PERFILES
Alias
Ricky Torres: ¡peligro, no acercarse!
“No es que no cumpla con su
palabra,es que se olvida de haberla
dado”.Jennifer Jones en Beat
the Devil (1953).
Nacido en 1923 en el Perú como Enrique Torres Tudela, hizo su aparición
en el cine argentino cuando, sin figurar en los títulos de crédito, animó un
número musical en Los viciosos (1962)
cantando Páginas de amor de Tito
Gómez. Se ignora cómo, cuándo y por qué apareció de la nada en la Argentina,
aunque sospecho que estaba vinculado a Orestes Trucco, un argentino que
comercializaba films locales en los EEUU. Desde aquel momento quedó vinculado a
Enrique Carreras y al productor Vicente Marco, a quienes propuso una serie de
coproducciones con la Ensign Pictures, empresa a la que representaba. Un viaje al más allá (1963) fue la
primera de las ocho propuestas, estimadas a razón de dos por año, y la única
que en verdad concretarían: la inmediata coproducción “gemela” debió haber sido
“Una argentina en Hollywood”, a
rodarse allá con la improbable pareja Mercedes Carreras-Claude Rains, y es lamentable
que no la concretaran: la sola idea de ver interactuar a esa pareja produciría
algo parecido a un orgasmo. Pero, como será una constante en sus actividades,
todo plan a largo plazo terminaba reduciéndose a apenas un título, dos a lo
sumo.
De Torres se sabía que también él vendía material argentino en el mercado latino de los Estados Unidos de América y en algunos países de la América central. Se supo más tarde que estaba vinculado a un grupo mormón que manejaba una gigantesca empresa dedicada al show business en la costa Oeste, con poderosos intereses en la televisión de esa zona. Los mormones necesitaban dar salida (por entonces el término “lavado” no estaba a la moda) a determinada suma de dólares por año, por lo que confió a su ejecutivo Torres producir en la América latina largometrajes que tuvieran alguna característica común, por ejemplo estar dialogados en inglés y desarrollar temas fantásticos o “de época”, para su mejor explotación en cualquier momento y lugar. Curiosamente, no se les exigía propaganda religiosa.
Tras la experiencia con Carreras
y Marco, frustrada porque el director desconfiaba del peruano y al mismo tiempo
iniciaba su romance con los Mentasti, Torres puso proa a su país no sin antes
comprar los derechos para el extranjero, a través de la empresa Incal Films
Inc., de Tercer mundo (Angel Acciaresi,
1961), cuando todavía se titulaba “Pedro y Pablo”. El historiador peruano
Ricardo Bedoya reseña su retorno a Lima: “Enrique Torres Tudela, un peruano
residente en Estados Unidos, logró iniciar, hacia 1965, la producción de una
cinta de aventuras, dirigida por Tom de Simone y Andy Janczak, cuyo rodaje se
interrumpió poco después por falta de dinero. Al año siguiente, Torres Tudela
regresó al país con la cinta inacabada, la que decidió completar agregándole
una trivial intriga rodada en Lima, Cusco e Iquitos. Con la colaboración de las
entonces populares figuras de la TV, Vlado Radovich, Kiko Ledgard y Fernando
Larrañaga, culminó la película, a la que denominó Milagro en la selva [1965-1966], que pronto encontró su lugar,
junto a los otros films de la TV, en la edad de piedra del cine peruano”.
Distribuido en inglés como Terror in the
jungle, fue editado en video en el Brasil con el título Terror de um menino na selva, y reseñado
por el crítico paulista Rubens Ewald Filho como “uno de esos films tan
horripilantes que son imperdibles. Es la historia de un niño que viaja de Los
Angeles a Río. Primero, muestra varios personajes absurdos que viajan a bordo
(hay una monja, una corista, un ladrón con dinero robado), pero el avión cae en
la selva amazónica y los cocodrilos matan a todos menos al niño (¡que sale
flotando sobre un ataúd!). Por allí están los indígenas caníbales jíbaros que
creen que el niño rubiecito es hijo del dios Inti (el Sol). Mientras, el padre
viaja al Perú para salvarlo. Las escenas de los indios son un delirio kitsch, un Romancing the stone grotesco e impagable”. [Tras la esmeralda perdida, Robert Zemeckis, EEUU, 1984].
A mediados de septiembre 1967, Torres desembarcó una vez más en Buenos Aires, esta vez acompañado por James Farley, un ex seminarista y luego actor de oscura trayectoria en series televisivas En reportaje concedido al diario Clarín, informó que acababa de producir El milagro de la selva y El último de los vampiros, este último “con John Carradine” –que, si es que existe, no ha podido ser ubicado–, y que se proponía filmar dos más en la Argentina, “en colores y Panavisión y serán procesados en laboratorios argentinos. Si el negocio resulta, estamos en condiciones de lograr una continuidad de producción con Estados Unidos, que estimo ha de ser muy interesante para todos”. El que, por supuesto, no concretó tenía por título “La ópera maldita”. Sí hizo, en cambio, “La ciudad de los cuervos”, que luego cambió a La ruleta del Diablo: se hizo en Buenos Aires a partir del 11.12.1967, con producción de Vicente Marco, dirección de Carlos Cores y un elenco que incluía a los importados Farley y Joyce Morse (ésta, en reemplazo de la anunciada Margaret O’Brien) y a los locales Cores, Ernesto Bianco, Roberto Airaldi y Elizabeth Killian. El rodaje fue completado pero luego se produjo una conflictiva situación legal: en su edición del 8.5.1968, el Heraldo informaba que “Ricky Torres, director fundador de Torres International Pictures, quien había llegado al país a producir La ciudad de los cuervos para un señor Shea –actualmente en Buenos Aires–, se alejó inesperadamente en febrero último dejando acreedores varios y distintos entuertos que su mandante intenta desfacer, luego de ponerse personalmente al frente de este negocio. El film ya estaría terminado; distribuirá Locegu”. Su negativo y copias fueron rematados en 1972 y terminaron en manos de uno de sus acreedores, Pino Farina, titular de los laboratorios Tecnofilm, quien no sólo no lo estrenó en cines o TV sino que se negó con gentil firmeza a mostrarlo a un amigo suyo investigador del cine argentino.
Luego, Torres reapareció en Perú donde, de acuerdo a Bedoya, “intervino también en la producción de otras dos cintas, Annabelle Lee y Boda diabólica, dirigidas por Gene Nash. Adaptadas de relatos de Edgar Allan Poe, tuvieron como protagonistas a personajes del plantel de la emisora televisiva más importante del país, Panamericana Televisión, como Patricia Aspíllaga, Elvira Travesí, Orlando Sacha. La norteamericana Margaret O’Brien tuvo el rol central de Boda diabólica. Los rodajes, realizados en 1968, se culminaron, pero las películas tuvieron una difusión muy restringida. En junio de 1991, en el curso del II Encuentro de Cineastas Andinos que se realizó en el Cusco, se proyectó una copia de Boda diabólica, que luego pasó a propiedad de la Filmoteca de Lima. La inversión para estas películas la hizo Torres Tudela a través de una empresa norteamericana Northwest Motion Picture Film Corporation”. Tras esa incursión por su patria, Torres hizo un fugaz desembarco en México, donde en 1971 concretó El retrato ovalado, adaptación del cuento The oval portrait, asimismo de Poe, que dirigió Rogelio A. González Jr., interpretaron Wanda Hendrix y Barry Coe y tuvo distribución internacional (incluyendo a la Argentina, donde fue lanzado con su título original tan sólo el 17.3.1977 en el cine Paramount) como si fuera una producción estadounidense titulada One minute before death.
Tras lo cual volvió en 1974 a Buenos Aires y concretó dos más producidos por Juan Muruzeta en sociedad con Pino Farina. Rodados de manera simultánea en enero y febrero 1975, se titularon Seis pasajes al Infierno y Allá donde muere el viento y fueron dirigidos por Fernando Siro luego de que Pino interesara a Oscar Barney Finn, quien, junto con Julia von Grolman, llegó a adaptar los guiones originales antes de oler el desastre y huir espantado: el primero contó con la actuación de Inda Ledesma, María Aurelia Bisutti, Ignacio Quirós, Guillermo Murray, los estadounidenses Mala Powers y John Russell y los puertorriqueños Tom Castronova y Theresa Paré, y se estrenó tan sólo en 1981 en el entrañable cine Arizona de la calle Lavalle, un bastión del cine B; Allá donde muere el viento, en cambio, jamás vio la luz (aunque Pino guardaba al menos una copia) y en él actuaron Ledesma, Bisutti, Quirós, Russell, Castronova, Paré, Nelly Panizza, Enrique Liporace y nadie menos que Tippi Hedren, actriz australiana que había tenido su cuarto de hora cuando filmó con Hitchcock. Un año más tarde, Torres y Farina produjeron House of shadows, esta vez con dirección de Ricardo Wulicher y actuación de los importados John Gavin e Yvonne De Carlo además de Leonor Manso, Nora Cullen, Ricardo Castro Ríos, Roberto Airaldi y, en su última aparición en cine, Mecha Ortiz. Tampoco fue estrenado en cines, aunque una copia fue exhibida por la televisión por cable argentina tan sólo en los años 90. [Véase este blog, 8.4.2025].
Inda Ledesma recordó su experiencia con estas palabras: “¡Ah, ésas fueron hechas por todos sólo para ganar plata! Yo estaba mal en esa época, me estaba divorciando, era todo doloroso, por supuesto. Y necesitaba dinero para poder reorganizar mi vida, y, por otro lado, distraerme, salir de la tristeza. ¡Pero era una rascada total! Siro lo sabía y todos nosotros lo aceptábamos. Nos encontrábamos en el estudio haciendo mímica en inglés (después iban a doblarnos) y filmábamos las dos películas al mismo tiempo. Y ahí estaban además los actores americanos, sin entender nada de lo que decíamos... Yo no sé una palabra de inglés y la fonética nos las daba Elena Cruz. Actuaba el querido actor español, «Tacholas» y farfullaba un inglés ininteligible como el mío, pero con acento gallego... una fiesta. ¡Era imposible no reírse!” [en Nuestras actrices –Entrevistas. Primer acto–, pág. 39].
Nunca más se tuvieron noticias de Enrique Torres Tudela. Afortunadamente.
Tom Wambsgans
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