una segunda rareza es que el Heraldo del Cinematografista (1932, pág. 641) atribuyera la dirección a R. Neppach, quien en realidad era el productor Rudolf Neppach.
Osvaldo
Juan Arteche
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