TEMAS
¡De frente… march!:
el cine de los servicios
–2ª parte: una filmografía
comentada (III)
• Mi amigo Luis (Carlos Rinaldi, 1971), prod. de la
Cinematográfica Victoria SRL con Héctor Báilez como productor ejecutivo, guión
de Abel Santa Cruz y Norberto Aroldi que propone al teniente 1º Luis Sandrini
protegiendo al joven cadete Raúl Padovani, con demasiados otros personajes
molestándolos: obsecuencia pura a las Fuerzas Armadas, sumando a Magañita, de
antiguo muy apegado a los uniformes impecables. Hay localizaciones en el Hospital Militar
Argerich y en el Colegio Militar de El Palomar.
• La colimba no es la guerra (Jorge Mobaied, 1972): prod. de Juan Antonio Muruzeta para Mural SCA, guión de Salvador Valverde Calvo sobre argumento de Carlos F. Borcosque y Arturo Pillado Matheu; localizaciones en la Base Aérea Militar en el Aeroparque Metropolitano Jorge Newbery, en el Aero Club Argentino en San Justo y en la Base Aérea de Villa Mercedes (San Luis). Primero en incluir en su título el término lunfardo “colimba”, que se aplicaba al soldado conscripto que cumplía con el Servicio Militar Obligatorio y significaba “corra-limpie-barra”. El conscripto en cuestión lo animó Ismael Echevarría “El Tehuelche”.
• Los chiflados del batallón (Enrique Dawi, 1974): prod. de Horacio
Mentasti y Carlos F. Borcosque para Primer Plano SRL, guión de Jorge Falcón;
localizaciones en la Escuela de Suboficiales Sargento Cabral en Campo de Mayo.
Un texto al final dice: “Agradecemos la cooperación del Ejército Argentino que
nos permitió mostrar en forma amena hechos reales y ficticios del «servicio
militar» del que todos los argentinos que han pasado por sus filas recuerdan
con emoción y orgullo…”, como su protagonista, El Soldado Chamamé.
• Los chiflados dan el golpe (Enrique Dawi, 1975): prod. de Horacio
Mentasti y Carlos F. Borcosque para Primer Plano SRL, guión de Dawi y Emilio
Villalba Welsh; rodado en dependencias de la ESMA en Núñez, en la Base Naval de
Puerto Belgrano y a bordo del buque Bahía Aguirre y del patrullero ARA King.
• Dos locos en el aire (Palito Ortega, 1976): Productora Chango SCA,
guión de Juan Carlos Mesa; rodaje en el Instituto de Investigaciones
Aeronáuticas y Espaciales del Area Material Córdoba de la Escuela de Aviación
Militar, en la I Brigada Aérea de El Chamical (La Rioja), en la VII Brigada
Aérea y el Centro de Experimentación y Lanzamiento de Proyectiles
Autopropulsados de Villa Reynolds (San Luis) y en la Base Aérea Militar
Vicecomodoro Marambio en Río Gallegos (Santa Cruz). El soldado Carlitos Balá es
muy torpe: se sienta sobre un banco recién pintado, se recuesta contra el botón
que hace volar un cohete... En un ejército normal ni siquiera lo hubieran
aceptado, pero en este film lo toleran porque fue compañero de estudios del
teniente Palito Ortega, el más inteligente, el más heroico, el más bueno, el
más amable de la Escuela, a su vez protegido del comodoro Angel Magaña, que ve
con simpatía que simpatice con su virginal hija Evangelina Salazar. Escritos a
su medida, esos personajes deambulan por una historia inexistente hecha a base
de gags que la torpeza de su guionista anticipa, lo cual anula el efecto
cómico. Esas torpezas del soldado Carlitos, sin embargo, no son originales:
Balá mismo ya las había interpretado en Canuto Cañete conscripto del 7 y
en La muchachada de a bordo. Pero Dos locos en el aire, una
tontería más que en otro momento hubiera sido inofensiva, hecha a poco (el
rodaje comenzó el 10.5.1976) de concretado el golpe de Estado autodenominado
Proceso de Reorganización Nacional suena a insulto, incluso a complicidad, algo
a lo que no fueron para nada ajenos, en primer lugar, Ortega y su socio Jorge
Velasco, reconocidos simpatizantes filomilitares (Velasco incluso aparece como
un capitán, de uniforme y todo), pero también Magañita, veterano adherente a
las cuestiones militares desde Cadetes de San Martín hasta Mi amigo
Luis pasando por Fragata Sarmiento y el ciclo televisivo Adelante
juventud, propagandístico de las bondades del ser militar. Lo paradójico
fue que, en una producción de estas características, a sus responsables se les
escapara el haber contratado, aunque fuera para un personaje pequeño e
irrelevante, a Raúl Fraire, actor que, de hecho, debió exiliarse poco después
debido a que integraba las listas negras de la dictadura por su simpatía para
con las causas de la izquierda.
• Brigada en acción (Palito Ortega, 1977), Productora Chango SCA, guión de Juan Carlos Mesa; algunos exteriores fueron rodados en el Departamento Central de Policía y en instalaciones del Cuerpo Policía de Tránsito. Casi podría definirse a esta exaltada, imprudente, desembozada services movie como un documental: registra la summa de elementos que en aquellos tiempos infundían terror a los argentinos, como los automóviles Ford Falcon lanzados a toda velocidad con sus sirenas ululantes y personal policial (con y sin uniforme) haciendo ostentación de armas (cortas y largas). Si a eso se le agrega una visita guiada por el Museo Policial y la exhibición de destrezas variadas por parte del cuerpo de motociclistas Brigada Blanca, el menú está completo. A pesar de todo, resultó (¡maldito sea!) un gran éxito de taquillas.
Brigada en acción: Ortega, Marcelo Chimento y Christian Bach
• Patolandia nuclear (Julio Saraceni, 1978): Producciones Cinematográficas Rafael Carret con Julio Godoy como productor ejecutivo, guión de Héctor Maselli. Horrorosa (en todo sentido) contribución de los muy serviciales Carret y Godoy a la mayor gloria de los fastos militares del período 1976-1983, aporte que incluye un paseo por la Central Nuclear Atucha I y la canción Quisiera ser marinerito: la visita guiada abunda en explicaciones acerca del átomo, la fusión y otras menudencias muy al alcance de niños de hasta 10 años, a quienes está dirigido, lo mismo que lo estaba el ciclo televisivo del que se nutre; hay que ver la cara de Peggy Sol cuando, en esa visita guiada, pregunta, como si realmente le interesara, “Perdón señor, los radioisótopos ¿se usan tanto?”.
• De cara al cielo (Enrique Dawi, 1978): prod. de Horacio Mentasti para Collon-Curá SA, guión de Dawi sobre una adaptación de Mario Reynoso de la novela de Florentino Díaz Loza; algunas localizaciones se registraron en Campo de Mayo y en los salones del Círculo Militar. Que un film argentino producido en 1978, esto es, en plena dictadura militar, agradezca desde sus títulos de crédito a la Armada Argentina, a la Sastrería Militar, al Círculo Militar, a la Escuela de Caballería, al Comando de Arsenales, al Comando de Intendencia, al Comando de Remonta y Veterinaria y a las guarniciones militares dependientes del Comando Cuerpo Ejército V y VI Brigada de Junín y San Martín de los Andes no sólo suena a afrenta sino que huele a una cierta vocación de servicio. Sin embargo, si fuera posible sustituir todos sus diálogos por otros creíbles y menos retóricos y grandilocuentes; más aún, si fuera posible eliminarlos o reducirlos a su mínima, imprescindible expresión, acaso De cara al cielo podría disfrutarse como lo que en verdad es, un western con indios malos, indios buenos, soldados buenos, señoritas recatadas, paisajes espléndidos y un aliento épico por la pura aventura. Entonces, despojándolo también de su espantoso aroma a services movie y puliendo las envaradas, erráticas interpretaciones (aunque sin tocar la de Ana María Picchio, espléndida), esta peripecia ficticia con trasfondo histórico sobre aquella gesta dada en llamar “la conquista del desierto”, que demandó tanto esfuerzo, tanta masacre, hubiera cumplido cabalmente su cometido. A propósito, y no por casualidad, fue estrenado en coincidencia con los festejos del centenario del inicio oficial de aquella gesta militar. La productora Collon-Curá tenía como presidente al coronel (RE) Raúl Eduardo “Totón” Arrechea, como vicepresidente a Mario José Granero y como socios principales a Horacio Mentasti, el comandante (RE) Francisco Pío Matasi y el coronel (RE) Florentino Díaz Loza, siendo los militares de extracción justicialista, lo que les valió que la dictadura militar casi les prohibiera su exhibición, concluyendo la efímera sociedad tras una pelea a trompadas en el hall de Alex.
• Comandos azules (Emilio Vieyra, 1979): prod. Producciones
Palmar con el Gordo Muruzeta como productor ejecutivo, guión de Vieyra. En el
primer tomo de Un diccionario de films argentinos la dupla
Manrupe-Portela acierta con el adjetivo exacto para definirlo: “irritante apología del poder armado”,
dice allí. Por cierto, los críticos contemporáneos no quisieron (acaso no
pudieron) ver apología alguna sino apenas una simpática peripecia de aventuras
destinada al mismo público menudo que convertía en éxito de boleterías cada nueva
entrega de los súperagentes. Es posible imaginar la satisfacción, incluso el
placer que habrá experimentado Vieyra al realizarlo, muy a su gusto en la
exposición de violencia, uniformes policiales, patrulleros lanzados a
persecuciones con sus sirenas a todo volumen, comunistas representando a los
“malos” (los comunistas siempre lo fueron en los films de Vieyra desde el
primero, Detrás de la mentira), y él mismo reservándose el papel del
jefe de Policía, todo ello en plena dictadura, cuyos violentos procedimientos Comandos
azules reproduce de manera entomológica. Los créditos agradecen la
colaboración de la Policía Federal y su Cuerpo de Bomberos, la Comisión
Nacional de Energía Atómica y la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Sin
olvidar la servicial cooperación de Rolando Dumas y del jefe de Prensa Hebert
Posse Amorín: faltaba el Negro Medina Castro para echar a hervir los fideos...
• Qué linda es mi familia (Palito Ortega, 1980): Productora Chango SCA con producción ejecutiva de Jorge Velasco, guión de José Dominianni. Pretende ser un “canto a la familia” y, en efecto, todos se quieren mucho en esta historia, se dicen unos a otros qué buenos y generosos son, intercambian chicanas inofensivas, todos están legalmente casados y el único hijo soltero no parece tener novia, amiga ni mucho menos amante (palabra de cuajo descartada en el universo orteguiano) hasta que, al promediar la historia, “simpatiza” con una compañera de estudios. Aparte de ver a Sandrini en evidente inferioridad física y a Niní Marshall en evidente inferioridad interpretativa, lo que en verdad duele es verlos a ambos, que tantos maravillosos momentos regalaron al público, en una detestable y múltiple services movie: Ortega canta loas a los marineritos del almirante Massera en un playback registrado a bordo de la fragata Libertad; otra secuencia transcurre en una comisaría, y el playback final (para el que complicaron nada menos que a Ludwig van) fue filmado en el Círculo Militar, todo ello con abundante despliegue de banderas y violencia (explosiones, peleas). “Felipe” y “Catita” no se merecían un final tan patético.
• Comandos azules en acción (Emilio Vieyra, 1980): véase Comandos azules. El guión que Vieyra
firmó con Gustavo Ghirardi continúa las aventuras del equipo policial aunque esa continuidad no alcanza a los
personajes ni a la historia. Ejemplar
de la peor especie: la obsecuente y colaboracionista. Basura pura.
• Los colimbas se divierten (Enrique Carreras, 1985): prod. de Luis
Osvaldo Repetto para Aries Cinematográfica Argentina SA, guión de Juan Carlos
Mesa. Aunque las convicciones democráticas de Ayala y Olivera les impedían
incurrir en el subgénero, a poco de restablecido el estado democrático
concretaron una trilogía que no obedeció a ningún cálculo especulativo que no fuera
el del ahorro. Los dos siguientes –todos ellos enormes éxitos de taquilla–
fueron Rambito y Rambón –Primera misión–
y Los colimbas al ataque, repitiendo
al director, al guionista y, por supuesto, a Olmedo y Porcel. Pertenecen a la
variante cómica del apartado y los dos iniciales fueron rodados casi por
completo en las instalaciones del Regimiento de Infantería III de La Tablada,
no así el tercero de la serie puesto que, ínterin, Aries produjo y estrenó La noche de los lápices (Olivera) y
entonces el Ejército comunicó que retiraba su apoyo. Figúrense…
• Brigada explosiva (Enrique Dawi, 1985), prod. Argentina Sono Film SACI con producción ejecutiva de Carlos Mentasti, guión de Salvador Valverde Calvo. Comedia muy estúpida derivada de la exitosa aunque también estúpida serie televisiva estadounidense The A-Team (1983-1986), emitida en la Argentina con el título Brigada A. Rápido de reflejos, el más joven de la dinastía Mentasti pensó matar dos pájaros de un tiro produciendo un clon con figuras popularizadas por la TV y quedando bien con la Policía Federal Argentina, lo que nunca está de más. Su éxito propició cinco continuaciones (en las que el servilismo desaparece), un ciclo televisivo y montajes teatrales.
• Rambito y Rambón –Primera
misión– (Enrique Carreras,
1986): véase Los colimbas se divierten.
• Los colimbas al ataque (1986): véase Los colimbas se divierten.
• Comisario Ferro –Bajo el deber de la justicia– (Juan Rad, 1996-1997): prod. de Rad para Producciones Cinematográficas Argentinas, guión de Rad con la colaboración de Plácido Donato. Tardía services movie –y la última del siglo XX– en favor de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, conocida como “la bonaerense”, institución que más adelante será protagonista de otro largometraje, El bonarerense (Pablo Trapero, 2001-2002), éste nada servil sino todo lo contrario. Su protagonista es un comisario (Carlos Iglesias) que afronta un caso de violación seguida de muerte mientras en su vida personal tiene una esposa que de niña fue abusada por el padre, al que la madre apuñala. Es un policía raro, éste: cita a Borges de memoria…
Braxton Rutledge
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