TEMAS
¡De frente… march!:
el cine de los servicios
–2ª parte: una filmografía
comentada (I)
Ordenados según estricta fecha de comienzo del rodaje. El autor pide
disculpas en caso de haber olvidado algún ejemplo.
• Corazón ante la ley (Nelo Cosimi, 1929): producción de Antonio
Manzanera para la SA Cinematográfica Hispano Americana Manzanera, guión de
Cosimi; exteriores en el Colegio Militar de la Nación en San Martín, provincia
de BA. Temprano y mudo ejemplo de services
movies, del tipo de las naïves,
hecha un año antes del primer golpe de Estado militar. “Por primera vez
consigue la cinematografía nacional interesar a las instituciones armadas. Lo
que se hace comúnmente en los Estados Unidos y Europa empieza a verse aquí. El
ejército, representado por una de sus unidades, el Colegio Militar, se presta
para dar mayor colorido real a una producción cinematográfica. Correspóndele a Corazón ante la ley la primicia en ese
sentido” (La Prensa, 2.7.1929).
• Dios y la patria (Nelo Cosimi, 1930-1931): prod. de Carlos Anselmi y Argentino Gómez para la Sociedad Cinematográfica Argentina, guión de Cosimi; rodado en dependencias de la Escuela Naval Militar Río Santiago (Ensenada) y a bordo de la fragata-escuela ARA Presidente Sarmiento, de los acorazados ARA Moreno y ARA Rivadavia y del destructor ARA Tucumán. Oportunista sin disimulos, realizado con el pleno apoyo del gobierno de facto presidido por el general Uriburu, apoyo consistente en buques, un hidroavión y personal humano militar –incluyendo a los alumnos de la Escuela– y el permiso para que el equipo trabajara a bordo de la fragata Sarmiento durante diecisiete días: de hecho, las carteleras de los diarios se ufanaban destacando, antes que cualquier nombre propio, que fue “autorizado por el Superior Gobierno de la Nación y bajo control del Estado Mayor de la marina de guerra argentina”: el operativo sumó una exhibición privada para Uriburu y los miembros del Estado Mayor de la Armada y sus respectivas esposas. Fue estrenado en una versión sonorizada mediante discos. El argumento es muy pobre, sobre una beba abandonada adoptada y criada por un oficial de la Marina, y se resiente por la abismal diferencia de edad entre la que se supone una adolescente internada en un convento y la mujer consumada, con collar de perlas y todo, que ofrece el rotundo cuerpo de Chita Foras (tanto, que era la mujer de Cosimi y su estrella exclusiva). Todo ello explicado al espectador mediante textos retóricos, inflamados de patriotismo y con faltas de ortografía.
• La muchachada de a bordo (Manuel Romero, 1935): prod.de la SA Radio
Cinematográfica Argentina Lumiton, guión de Romero sobre su pieza teatral;
exteriores filmados en la base naval de Puerto Belgrano y a bordo del buque ARA
Rivadavia. Le falta la intención de lucrar con la fuerza en cuestión, la
Marina: es apenas un apropiado vehículo para Sandrini, cuyo mejor bocadillo es
aquel en el que le preguntan si tiene padre, contesta “está bajo tierra” y,
ante la mirada atónita de su interlocutor, agrega “trabaja en el subterráneo”.
La historia es muy sencilla y refiere las peripecias del torpe protagonista
enfrentado al rigor disciplinario de la Marina, un tipo de personaje que años
más tarde clonarán Marrone y Balá. Tito Lusiardo está muy gracioso hablando
todo el tiempo en la jerga interna de los marinos.
• Cadetes de San Martín (Mario Soffici, 1936): prod. Argentina Sono Film, guión de Soffici, sobre argumento de José Antonio Saldías; algunas escenas fueron rodadas en instalaciones del Colegio Militar en El Palomar. Un texto inicial informa que fue “Realizada bajo los auspicios del señor ministro de Guerra, general don Basilio Pertiné”. En aquellos tiempos era posible el patriotismo sin servilismo ni obsecuencia, y eso es lo que muestra este vigoroso drama de Soffici cuya primera secuencia resulta en verdad sorprendente, con un grupo de hombres jóvenes y desnudos en la ducha ¡enjabonándose mutuamente las espaldas!, pero al mismo tiempo hablando de mujeres, algo que entonces el público asimilaba con naturalidad, sin adjudicarle segundas intenciones. Aunque acaso abuse de marchas y entrenamientos y sus diálogos estén recargados de retórica, la historia transcurre amablemente narrando los avatares iniciáticos de un joven cadete del Colegio Militar (Angel Magaña) vapuleado y humillado por sus colegas a causa de la conducta poco clara de su padre industrial (Enrique Muiño).
• Fuera de la ley (Manuel Romero, 1937): prod. Lumiton, guión de Romero. “Si dentro de dos minutos no has puesto fin a tu vergonzosa vida, seré yo quien lo haga”, le dice el subcomisario Luis Arata a su hijo José Gola, un desalmado asesino, hacia el final de este film memorable. Incluso siendo una services movie (los agradecimientos bordean la obsecuencia) y con el handicap de una partitura estridente y de innecesarias escenas cómicas a cargo del insufrible Marcelo Ruggero, esa debilidad del director, que casi malogran una violenta secuencia de tiroteo, resulta una obra maestra, algo meritorio considerando que Romero la hizo en las pocas semanas acostumbradas y sin mayor presupuesto, pero sí con un cuidado por una fotografía muy moderna para su época, el encuadre y el montaje del que carece el resto de su abultada obra. Ráfagas de gran cine alientan las peripecias de “El Pibe de Fierro”, vigorosamente interpretado por Gola aunque ya estaba demasiado crecido como para lucir como un menor de edad. El muchacho es malo-malo muy malo, pero para su madre (María Esther Buschiazzo) “siempre ha sido un poco raro” apenas, mientras el padre se resigna a que su hijo sea “mi castigo” y no vacila en verlo muerto, en una exhibición de filicidio que no registra parecidos en la historia del cine aborigen. El criminal, sin embargo, tiene una explicación para su proceder, encerrado como ha sido en un reformatorio de menores y luego por otros cinco años en una cárcel: “Con sus medios no han hecho más que fomentar mi rencor”. Es tan malo que mata hasta a un pibe que lo admiraba.
• El escuadrón azul (Nelo Cosimi, 1937): prod. de Julio Raúl Alsina para la Sociedad Art Film Argentino, guión de Cosimi, remake de Corazón ante la ley; exteriores en la ESMA.
• Murió el sargento Laprida (Tito Davison, 1937): prod. de Benjamín Cufré
y Carlos Lucantis para la Lucantis Films de la Argentina, guión de Davison sobre
la pieza teatral de Alberto Vacarezza. Un coronel y un mariscal figuran como
asesores técnicos de este dramita que glorifica al Cuerpo de Bomberos de la
Capital Federal y está ambientado en un conventillo, pero uno especializado: en
él conviven sólo bomberos y sus familias. Un triángulo amoroso es el único
conflicto más o menos dramático, pero el acento está puesto en lo que la pieza
teatral no podía ofrecer, esto es, los bomberos en acción. “La” secuencia del
gran incendio fue resuelta con pericia por el chileno Davison. Al tal Laprida
lo interpretó Mario Danesi.
• Alas de mi patria (Carlos Borcosque, 1937-1938): prod. de la
Cinematográfica Argentina SA –denominación transitoria de Argentina Sono Film–,
guión de Borcosque; incluye exteriores registrados en el aeródromo de El
Palomar y en la Fábrica Nacional de Aviones de Córdoba y fue dedicado “a los
mártires, a los héroes, y a todos los cultores de la aeronáutica argentina que
han forjado las alas de la Patria”: el asesor aeronáutico fue Raúl Alejandro Apold.
• Senderos de fe (Moglia Barth, 1938): prod. Argentina Sono
Film, guión del director. Tal vez la más inofensiva contribución al tema puesto
que favorece al Ejército de Salvación, entidad precursora de las llamadas –en
el siglo XXI– Organización No Gubernamental (ONG): en este caso, Amanda Ledesma
es una pertinaz devota que intenta “convertir” al tarambana Floren Delbene.
• Fragata Sarmiento (Carlos Borcosque, 1940): prod. Argentina
Sono Film Cinematográfica Argentina SACI, guión de Borcosque. Segunda incursión
del director en el sub-subgénero “la muchachada ante el llamado de la Patria”:
el primero fue Alas mi patria y el ambiente era el de la aeronáutica, y
el tercero será El tambor de Tacuarí (1948), que no es una services movie. Magaña es aquí el personaje-guía
de una narración en verdad coral, con gran variedad de subtemas (romance,
compañerismo, obediencia, algo de acción submarina) y sin ningún pudor por la
evidente exaltación militar, que nunca suena forzosa ni obligada ni
oportunista: aunque en el siglo XXI parezca imposible, hubo una vez en la
Argentina en que ser patriota y proclamar las bondades de las Fuerzas Armadas
no estaba mal visto ni despertaba sospechas.
• Al toque de clarín (Orestes
Caviglia, 1941): prod. Argentina Sono Film, guión de Florencio Chiarello sobre
una adaptación de Francisco J. Bolla de la pieza teatral Mam’zelle Culot, de André Mouëzy-Eon, Alfred Vercourt y Jacques
Veber. Sonsera cuartelera con el dúo Buono-Striano.
• La novia de la Marina (Benito Perojo, 1948): prod. de Ricardo Núñez
para Emelco SAIC, guión de Manuel M. Alba sobre la pieza teatral Susana tiene un secreto de Honorio Maura
y Gregorio Martínez Sierra. La Marina argentina, agradecida por tan explícito
título, cuya historia no tiene nada que ver con esa fuerza. Alcahuetería pura,
jamás prevista por los comediógrafos españoles.
• Angeles de uniforme (René Olivares, 1948): prod. de Horacio Gómez
Alzurena para Producciones Fama, guión de Olivares. Rareza que no glorifica el
accionar de alguna fuerza policial o militar sino, sencillamente, las bondades
de viajar en avión. De acuerdo a un artículo publicado en Radiolandia
(10.7.1948), su argumento trata “sobre motivos de una compañía comercial de
aviación”, “enfoca un tema que se refiere a la constitución y funcionamiento de
una compañía de navegación aérea, que se encuentra con tremendos problemas
económicos”, e informa que “los exteriores se tomaron en los principales
aeródromos del país, especialmente en Morón”. En abril 1949, la Dirección
General de Espectáculos Públicos no autorizó su exhibición por lesionar la
imagen de la Flota Aérea Mercante Argentina, empresa privada cuyas siglas
coinciden con la denominación de su empresa productora, por lo que no resulta
descabellado suponer que lo financió, poco antes de ser adquirida por el Estado
y, junto con otras dos, reconvertida en Aerolíneas Argentinas. El chileno
Olivares debió ser un experto en
aviación, pues suyo es también el argumento de Bajo un cielo de gloria (idem, José Bohr, 1944), realizado en su
país. El productor Gómez Alzurena era el nombre real del protagonista Tito
Gómez. Nunca tuvo estreno en cines, pero fue emitido por TV.
• Captura recomendada (Don Napy, 1949-1950): prod. Julio Villarreal y Cía., guión de Corma y Napy sobre una recopilación documental del periodista Luis A. Zino. Dividido en tres episodios sin títulos entrelazados por el personaje del “inspector Alfredo Campos” popularizado por la radiofonía, “responde al propósito de destacar el sacrificio, desinterés y heroísmo de los empleados policiales y en forma especial de este gran ejército anónimo de empleados de investigaciones, que arriesgan sus propias vidas velando por la seguridad de la Policía”, expresa un texto en el film, primero de una trilogía de Napy al que seguirán de inmediato Camino al crimen y Mala gente.
• La muerte está mintiendo (Carlos Borcosque, 1949-1950): prod. Emelco
SAIC, guión de Abel Santa Cruz sobre su radionovela; algunas secuencias fueron
rodadas en la Penitenciaría Nacional de la avenida Las Heras en Palermo gracias
al “inestimable concurso de la Dirección General de Institutos Penales de la
Nación”. Entretenida peripecia en favor del Servicio Penitenciario Federal, que
incluye el típico mensaje del primer gobierno peronista, aquello de “ahora
estas cosas no pasan”, discurso liquidado de entrada mediante una voz off.
Narciso Ibáñez Menta está excelente –lo cual significa sobrio y medido– como un
hombre que se sacrifica por su hermano asesino y purga cárcel en su lugar. Un racconto
está ubicado en 1930, cuando estalla el golpe de Estado. María Rosa Gallo debe
pronunciar una frase que pondría los pelos de punta a las feministas
militantes: “Los hombres lloran cuando sufren, las mujeres porque sí”. [Continuará mañana]
Nathan R. Jessep
No hay comentarios:
Publicar un comentario