miércoles, 9 de julio de 2025

EN PRIMERA PERSONA

El hurtador intelectual

“Puede entenderse la vida de Mary Meerson
como una tenaz, obsesiva lucha contra los datos precisos,
contra toda información que pudiese ser verificada”.
Alberto Tabbia, Palacio de olvido (2018, pág. 104).

Admito ser “refranero”, esto es, utilizar dichos populares según la ocasión lo propicie. El siguiente artículo, entonces, podría caer bajo la advocación de uno de ellos: “El que las hace las paga”. En otro sentido, este texto es, sin tapujos, políticamente incorrecto y me reportará improperios diversos porque, dirán, “eso no se hace”, y algo de razón tendrán. Pero, más cerca que lejos de mi último fotograma, me niego a dejar cuentas pendientes, y ésta la vengo atragantando desde hace muchos años. Entonces, ocurren estas cosas.

   Con él nos conocemos hace demasiados años, creo que desde comienzos de los 70. Hemos cultivado un interés común, el cine argentino, más aún, la investigación de todo lo que lo configura. Es universitario, y en eso me aventaja. Escribe mucho: yo he escrito durante casi toda mi ya extensa vida artículos periodísticos que publicaba el diario que me tenía conchabado. El tiene la habilidad, los contactos y la tenacidad como para que le publiquen casi todo lo que escribe: yo apenas he publicado un libro, y por encargo. Le he prologado uno de sus libros y hemos coincidido en la terrorífica sede de Barracas del Museo del Cine, desperdiciando nuestros respectivos saberes en tareas en su mayor parte burocráticas: sus autoridades no nos supieron aprovechar.

Dino

   En mi caso, el bichito de la investigación me picó tarde. Es decir, siempre lo hice de manera indirecta, pero tan sólo hacia finales del siglo XX logré dominar los instrumentos ad hoc y, por supuesto, antes de aprender a navegar por la internet y de caer en brazos del reemplazante del Dios que todo lo sabe, esto es, mister Google. Releo algunos viejos artículos juveniles y me avergüenza la liviandad, la falta de precisión en algunos datos. Es que, allá por los 60, el Heraldo del Cinematografista y los dos volúmenes de la Historia del cine argentino de Domingo Di Núbila eran para mí –y con seguridad también para él y para otros colegas generacionales– el equivalente profano de la Biblia.

   Siempre respeté sus escritos, y le consta. Hasta que, en uno de esos opacos días en la Biblioteca del Museo, cayó en mis manos un recorte que despertó una alerta: en la revista Desmemoria (nº 10, febrero-mayo 1996), Jorge Miguel Couselo publicó un artículo titulado “Julio Irigoyen, el cine harto primitivo”, en el que traza un perfil de ese peculiar cineasta. Comparando su cine con el de Edward D. Wood Jr. –algo que, por cierto, yo ya había arriesgado en La Razón del 12.6.1995, artículo que Couselo no menciona ni en una nota al pie–, admite su desconocimiento del estadounidense pero sugiere (pág. 148) que algunos hechos, en especial el film biográfico de Tim Burton [Ed Wood (idem, 1993)], “contribuyó a reforzar el divertido convencimiento de que Wood ha sido o es el peor director de la historia del cine”. En la revista La Mirada Cautiva (nº 5, octubre 2001, pág. 59), él escribe que Wood “contribuyó a reforzar el convencimiento de que había sido el peor director de la historia del cine”, aunque en ese caso olvidó entrecomillar la frase, que en vez de cita devino hurto. Doble hurto, diría, ya que incurre también él en comparar a Irigoyen con Wood sin citarme, a pesar de que al final del artículo introduce ochenta (80) notas aclaratorias.

Couselo

   Más adelante descubrí otra apropiación indebida. En el Catálogo del Festival Internacional de Cine marplatense (19ª edición, 2004), del que fui su editor y para el que redacté la mayor parte de los textos, escribí –sin firma– a propósito del film Escala en la ciudad: “Drama realista realizado con tratamiento expresionista, éste fue un film absolutamente inusual para el incipiente cine argentino sonoro: aquí no hay tangos ni conventillos, ni estrellas populares, ni un respaldo industrial. Era una producción independiente en todos los sentidos posibles: casi no existía una industria, todavía”. En el Catálogo del Festival Internacional de Cine Independiente porteño (12ª edición, 2010), él escribió –y firmó– a propósito del mismo film que “es un film inusual para el incipiente cine sonoro nacional: no hay tangos, conventillos ni estrellas populares; tampoco respaldo industrial”.

Escala en la ciudad: Ester Vani y Héctor Cataruzza

   Hay más, pero no es necesario hundir el dedo en la llaga. La pregunta obvia sería: ¿por qué? Lo cual lleva directo a cuestionar la pertinencia de calificarlo como “investigador cinematográfico”, tal como se presenta en sus libros: en calidad de “investigador cinematográfico” recibió un premio de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina, entidad de la que es socio. Escribió con asiduidad en La Mirada Cautiva, la excelente –y difunta– revista del Museo del Cine. En su nº 4 (septiembre 2000) dedicó cuarenta (40) de sus ochenta y siete (87) páginas a un artículo titulado “El cine argentino entre el mudo y el sonoro (1928-1933): sin entrar a opinar sobre lo conceptual del texto, sí he reparado en varias y graves licencias en fechas, títulos y nombres propios, corroborados por mí en las páginas de al menos cuatro diarios porteños, La Nación, La Prensa, Crítica y La Razón, incluyendo sus respectivas carteleras de cines y teatros. Varios de los títulos que registra en su artículo sencillamente no existen, o bien no fueron estrenados en los cines y en las fechas que menciona. Las dos páginas finales de su texto citan ciento ochenta y cuatro (184) notas, que en su abrumadora mayoría remiten al semanario La Película. Una de ellas alcanza la flagrancia: a propósito del film Dios los cría…, “que se estrenó en el Suipacha el 20 de enero”, dice haber tomado la información de esa revista (nº 644, pág. 12); muchos, muchos años más tarde (diciembre 2018) revisé la colección 1929 de La Película y adivinen qué: en la página 12 del nº 644 no hay información alguna referida a Dios los cría…, como tampoco en la 11, la 13 o ninguna de las restantes.

   La cosa se agrava en el siguiente número de esa publicación (octubre 2001): allí, sobre un total de ciento veintidós (122) páginas, dedica veintiocho (28) a “Julio Irigoyen, el torbellino de Buenos Aires”, un artículo centralizado en la obra de ese director que, muy apropiadamente, juega con el título de uno de sus films, con la ambientación porteña de la mayor parte de ellos y con su propensión al trabajo frenético. Sus ochenta (80) notas finales denotan que, otra vez, el “investigador cinematográfico” basó la mayor parte de su texto en el aludido semanario gremial así como en otras revistas y libros, pero no en los diarios: demasiado trabajo, quizás. Así, la cantidad de inexactitudes y falsedades sobre la filmografía de Irigoyen se acumula, inexorable, casi en la misma proporción de sus notas. Nunca se tomó la molestia de leer con detenimiento los argumentos y cotejar los actores de los films El guapo del arrabal, El último gaucho y La casa del placer y luego confrontarlos con los de La pulpera de Santa Lucía, La chacra de don Lorenzo y La modelo de la calle Florida, ya que entonces hubiera caído en la cuenta de que no son en absoluto seis (6) films diversos sino apenas tres (3) que Irigoyen –un tipo piola, se diría– duplicó engañando no sólo al público y a los cronistas contemporáneos sino a algunos (no sólo a él, hay que decirlo) “investigadores cinematográficos” de nuestros días. Tampoco reparó en engaños similares de varios de los films sonoros de Irigoyen; ni se enteró de que sólo hizo uno (1) de los tres (3) cortos cómicos con imitadores de Chaplin; ni en que “Nobleza serrana” y “La modelo de Moussion” no existen; ni en que la Galleguita de 1925 no fue dirigida por Irigoyen; ni… Demasiados “ni” para un artículo que se pretendía totalizador de la vida y obra de un cineasta casi desconocido por la mayor parte del público. En uno de sus ciclos televisivos, el filósofo Alberto Olmedo decía: “Si lo vamos a hacer, hagámoslo bien”.

Ed Wood: Johnny Depp y Martin Landau

   En fin. El propósito de esta extensa diatriba no es otro que el de poner las cosas en su lugar. Mi viejo ex amigo posee un vasto conocimiento acerca del cine nativo, y además escribe bien: no necesitaba convertirse en un hurtador serial. Tal vez no disponía del tiempo necesario como para pasar horas revisando diarios antiguos en una biblioteca pública: nadie que no sea del palo imagina lo dificultoso que resulta leer las carteleras de cines y teatros de los diarios, por lo general impresas en un cuerpo de letra más pequeño que los del resto, y además a través de una microfilmadora. En el curso de mis investigaciones fui intervenido de “cataratas” en ambos ojos. Ser un “investigador cinematográfico” cabal exige algo más que lo que se le pide a un cronista o crítico, que en el fragor de una redacción y con el diario de mañana reclamando su urgencia puede involuntariamente cometer algún ligero error. Ser un “investigador cinematográfico” supone una responsabilidad de cara a futuras generaciones de colegas que acaso escruten nuestros textos como nosotros escrutamos los de Di Núbila o las páginas del Heraldo. Así de simple. Aprendí mucho de la vida gracias al cine, entre otras cosas que en las películas los bad guys siempre reciben su castigo: también los hurtadores, aunque sea uno virtual.

   En un episodio de la serie televisiva Law & order –Criminal intent– se trata un asesinato que involucra a un periodista: el guión revela poco a poco flagrantes copias textuales de párrafos enteros que ese periodista tomó de otras publicaciones. El detective que interpreta el gran Vincent D’Onofrio concluye en que se trata de un caso de “compulsión a plagiar” para concluir: “Es como la cleptomanía”.

   ¡Feliz cumpleaños!, after all.

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